Una víctima olvidada regresa desde la muerte, oculta en otro cuerpo, para cobrar una venganza oscura contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 22: La voz que quiere salir
—Sabía que eras tú.
Eusebio se congela.
La lluvia cae con fuerza sobre la cancha vacía. El agua golpea el metal oxidado del techo roto. Todo alrededor parece oscuro… interminable.
Él gira lentamente.
Esperando ver al director.
Esperando encontrar una silueta entre las sombras.
Pero no hay nadie.
Solo oscuridad.
Solo lluvia.
Solo el eco de su respiración agitada.
Y entonces Daniela ríe dentro de su cabeza.
Lento y frío.
Cruel.
—Mira cómo tiemblas…
Eusebio siente un vacío horrible en el estómago.
Porque entiende algo demasiado tarde.
La voz nunca vino del pasillo.
Nunca vino de afuera.
La voz salió de él.
Daniela sigue riendo.
—Ya ni siquiera puedes distinguir qué es real.
Eusebio aprieta los ojos con fuerza.
—Cállate…
—¿Por qué? —¿Te da miedo? —¿O finalmente estás entendiendo lo que somos?
Él retrocede un paso.
Siente que el aire pesa demasiado.
La lluvia empieza a mezclarse con algo peor.
Paranoia.
Miedo.
Confusión.
Porque por un instante… realmente creyó escuchar al director.
Realmente creyó que alguien lo observaba.
Daniela susurra otra vez:
—Te estás rompiendo.
Eusebio gira de golpe y comienza a caminar rápido.
Luego más rápido.
Casi huyendo.
Cruza el patio trasero de la escuela bajo la lluvia. Las luces de algunos pasillos parpadean. El viento mueve las puertas viejas.
Todo parece observarlo.
Todo parece saber.
Sube las escaleras de mantenimiento y llega al pequeño cuarto de limpieza del segundo piso.
El mismo lugar donde pasa horas solo.
Donde nadie entra.
Donde nadie pregunta.
Empuja la puerta violentamente.
¡BAM!
La cierra con seguro.
Y por fin…
el silencio.
O al menos eso intenta creer.
El cuarto es pequeño. Húmedo. Asfixiante.
Hay escobas viejas apoyadas contra la pared. Cubos llenos de agua sucia. Botellas de cloro. Un espejo roto colgado torcido sobre un lavamanos oxidado.
La luz blanca del techo parpadea apenas.
Eusebio se apoya contra la pared intentando respirar.
Pero Daniela sigue ahí.
Más fuerte.
Más viva.
—Te está cambiando.
—No.
—Sí. —Desde que la besaste.
Eusebio golpea la pared con el puño.
—¡Cállate!
El eco retumba en el cuarto.
Su respiración empieza a fallar.
Rápida. Cortada. Desordenada.
Siente la cabeza arder.
Daniela aparece en su mente otra vez.
Más clara que nunca.
Ya no como recuerdo.
Ahora casi puede verla.
Sentada sobre uno de los cubos.
Mojada.
Con el uniforme escolar pegado al cuerpo.
Sonriendo.
Esa sonrisa enferma que ya conoce demasiado bien.
—Ella te va a destruir.
—No entiendes nada…
—Yo entiendo más que tú.
Eusebio aprieta los dientes.
Se lleva las manos a la cabeza.
—Déjame tranquilo…
Daniela inclina la cabeza lentamente.
—¿Quieres dejarme atrás? —Después de todo lo que hice por ti.
—¡Tú no hiciste nada!
—Te mantuve vivo.
Silencio.
Esa frase lo golpea más fuerte que cualquier otra.
Porque parte de él sabe que es verdad.
Después de todo…
¿qué quedó de Eusebio sin ella?
Nada.
Solo un viejo cansado.
Vacío.
Roto desde hace años.
Daniela sonríe apenas.
Como si pudiera leer exactamente lo que piensa.
—¿Ves? —Sin mí no eres nadie.
Y entonces…
otra voz aparece.
Más suave.
Más lejana.
—Déjalo descansar…
Eusebio abre los ojos de golpe.
Daniela también cambia la expresión.
Por primera vez…
parece molesta.
—No.
La otra voz vuelve.
Triste.
Humana.
—Ya sufrió suficiente…
Eusebio retrocede lentamente.
Confundido.
Porque esa voz no suena como Daniela.
Ni siquiera suena agresiva.
Suena… cansada.
Daniela se levanta lentamente dentro de su mente.
Ahora furiosa.
—¡Cállate!
La otra voz responde:
—Lo estás destruyendo.
—¡Él me pertenece!
Eusebio empieza a respirar peor.
Mira alrededor desesperado.
Como si las voces pudieran salir de las paredes.
—¡BASTA!
Golpea un estante metálico.
Las botellas de limpieza caen al suelo.
Cloro.
Vidrio.
Agua.
Todo explota alrededor.
El cuarto se llena de olor químico.
La luz vuelve a parpadear.
Daniela ríe.
La otra voz intenta hablar.
Ambas empiezan a mezclarse.
Ya no puede distinguirlas.
—Quédate conmigo… —Déjala ir… —Ella es el problema… —Tú eres el problema… —No la beses otra vez… —Necesitas ayuda… —MÁTALA… —DESCANSA…
—¡CÁLLENSE!
Eusebio toma el espejo roto del lavamanos y lo lanza contra la pared. ¡CRASH!
Los pedazos de vidrio caen al suelo.
Y por un segundo… en los fragmentos rotos…
ve rostros.
El suyo.
Daniela.
Y otro más.
Oscuro.
Distorsionado.
Mirándolo desde dentro del reflejo.
Eusebio retrocede horrorizado.
—No…
Empieza a temblar.
Las voces gritan más fuerte.
Siente que algo dentro de él está peleando por salir.
Y entonces golpea la puerta desde afuera.
Tres veces.
Fuertes.
Eusebio se congela.
Silencio.
Luego una voz.
Ella.
—Eusebio…
Él no responde.
Respira agitado.
La psicóloga vuelve a hablar.
—Abre la puerta.
Daniela aparece otra vez.
Furiosa.
—No la dejes entrar.
La otra voz susurra:
—Necesitas ayuda…
Eusebio aprieta la cabeza con ambas manos.
—Vete…
Pero ella escucha el dolor en su voz.
Y eso basta.
La puerta se abre de golpe.
Él olvidó poner bien el seguro.
La psicóloga entra rápidamente.
Y se detiene apenas lo ve.
El cuarto destruido.
Vidrios rotos.
Botellas en el suelo.
Agua mezclada con sangre.
Y Eusebio…
temblando contra la pared.
Hablándole al vacío.
Ella siente miedo.
Real.
Porque nunca lo había visto así.
No tan roto.
No tan perdido.
—Eusebio…
Él levanta la mirada lentamente.
Los ojos rojos.
Perdidos.
Daniela grita dentro de él.
—¡Sácala de aquí!
Pero la otra voz susurra:
—Déjala acercarse…
La psicóloga da un paso lento.
Luego otro.
—Mírame…
Él niega apenas.
—No puedes estar aquí…
—Mírame.
Su voz ahora es más firme.
Más suave.
Más humana.
No habla como profesional.
Habla como alguien desesperado por alcanzarlo antes de que se destruya completamente.
—Respira… Eusebio tiembla.
—No puedo…
Ella se acerca más.
Ya puede ver las heridas en sus manos.
La sangre.
Los vidrios pegados a su piel.
Y algo dentro de ella se rompe.
Porque entiende algo horrible.
Él realmente está sufriendo.
No está fingiendo.
No está manipulando.
Está cayéndose a pedazos.
Daniela vuelve a atacar.
—Ella quiere separarnos.
—¡Cállate!
La psicóloga se sobresalta.
Porque no sabe si le habló a ella… o a la voz.
—Eusebio…
Él empieza a deslizarse lentamente contra la pared hasta quedar sentado en el suelo.
Respirando mal.
Como si el aire no alcanzara.
Ella se arrodilla frente a él.
Y lentamente…
le toma el rostro.
Eso lo paraliza.
Porque nadie hace eso con él.
Nadie lo toca así.
Con cuidado.
Con miedo.
Con tristeza.
Ella acerca su frente a la de él.
—Mírame solo a mí…
Daniela grita dentro de su cabeza.
Furiosa.
Desesperada.
—¡NO!
Pero Eusebio la mira.
Y por un segundo…
las voces bajan.
Apenas un poco.
Lo suficiente para respirar.
La psicóloga siente lágrimas arderle en los ojos.
No entiende por qué.
No debería importarle tanto.
Nada de esto debería dolerle.
Pero duele.
Mucho.
—No estás solo… susurra ella.
Y esa frase… Lo destruye completamente.
Porque quizá llevaba años esperando escucharla.
Eusebio cierra los ojos.
Tiembla.
Y entonces ella lo abraza.
Fuerte.
Como si intentara sostener todas las partes rotas antes de que se derrumben por completo.
Él se queda inmóvil un segundo.
Solo uno.
Luego… La abraza también.
Desesperado.
Con fuerza.
Como alguien ahogándose.
La respiración de ambos se mezcla.
Rápida.
Caliente.
Confusa.
Y Daniela empieza a desaparecer lentamente del ruido.
Eso asusta a Eusebio más que cualquier otra cosa.
Porque nunca había pasado.
Nunca.
La psicóloga levanta apenas el rostro.
Quedan demasiado cerca.
Él puede sentir su respiración en los labios.
Ella también.
Y esta vez…
nadie se mueve primero.
El beso llega lento.
Pero dura poco así.
Porque toda la tensión acumulada explota de golpe.
Eusebio la besa con desesperación.
Con necesidad.
Con rabia contenida.
Ella responde igual.
Lo empuja contra la pared húmeda.
Él la sostiene de la cintura con fuerza.
El beso se vuelve más intenso.
Más oscuro.
Como si ambos intentaran callar algo dentro de ellos.
Algo horrible.
Algo roto.
Las voces desaparecen completamente.
No lluvia.
No gritos.
No Daniela.
Nada.
Solo ellos.
Solo el aire faltando.
Solo el miedo de separarse.
Porque por primera vez…
el silencio dentro de la cabeza de Eusebio se siente real.
Y eso lo aterra.
Cuando finalmente se separan…
él la mira confundido.
Asustado.
—¿Qué me hiciste…?
Ella respira agitada.
No sabe responder.
Porque también lo sintió.
Ese silencio imposible.
Eusebio toca su propia cabeza lentamente.
Esperando escuchar a Daniela.
Esperando el grito.
La risa.
La rabia.
Pero no hay nada.
Y por primera vez en años…
el silencio le da más miedo que las voces.
Entonces…
afuera del cuarto…
una sombra se mueve detrás del pequeño vidrio de la puerta.
Observándolos.
Inmóvil.
Sin hacer ruido.
Y ninguno de los dos lo nota.
que van hacer