Helena Duarte siempre creyó que el amor verdadero era ese que acelera el corazón y hace que la vida se vea un poco más hermosa.
Hasta que conoció a Gabriel Ferraz.
Intenso, arrogante, increíblemente guapo de una forma casi molesta… y completamente fuera de su alcance.
Lo que empezó como una noche impulsiva se convirtió en meses de pasión descontrolada. Se hicieron promesas, construyeron sueños… y luego todo se desmoronó.
Cuando Helena descubre que está embarazada, Gabriel desaparece de la peor manera posible: creyendo en una mentira que destruye todo entre ellos.
Abandonada, con el corazón roto y una vida creciendo en su interior, Helena decide empezar de nuevo lejos de él.
Pero el destino tiene un sentido del humor cruel.
Años después, Gabriel conoce la verdad.
Y también descubre que tiene un hijo.
Ahora está dispuesto a hacer lo que sea para recuperar a Helena… aunque ella esté decidida a no dejarlo acercarse nunca más.
Porque algunas heridas no sanan fácilmente.
Y algunas promesas… llegan demasiado tarde.
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Capítulo 8
El llanto de Miguel resonaba por la recepción de la posada.
Alto.
Sentido.
Aquel tipo de llanto que hacía que cualquier adulto inmediatamente entrara en alerta.
Helena comenzó a mecer a su hijo en brazos, intentando calmarlo.
— Calma, mi amor… calma…
Pero el bebé estaba agitado.
El ambiente estaba demasiado tenso.
Los niños sienten esas cosas.
Lucas dio dos pasos hacia atrás.
— Creo que yo debería… quitarme de en medio.
Helena ni siquiera respondió.
Toda su atención estaba en su hijo.
Gabriel observaba todo en silencio.
Los ojos fijos en ella.
En la forma en que Helena sostenía a Miguel con seguridad.
Cómo lo apoyaba en el hombro, golpeando levemente su espalda.
Cómo hablaba bajito cerca de su oreja.
— Está todo bien… mamá está aquí…
Su voz era suave.
Calma.
Incluso con toda la tensión en el aire.
Miguel comenzó a sollozar entre los llantos.
Helena besó su cabeza.
— Shhh… ya pasó…
Gabriel sintió algo extraño en el pecho.
Algo que él no sabía explicar.
Era imposible no percibir lo buena madre que era ella.
No había vacilación en sus movimientos.
Todo parecía natural.
Instintivo.
Como si ella hubiera nacido para aquello.
Lucas observaba la escena en silencio también.
Después murmuró para Gabriel:
— Tío…
Gabriel no respondió.
— Si ese bebé no es tuyo… va a ser la mayor coincidencia genética de la historia.
Gabriel soltó un suspiro pesado.
Porque él estaba pensando exactamente lo mismo.
Miguel tenía los mismos ojos.
El mismo color de cabello.
Hasta la forma de las cejas parecía familiar.
Pero aún así…
La duda estaba allí.
Y aquella duda estaba destruyendo cualquier chance de paz entre ellos.
Miguel comenzó a calmarse poco a poco.
El llanto se convirtió solo en resoplidos.
Helena volvió a mirar a Gabriel.
— ¿Ustedes querían una habitación?
Su voz ahora era profesional.
Fría.
Distante.
Como si estuviera lidiando con cualquier huésped común.
Gabriel lo percibió.
Y aquello dolió más de lo que esperaba.
— Sí.
Ella caminó hasta el mostrador.
Con Miguel aún en brazos.
— ¿Cuántas noches?
— Dos — respondió Lucas rápidamente.
Helena tecleó algunas cosas en el ordenador.
Miguel estaba más calmado ahora, observando todo con curiosidad.
Los ojitos atentos paseaban por el ambiente.
Se detuvieron en Lucas.
Después volvieron para Gabriel.
Él extendió la mano nuevamente.
Como había hecho antes.
Pequeña.
Invitativa.
Lucas rió.
— A este chaval le gustas.
Gabriel se quedó inmóvil por un segundo.
No sabía exactamente qué hacer.
Helena percibió el gesto.
E inmediatamente giró un poco el cuerpo de nuevo.
Protección.
Gabriel soltó un pequeño suspiro.
— No voy a secuestrarlo.
— Lo sé.
— Entonces deja de actuar como si yo fuera un peligro.
Helena alzó los ojos.
— Eres un extraño para él.
Aquello golpeó a Gabriel de lleno.
Porque… era verdad.
Él era un extraño.
Para su propio hijo.
Si es que Miguel era realmente su hijo.
Helena tomó dos llaves en el mostrador.
— Habitación siete.
Se la entregó a Lucas.
— El desayuno comienza a las siete.
Lucas tomó la llave.
— Gracias.
Pero él no se movió.
Porque Gabriel aún estaba parado allí.
Mirando a Miguel.
El bebé continuaba con la manita extendida.
Como si estuviera esperando.
Gabriel respiró hondo.
Y entonces… extendió el dedo índice.
Despacio.
Miguel inmediatamente lo sujetó.
Los deditos pequeños se cerraron alrededor de su dedo.
Firmes.
Confiados.
Como si fuera la cosa más natural del mundo.
Gabriel paró de respirar por un segundo.
La sensación fue extraña.
Caliente.
Fuerte.
Algo dentro de él apretó de una forma que él nunca había sentido antes.
Miguel soltó un ruidito feliz.
Lucas soltó una risita baja.
— Ok… eso fue tierno de cojones.
Helena observaba la escena en silencio.
El corazón apretado.
Porque aquello…
Aquello debería haber sucedido meses atrás.
Miguel continuaba sujetando el dedo de Gabriel.
Fascinado.
Gabriel lo miraba como si estuviera viendo algo precioso demás para entender.
Entonces Miguel hizo otra cosa.
Él rió.
Una risita leve.
Desdentada.
Llena de alegría.
Y en aquel momento…
Algo dentro de Gabriel se rompió completamente.
Él sintió el pecho apretar.
Los ojos se pusieron levemente húmedos.
Y por primera vez…
Él pensó:
"¿Y si él realmente es mi hijo?"
Miguel soltó su dedo de repente.
Y dio palmaditas torpes.
Gabriel soltó una pequeña risa.
Sin darse cuenta.
Helena lo percibió.
Y aquello la conmovió.
Porque aquella era la misma risa de aquella noche en el bar.
La misma que la había hecho enamorarse de él en pocas horas.
Pero ahora…
Todo era más complicado.
Mucho más.
Gabriel alzó los ojos hacia ella.
— ¿Él hace eso siempre?
— ¿El qué?
— Reír así.
Helena se encogió de hombros.
— Cuando está de buen humor.
Miguel soltó otro ruidito.
Como si estuviera participando en la conversación.
Lucas sacudió la cabeza.
— Voy a subir a la habitación.
Él apuntó a Gabriel.
— Ustedes dos claramente tienen mucho que resolver.
Y salió caminando por el pasillo.
Dejando a los dos solos.
El silencio volvió.
Gabriel miró a Helena.
— Él es muy parecido a mí.
Helena cruzó los brazos.
— Los bebés se parecen a cualquier persona dependiendo de la luz.
— Tú sabes que eso no es verdad.
Ella no respondió.
Gabriel respiró hondo.
— Me equivoqué.
Helena frunció el ceño.
— ¿En qué?
— En aquella época.
Ella soltó una risa amarga.
— ¿Solo en aquella?
Él ignoró el tono.
— Debí haber creído en ti.
— Debiste mismo.
— Pero no creí.
Helena se quedó en silencio.
Porque oír aquello ahora…
Era extraño.
Demasiado tarde.
Pero aún así…
Conmovía algo dentro de ella.
Miguel comenzó a jugar con el collar de ella ahora.
Completamente ajeno al drama de los adultos.
Gabriel observaba cada movimiento del bebé.
Como si estuviera intentando grabar todo en la memoria.
Entonces dijo bajito:
— Quiero formar parte de su vida.
Helena alzó los ojos inmediatamente.
— No.
La respuesta salió rápida.
Automática.
Gabriel tragó saliva.
— Al menos déjame hacer la prueba.
— ¿Y después?
— Si él es mi hijo…
Ella lo interrumpió.
— Él ya es mi hijo.
Gabriel pasó la mano por el rostro.
— Helena…
Ella sacudió la cabeza.
— Tuviste tu oportunidad.
La frase quedó en el aire.
Dura.
Final.
Pero Miguel eligió exactamente aquel momento para hacer algo inesperado.
Él estiró los bracitos.
En dirección a Gabriel.
Como si estuviera pidiendo brazos.
Los dos adultos se congelaron.
Gabriel abrió levemente los ojos.
— Él… está…
Helena también parecía sorprendida.
Miguel insistió.
Moviendo los brazos.
Impaciente.
— Mamamama… — él balbuceó.
Gabriel miró a Helena.
— Yo no le enseñé eso — ella dijo rápidamente.
Pero el bebé continuaba intentando ir en dirección a él.
Como si… quisiera.
Y por primera vez…
Helena se quedó sin saber qué hacer.