Dos imperios rivales, un odio de décadas y un testamento que obliga al implacable CEO Alessandro Rovere a casarse con Giulia Moretti, la heredera de su familia enemiga. Lo que empieza como una venganza y un contrato, termina convirtiéndose en un caos lleno de tensión, risas y un amor que nadie esperaba… ¡al borde de la locura!
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CAPÍTULO 19: El pequeño jefe y las reuniones de negocios más divertidas
Leonardo, con sus trece meses cumplidos, ya había dejado claro que no era un bebé cualquiera. Había conquistado la casa, había desordenado la vida de sus padres y ahora, con una determinación digna de su apellido Rovere, había decidido que era hora de ampliar su territorio. Y el siguiente paso lógico, según su lógica infantil, era nada más y nada menos que el mismísimo edificio central del Grupo Rovere-Moretti, el imperio que su padre había construido y que ahora él reclamaba como suyo por derecho propio.
Todo empezó una mañana en la que Giulia no podía ir a la oficina por unos compromisos con proveedores, y Alessandro, que no quería separarse de su hijo ni un día más, tomó una decisión que cambiaría para siempre la dinámica de la empresa:
—Vienes conmigo, Leo. Hoy haremos una visita oficial. Vas a conocer tu futuro reino.
Lo vistió con un trajecito de tela suave, de color azul marino, con una camisita blanca debajo y unos zapatitos de cuero que parecían hechos a medida. Lo sentó en su asiento especial del coche, le puso su pequeña mochila con juguetes y partieron hacia el centro de Milán.
Cuando entraron al gran edificio de cristal y acero, la recepcionista, siempre muy seria y profesional, abrió los ojos como platos al ver llegar al director general acompañado de un pequeño "ejecutivo en miniatura" que caminaba muy erguido, con los brazos detrás de la espalda, imitando perfectamente la postura de su padre.
—Buenos días, señor Rovere… y señorito Rovere —dijo ella, conteniendo la risa.
—Buenos días —respondió Alessandro con mucha solemnidad, mientras Leo levantaba su manita pequeña para saludar con un gesto muy formal—. Hoy el consejo de administración tendrá un invitado especial.
La noticia corrió como la pólvora por toda la planta. Secretarias, asistentes, contables y directivos salían de sus despachos solo para ver pasar a la pareja más famosa y adorable de la ciudad. Leonardo, consciente de ser el centro de atención, saludaba a todos con una sonrisita pícara y un gesto de cabeza, como si estuviera inspeccionando el personal para ver si cumplía con los estándares de calidad.
Al llegar al despacho principal, aquel lugar inmenso, elegante, lleno de libros, cuadros y muebles costosos, Leo se detuvo en la puerta, miró todo con atención, frunció el ceño y luego miró a su padre con aire crítico.
—¿Qué pasa, jefe? —preguntó Alessandro, divirtiéndose mucho.
Leo entró, caminó despacio hasta la gran mesa de caoba, se subió a una silla y pasó su manita por encima del cristal que la cubría. Luego se la miró, se la enseñó a su padre y dijo muy serio:
—¡SUCIO!
Alessandro soltó una carcajada y se llevó la mano a la frente.
—Tienes toda la razón, jefe. No sé cómo he permitido esto. Pediré que limpien todo de nuevo inmediatamente.
A partir de ese momento, Leonardo estableció sus reglas. Recorrió cada rincón del despacho, tocó cada objeto, abrió cada cajón que pudo y dictaminó qué se quedaba y qué debía cambiarse.
—¡MUY GRANDE! —decía señalando el escritorio.
—¡MUY ABAJO! —decía señalando los sofás.
—¡MUY ABURRIDO! —sentenció al ver la decoración sobria y seria.
—Entendido —respondía Alessandro, tomando nota mentalmente de todo—. Más color, menos seriedad, más diversión. Cambios aprobados.
Pero la verdadera revolución llegó a la hora de la famosa reunión semanal del equipo directivo. Esa reunión, que solía ser seria, larga, llena de números, gráficos y discursos aburridos, se transformó, gracias a Leo, en la reunión más productiva, divertida y caótica en la historia de la compañía.
Todos los directivos ya estaban sentados alrededor de la gran mesa redonda: Luca, Elena, los jefes de finanzas, de marketing, de diseño… todos con sus carpetas, sus ordenadores y sus caras de concentración. Entró Alessandro, se sentó en la cabecera, y a su lado, en una silla especialmente adaptada para él, se sentó Leonardo, con su propia carpeta (llena de dibujos de Giulia) y un lápiz en la mano, imitando cada movimiento de su padre.
—Bien, damas y caballeros, comenzamos —dijo Alessandro, abriendo su cuaderno.
Leonardo abrió el suyo.
—Pri-me-ro pun-to —leyó Alessandro.
—Pri-me-ro pun-to —repitió Leo con su vocecita aguda, haciendo que todos tuvieran que taparse la boca para no reírse a carcajadas.
—Informe financiero del último trimestre —continuó Alessandro.
En ese momento, el jefe de finanzas comenzó a exponer cifras, gráficos y porcentajes. Leonardo escuchaba muy atento, con la cabeza inclinada hacia un lado, frunciendo el ceño de vez en cuando, como si estuviera analizando cada dato. De repente, levantó la manita, pidiendo la palabra, tal como había visto hacer tantas veces.
El jefe de finanzas se detuvo en seco, miró a Alessandro, que asintió con la cabeza dándole permiso para hablar.
—¿Sí, señorito Rovere? —preguntó el empleado con mucha educación.
Leo se puso de pie sobre la silla, señaló el gráfico que había en la pantalla y dijo con mucha autoridad:
—¡MUCHO AZÚ-CAR! ¡MÁS CHO-CO-LA-TE!
Silencio absoluto en la sala. Todos esperaban una crítica financiera, una pregunta compleja… y recibieron una propuesta de mejora de la dieta de la empresa. Alessandro, muy serio, tomó nota en su cuaderno.
—Punto importante. El departamento de catering deberá incluir más postres y chocolate en las reuniones. Propuesta aprobada. Gracias, Leonardo.
Todos estallaron en risas, pero desde ese día, la mesa de reuniones del Grupo Rovere-Moretti siempre estuvo llena de dulces y golosinas, algo que mejoró notablemente el humor y la energía de todos los empleados.
La reunión siguió, y Leonardo demostró tener un olfato especial para los negocios. Cuando el jefe de marketing presentó una campaña publicitaria muy seria, en blanco y negro, muy elegante pero un poco fría, Leo volvió a levantar la mano.
—¡MUY TRI-STE! —dijo—. ¡MUCHO CO-LOR! ¡MUCHO SO-L!
—Tiene razón —intervino Elena, que no podía estar más de acuerdo—. Es demasiado gris. Necesitamos alegría, vida, luz.
—El jefe ha hablado —dijo Alessandro, sonriendo—. Cambiamos la campaña. Más color, más sol. Aprobado.
Y así, punto tras punto, Leonardo fue marcando la pauta. Decidió que las sillas eran demasiado duras y pidió cojines. Decidió que las reuniones eran demasiado largas y, cuando él empezaba a bostezar o a jugar con los papeles, Alessandro declaraba el descanso. Decidió que se hablaba demasiado y se reía muy poco, y ordenó:
—¡RE-ÍR! ¡TO-DOS!
Y todos reían, claro está. Porque nadie podía decirle que no a esos ojos brillantes y a esa carita llena de ternura.
Lo más sorprendente fue que, al final de la jornada, Alessandro se dio cuenta de que muchas de las aportaciones de su hijo habían sido brillantes. Leo había visto cosas que los adultos, metidos en sus números y sus reglas, no veían. Él veía lo esencial: la alegría, la belleza, la comodidad, la diversión. Y el Grupo Rovere-Moretti, que ya era una gran empresa, empezó a transformarse en un lugar mejor, más humano, más cálido, gracias a la visión de un niño de un año.
Pero no todo fue trabajo y seriedad, claro. A mitad de la tarde, Leonardo decidió que ya había tenido suficiente de negocios y que era hora de aplicar una de sus famosas travesuras. Se acercó a la impresora, esa máquina grande, ruidosa y tecnológica que tanto le llamaba la atención. Nadie le prestó atención hasta que empezaron a salir hojas por todos lados. Hojas con dibujos, hojas con garabatos, hojas con fotos de su cara, hojas con la cara de su padre… ¡incluso imprimió varias copias de su propio pie!
—¡Leo, no! —gritó Alessandro corriendo a detenerlo, pero ya era demasiado tarde. El suelo estaba cubierto de papeles.
El niño se giró hacia él, con una sonrisa traviesa, y dijo muy tranquilo:
—¡MUCHO PA-PEL! ¡JUGAR!
—Sí, hijo, mucho papel… quizás deberíamos invertir más en tecnología digital para no desperdiciar tanto —reflexionó Alessandro, dándose cuenta de que, otra vez sin querer, Leo le estaba dando una lección de sostenibilidad y eficiencia.
Al final del día, cuando salieron del edificio, Alessandro llevaba a Leo en brazos, agotado pero inmensamente feliz. Todos los empleados se despidieron de ellos con aplausos, como si de dos grandes héroes se tratara. Leonardo, muy cansado, apoyó la cabeza en el hombro de su padre, pero antes de dormirse, levantó la manita y dijo con voz soñolienta:
—¡Bue-no tra-ba-jo!
Alessandro le dio un beso en la frente, con los ojos llenos de orgullo y amor.
—Sí, mi amor, muy buen trabajo. Eres el mejor jefe que esta empresa podría tener.
Cuando llegaron a casa, Giulia los recibió en la puerta, curiosa por saber cómo había ido el día. Miró a Alessandro, que tenía la camisa manchada, el pelo revuelto y una expresión de agotamiento absoluto, y miró a Leo, que dormía profundamente con una sonrisa de satisfacción.
—¿Cómo les fue? —preguntó ella, divertida.
—Fue… histórico —respondió Alessandro, entrando y dejando al niño con mucho cuidado en su cuna—. Ha cambiado la empresa, Giulia. Ha prohibido las caras largas, ha impuesto el chocolate obligatorio, ha decorado las paredes con dibujos y ha reescrito las reglas del negocio. Y lo mejor de todo: ¡tiene razón en todo! Nunca habíamos trabajado tan bien ni nos habíamos divertido tanto.
Giulia se rió y abrazó a su esposo.
—Te lo dije. Este niño va a comerse el mundo. Y va a enseñarte a vivirlo de verdad.
—Lo está haciendo —admitió Alessandro, mirando a su hijo dormir—. Me ha enseñado que el éxito no está solo en ganar dinero o cerrar tratos. El éxito es disfrutar lo que haces, es reírte, es ver las cosas con ojos nuevos, con ojos de niño. Él es mi maestro ahora.
Esa noche, mientras cenaban tranquilos, Alessandro pensó en todo lo que había vivido en esas horas. Antes, su despacho era su santuario, un lugar de silencio y poder. Ahora, imaginaba ese mismo lugar lleno de color, de risas, de dulces y de la energía inagotable de su hijo. Y se dio cuenta de que no lo cambiaría por nada. Porque tener a Leonardo como "pequeño jefe" no solo era divertido, era maravilloso. Era la mejor decisión empresarial y personal que había tomado en toda su vida.
Y así, el imperio Rovere-Moretti seguía creciendo, no solo en riqueza, sino en alma, guiado por la mano pequeña pero firme de Leonardo, el niño que con una sonrisa y unas ocurrencias geniales había demostrado que, a veces, los más pequeños son los que tienen las mejores grandes ideas.
💌 Palabras de la autora
¡Leonardo es un genio de los negocios! 🤣 ¡Qué maravilla ver cómo transformó la oficina entera con sus ocurrencias y su inocencia! ¡Y qué cierto es que nos enseñan a ver la vida de otra manera! Me encantó cada momento de este capítulo, ¡es pura ternura y diversión! 🥰