Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
NovelToon tiene autorización de Rosa Verbel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Juego.
La noche transcurrió con una calma engañosa pues espués de la cena —tan estructurada como cualquier ritual alemán, pero suavizada por las risas italianas—, los niños reclamaron su momento. El salón se transformó en un pequeño cine improvisado, con mantas, cojines y una fila interminable de películas: primero Disney, luego Rayo McQueen, y finalmente una de robots que Helmut insistió en repetir dos veces.
Adara se dejó envolver por ese ambiente familiar, riendo cuando Stella imitaba voces, corrigiendo a Giulia en detalles absurdos de la trama y permitiéndose, por unas horas, no pensar.
Pero el cuerpo no olvida.
Antes de irse a dormir, tomó otro analgésico, con la esperanza de que el descanso hiciera el resto.
Pero no lo hizo, porque cuando el sueño llegó… no vino solo.
Una persona invadió su mente, su cama y su espacio.
La puerta abriéndose sin permiso. Su presencia llenándolo todo. Sus manos reclamando, su voz baja, ese tono que no pedía… tomaba.
La boca de Cedric reclamó la suya en un beso feroz, le rompió el pijama, le devoró los pechos con hambre y se puede decir que le lamió hasta la sombra para luego hundirse en ella y abrirse espacio en su interior como ariete. La joya que adornaba su punta le acariciaba el interior de una forma tan deliciosa que no tardó en correrse dos veces consecutivas...
Fue intenso. Ardiente. Familiar de una forma peligrosa.
Adara despertó de golpe, el pecho subiendo y bajando con rapidez, la piel caliente, la respiración desordenada. Se incorporó, alcanzó la jarra de agua en la mesa de noche y bebió sin pausa, intentando calmar algo que no era sed o por lo menos no de agua.
Pero el cuerpo seguía en llamas. Cerró los ojos, intentó volver a dormir, pero falló porque el recuerdo volvía. Insistente y provocador.
Y, al final… cedió a tocarse para tratar de calmar todo aquello. No fue lento. No fue suave. Fue urgente. Necesario.
Como si su propio cuerpo exigiera cerrar lo que el sueño había empezado.
Cuando terminó, se dejó caer contra la almohada, con el pulso aún acelerado… y una verdad incómoda instalándose en su pecho.
No había sido suficiente.
...
El domingo llegó demasiado temprano para Adara.
—¡Tía Adara! —gritó Helmut desde la puerta.
—¡Arriba! —añadió Giada.
—¡Hoy entrenamos! —remató Giulia.
Adara apenas logró cubrirse con la sábana antes de que los tres entraran como una estampida.
—¿No duermen nunca? —murmuró con voz ronca.
—Dormimos lo necesario —respondió Helmut con orgullo.
Y no era exageración.
A sus diez años, los trillizos Becker-Lobo no solo eran inteligentes: eran disciplina pura. Entrenaban equitación, natación, defensa personal, tiro deportivo (adaptado, por ahora), estrategia básica… y dominaban alemán, italiano e inglés con fluidez, además de algunas frases en español que aprendían por diversión.
Adara los observó mientras hablaban todos a la vez, y no pudo evitar sonreír.
—Denme veinte minutos —dijo finalmente—. Solo veinte, por favor.
—Diez —negoció Giulia.
—Quince —respondió Adara.
—Trato —dijeron los tres al unísono.
El resto de la mañana transcurrió entre actividad, risas y energía desbordante.
Hasta el almuerzo.
Porque fue entonces… cuando él apareció.
La puerta del comedor se abrió sin anuncio y Cedric Becker entró como si el lugar le perteneciera… porque, en cierto modo, así era.
Traje impecable. Postura relajada. Presencia imposible de ignorar.
Adara lo sintió antes de verlo y cuando levantó la mirada… ya era tarde.
—Llegas justo a tiempo —comentó Bastian Becker con media sonrisa.
—Siempre lo hago —respondió Cedric, acercándose.
Saludó primero a su madre, inclinándose apenas para besarle la mejilla.
—¿Cómo estás hoy?
—Más fuerte que ayer —respondió Sabine con orgullo.
Luego pasó a su hermana.
—¿Y ese futuro heredero? —preguntó, apoyando la mano sobre el vientre de Ava.
—Impaciente —respondió ella con una risa suave.
—Como su tío —añadió Massimo.
Cedric sonrió apenas.
—Eso espero.
—¿Y tú? —intervino Sabine de repente, mirándolo con intención—. ¿Para cuándo un nieto así de apuesto como tú?
Cedric se encogió de hombros, tomando asiento.
—Tal vez pronto.
Adara, en silencio, sintió cómo esa frase le golpeaba más de lo que debería y entonces, Aurora habló.
—Bueno… en tres semanas te casas —dijo con tono inocente, pero mirada afilada—. Seguro que la primera noche dejas embarazada a la japonesa.
El silencio duró medio segundo. Luego Bastian soltó una carcajada y Cedric giró la cabeza hacia ella con una mirada acusadora.
—Eres imposible.
—Y tú predecible —respondió Aurora sin perder la sonrisa.
Adara bajó la mirada hacia su plato, pero su mente… ya no estaba en la mesa.
—¡Tío Cedric! —gritó Helmut de repente—. ¡Tienes que jugar hoy con nosotros!
—Sí, ajedrez —añadió Giulia.
—Y no puedes negarte —remató Giada.
Cedric suspiró.
—Esto es una emboscada.
—Totalmente —dijo Bastian, disfrutando la escena.
Minutos después, estaban en la sala con el tablero listo. Los niños observando como si se tratara de una final mundial.
—¿Contra quién juego? —preguntó Cedric.
—Contra mí —respondió Adara, tomando asiento frente a él.
El aire cambió a sutil y peligroso.
—Interesante —murmuró él.
La partida comenzó.
Movimientos calculados. Miradas breves. Silencios cargados.
—Estás distraído —comentó ella tras capturar una pieza.
—Estoy analizando —respondió él sin apartar la vista.
—Pierdes.
—Aún no.
Pero minutos después…
—Jaque mate —dijo Adara con calma.
Silencio ybluego explosión.
—¡Perdiste! —gritaron los niños.
—¡Tía Adara ganó!
—¡Eres malo, tío!
Cedric soltó una risa baja, negando con la cabeza.
—Esto no se queda así.
—Claro que sí —respondió ella, levantándose.
Los niños siguieron riendo mientras corrían hacia otra actividad, dejándolos solos sin darse cuenta.
Y entonces el silencio se volvió incómodo, denso y real. Cedric la observó unos segundos antes de hablar.
—¿Cómo sigues?
Adara lo miró, fingiendo no entender.
—¿De qué?
Él alzó una ceja.
—De los... dolores.
Ella entrecerró los ojos.
—Eres un engreído.
—Eso no es una respuesta.
—Estoy mejor.
Cedric asintió lentamente, acercándose apenas.
—¿Siempre que lo haces quedas así… o solo fue conmigo?
Adara rodó los ojos, cruzándose de brazos.
—No voy a responder eso.
Y se giró.
—Cobarde —murmuró él.
—Idiota —respondió ella sin mirarlo, caminando hacia donde estaban los niños.
Pero no se detuvo, no dudó ni volvió atrás.
Cedric la observó irse… con una sonrisa lenta, peligrosa, instalándose en sus labios, porque ahora lo sabía.
Y mientras Adara caminaba, sintiendo aún ese leve dolor que su cuerpo no terminaba de olvidar… una idea cruzó su mente, clara, directa, imposible de ignorar:
Ni siquiera cuando tuvo su primera vez, es que nunca se había sentido así y eso sí era un problema.