Tras despertar en el cuerpo de la villana condenada a muerte de su novela favorita, una mujer de la época moderna tiene una sola misión: ¡Sobrevivir! Para lograrlo, debe alejarse del imponente Héroe, el hombre destinado a matarla por amor a la protagonista original. Sin embargo, el destino tiene otros planes. Cada intento de huida termina en un encuentro desastroso que ella interpreta como una sentencia de muerte, mientras que él... empieza a ver en la "villana" algo que nunca esperó: un corazón que lo cautiva. Ella corre por su vida, pero él ya ha empezado la cacería... por su amor.
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Capitulo 22: La especia que le va a dar gusto a tu vida
El pasillo imperial aún exhala el aroma metálico y acre de la sangre fresca, un recordatorio silencioso de la brutalidad que acaba de ocurrir bajo las órdenes del Emperador. El ministro, ahora un hombre roto y silenciado, ha sido arrastrado hacia las mazmorras por Harald, pero el eco de sus gritos aún parece flotar en las sombras del techo abovedado. Sin embargo, en el centro de ese escenario de violencia, el tiempo parece haberse detenido en una burbuja de tensión.
Isabella no se apartó. Al contrario, sintió el abrazo de Einar, un brazo firme que la mantiene pegada a su torso, y tomó la iniciativa con una audacia que habría condenado a cualquiera de sus damas de compañía a la horca. Su mano derecha, suave pero firme, se posó sobre el pecho del Emperador.
Podía sentir los latidos de Einar a través de la fina tela de su ropa, un ritmo salvaje, casi errático, que delata una agitación que el hombre intenta ocultar tras su máscara de piedra. Einar se sobresaltó. No fue una reacción de molestia, sino un espasmo de pura euforia. Un cosquilleo recorrió su columna vertebral, una corriente que le robó el aliento y lo dejó momentáneamente desarmado. El calor no se quedó allí; descendió como lava fundida, concentrándose en un punto de su cuerpo que el Emperador preferiría no reconocer en medio de un pasillo, especialmente cuando su prometida (una criatura caótica y fascinante) esta tan cerca.
_Tuve tanto miedo, Einar__. Susurró Isabella, bajando la mirada con una actuación digna de las mejores tablas de teatro, aunque sus ojos brillan con una astucia peligrosa.
__Ese viejo… quería intimidarme. Insistió en que no soy suficiente para ti, que su hija es la única apta para llevar la corona. Y aunque debo admitir que estoy aquí más por obligación que por gusto, la verdad es que mi honor exige justicia. ¿Cómo se atreven a tacharme de villana? Si yo… bueno, yo ni siquiera mato una mosca__.
Einar, que la observa con una intensidad que parece querer diseccionarle el alma, no se dejó engañar del todo. Había visto la sonrisa tétrica que ella dedicó al ministro segundos antes de la carnicería. Pero, lejos de enfurecerle, aquel rasgo sádico oculto bajo una capa de inocencia fingida le resultó embriagador. Ella es un enigma envuelto en seda negra. Es impulsiva, provocadora y, al parecer, peligrosamente inteligente. Cada momento a su lado le confirma una verdad ineludible: quiere que ella se quede a su lado, pero no por decreto imperial, sino por voluntad propia. Quiere poseerla, sí, pero sobre todo, quiere que ella sea su cómplice.
Isabella, ajena (o quizás muy consciente) del efecto que causa, continuó divagando, perdiendo el hilo con la facilidad de quien está distraída por una mariposa imaginaria.
__Bueno, en realidad… sí he matado una mosca. Bueno, tal vez más de una. Y mosquitos, definitivamente mosquitos. Pero las moscas fueron por pura supervivencia, Einar, ¡es insoportable intentar descansar y que un bicho venga y se te pose en la nariz! Me vuelven loca. Y los mosquitos… ellos empezaron. Nadie les pidió que intentaran robarme mi sangre. Ah, y también una araña. Una vez me cayó una encima mientras dormía, era del tamaño de un plato, ¿sabes? Fue legítima defensa. Sin querer queriendo, la terminé aplastando__. Einar sintió cómo la carcajada se le atascó en la garganta. La seriedad con la que ella detalla sus asesinatos domésticos de insectos contrasta de forma absurda con la sangre que aún mancha el suelo a pocos metros. Apretó el agarre en la cintura de Isabella, atrayéndola aún más contra él. Isabella respondió, aferrándose a su pecho, y Einar sonrió. Le encanta cómo ella es capaz de descender al abismo de la violencia y subir a la superficie para hablar de mosquitos con una naturalidad pasmosa. Ella es despistada, sí, pero es un tipo de caos que él esta empezando a encontrar vital.
__En fin__. Concluyó ella, sacudiendo la cabeza como si espantara una idea molesta.
__Solo maté animalitos en defensa propia. No tengo porte de villana. Lo que quiero decir, Majestad, es que esa sinvergüenza que intentó quitarme mi lugar también debe pagar. Y tú… bueno, ya que me has obligado a este compromiso por ser tú quien tiene el estatus, creo que las reglas han cambiado__.
Isabella se enderezó, mirándolo directamente a los ojos con una chispa de desafío que habría hecho retroceder a cualquier general.
__A partir de ahora, tú serás mi esclavo. Y si te portas bien… si cumples con tus deberes… tal vez, solo tal vez, te pague con especias__.
Einar parpadeó, completamente descolocado. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de Isabella, buscando una burla, una señal de que esto es un juego. Pero ella esta seria. El concepto de "esclavo" viniendo de alguien que acaba de perder su libertad para casarse con un tirano es un giro que no espera. Y lo de las "especias"... aquello es un término extraño, exótico, que dispara su imaginación hacia lugares prohibidos.
__¿Qué es eso de "especias", Puffin?__. Preguntó Einar, con la voz ronca, usando el apodo con una naturalidad que le sorprendió a él mismo. No quiere admitir en voz alta que no comprende la mitad de las cosas que ella dice, pero su curiosidad es tan voraz como su deseo.
Isabella sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos, sino que se quedó en esa línea curva y maquiavélica de sus labios. Se separó apenas unos centímetros, lo suficiente para que el contacto físico se convirtiera en una tortura deliciosa. Dio un giro lento sobre sus propios pies, una vuelta completa, auto señalándose con una elegancia que Einar encontró escandalosamente atractiva.
__Su Majestad__. Dijo ella, con una voz que bajó varios tonos, adquiriendo una cualidad rasposa y melosa que le provocó un escalofrío desde la base del cráneo.
__Si se porta bien, si aprende a seguir mis órdenes en lugar de imponer solo las suyas… yo seré la especia que le dé gusto a su vida__.
Mientras hablaba, Isabella deslizó sus manos por su propio cuerpo, recorriendo las curvas de su cintura y el torso bajo el vestido negro, un movimiento tan sensual y premeditado que Einar sintió que la sangre le abandonó el cerebro. El doble sentido, la promesa oculta tras la palabra "especia" y la audacia de la señorita, que ahora es su prometida, lo golpeó con la fuerza de un rayo.
Einar se ahogó, tosiendo violentamente para recuperar el aire que ella le ha robado. Sus mejillas, usualmente pálidas y frías, arden con un rubor impropio de un Emperador.
Isabella lo miró, inclinando la cabeza con una falsa inocencia, disfrutando de su visible desconcierto. Einar, el hombre que hace temblar a imperios enteros con una mirada, esta allí, atrapado en un pasillo, incapaz de articular palabra, totalmente a merced de una mujer que acaba de declararle la guerra... y algo mucho más peligroso.
__¿Le falta el aire, Majestad?__. Preguntó ella, acercándose de nuevo hasta que sus narices casi se rozaron.
__Debería respirar. Tenemos mucho trabajo por hacer... y muchas "especias" por explorar__..Einar apretó la mandíbula, pero en lugar de reprenderla, dejó escapar un suspiro de rendición. Sabe que está perdido. Isabella no solo ha entrado en su vida; ha tomado las riendas de su corazón, de su mente y, por lo que ve, de sus deseos. Y, por primera vez en toda su existencia, no tiene la más mínima intención de luchar contra ello.