⚠️🔞Zen, el gélido estratega Grimhand, y Hendrik, el indomable lobo De Vries, desafiaron la biología y el poder corporativo. Tras huir, fundaron un imperio. Su amor prohibido, transformó la guerra en una dinastía inquebrantable.🔞⚠️
NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Confío en los datos
El sol nació con un brillo metálico sobre la residencia de la frontera. Tras la noche de descarga brutal y sudor, Zen y Hendrik se levantaron con una energía renovada, una especie de claridad asesina. Ya no eran solo amantes o socios; eran una unidad de combate.
Zen estaba sentado en la oficina, luciendo un traje negro que resaltaba su palidez. Sus ojos estaban fijos en el reloj digital de la pared. Falta un minuto para las nueve de la mañana. En ese preciso instante, en la bolsa de valores, una nueva entidad aparecería de la nada: Aura.
—¿Estás listo, Hendrik? —preguntó Zen, con el dedo índice suspendido sobre la tecla "Enter".
Hendrik, que estaba de pie tras él, con los brazos cruzados y una expresión de triunfo anticipado, asintió.
—Dale al botón, Zen. Hagamos que esos viejos se atraganten con su café.
Zen presionó la tecla. En segundos, el primer producto de Aura —el estabilizador de feromonas de nueva generación— fue anunciado globalmente. Pero no fue un anuncio normal. Fue un hackeo legal de las pantallas publicitarias más importantes del mundo. El mensaje era simple: "El control biológico ya no le pertenece a los imperios del pasado. Aura: La libertad del Alfa".
En menos de diez minutos, las acciones de las farmacéuticas de Arthur Grimhand y Viktor De Vries empezaron a tambalearse. El pánico financiero acababa de estallar.
A las diez de la mañana, la pantalla de la sala de juntas de la residencia se encendió sola. No era una llamada, era una señal de emergencia. El rostro de Arthur Grimhand apareció, y esta vez no estaba sereno. Estaba pálido, con una vena latiendo con fuerza en su sien.
—¡Zen! ¡Hendrik! —rugió el patriarca—. ¡Díganme que tienen algo que ver con este ataque! ¡Alguien está inundando el mercado con una patente que es un noventa por ciento idéntica a la nuestra, pero más eficiente!
Zen mantuvo su máscara de Príncipe de Hielo, aunque por dentro sentía una satisfacción embriagadora.
—Padre, estamos viendo las noticias. Es un desastre. Joel está intentando rastrear el origen, pero la empresa Aura parece tener una infraestructura de seguridad impenetrable.
—¡No me den excusas! —gritó Viktor De Vries, apareciendo al lado de Arthur—. ¡Esa tecnología solo pudo haber salido de nuestros laboratorios secretos! ¡Alguien robó los planos!
—Estamos en ello —dijo Hendrik con una voz grave y fingidamente preocupada—. Si hubo una filtración, la encontraremos. Pero ahora mismo, lo que importa es que la fusión de nuestras empresas debe acelerarse para mostrar solidez, o los inversores nos abandonarán por Aura.
Arthur los miró con una sospecha que quemaba. No tenía pruebas, pero su instinto de depredador viejo le decía que algo olía mal.
—Si esto es un juego de ustedes, les juro que no verán el sol otra vez. Pero como no puedo estar en dos lugares a la vez mientras apago este incendio en la ciudad, voy a enviar a alguien para que los "ayude" con la investigación.
Zen se tensó. —¿A quién?
—A Gabriel —sentenció Arthur—. El jefe de auditoría biológica. Llegará esta tarde. Él no es como Joel; él no tiene piedad por los recuerdos de la infancia.
La pantalla se apagó. El silencio regresó, pero esta vez era un silencio de muerte.
Joel entró en la habitación con el rostro sombrío.
—Conozco a Gabriel. Es un Alfa recesivo, pero tiene el olfato de un sabueso para las mentiras. No lo enviaron para investigar a Aura; lo enviaron para oler sus sábanas y ver si hay rastro de algo que no sea odio entre ustedes.
—Tenemos que limpiar todo —dijo Zen, levantándose de golpe—. Hendrik, el lubricante, la cápsula, el olor en la suite... si Gabriel entra ahí, sabrá que hemos estado anudándonos en menos de cinco segundos.
—No podemos limpiar el olor a anudamiento de un Alfa tan fácil, Zen —respondió Hendrik, apretando los dientes—. Ese aroma se queda en las paredes por días.
—Entonces tenemos que cubrirlo con algo peor —dijo Zen, mirando a Hendrik con una idea peligrosa—. Sangre.
Hendrik frunció el ceño. —¿Qué?
—Si Gabriel viene a buscar rastro de amor, le daremos rastro de violencia —explicó Zen, su mente trabajando a mil por hora—. Joel, necesito que traigas carne cruda de la cocina y la dejes en los conductos de ventilación de la suite. Hendrik, vamos a tener una pelea de verdad. Necesito que me golpees, que rompas algo, que la habitación parezca un campo de batalla de dos Alfas que intentaron matarse.
Hendrik retrocedió, negando con la cabeza.
—No voy a golpearte, Zen. No otra vez.
—¡Hazlo! —gritó Zen, agarrando a Hendrik por la camisa—. Es la única forma. Si él huele sangre y furia, justificaremos el aumento de feromonas y el desorden. ¡Es eso o que nos maten a los tres!
Dos horas después, la suite principal era un desastre. Había una lámpara rota, la colcha estaba rasgada y Zen tenía un labio partido y una mancha morada empezando a nacer en su pómulo. Hendrik tenía los nudillos raspados por haber golpeado la pared. El aroma a hierro de la sangre y el sudor acre de la rabia fingida llenaban el aire.
En ese momento, un coche negro se detuvo frente a la casa.
Un hombre delgado, con gafas de montura fina y un traje que parecía una segunda piel, bajó del vehículo. Caminaba con una elegancia enfermiza. Gabriel había llegado.
Joel lo recibió en la puerta. Gabriel no dijo nada, simplemente aspiró el aire del vestíbulo y sonrió.
—Huele a conflicto, Joel. Qué delicia.
Gabriel subió las escaleras directamente hacia la suite, sin pedir permiso. Zen y Hendrik estaban allí, sentados en extremos opuestos de la habitación, respirando con dificultad, fingiendo una furia asesina.
Gabriel entró, se ajustó las gafas y empezó a caminar por la habitación. Se acercó a la mancha de sangre en la alfombra, se agachó y pasó un dedo por ella. Luego, se acercó a Zen, obligándolo a levantar la barbilla.
—Vaya golpe, señor Grimhand —susurró Gabriel, con una voz que sonaba como el roce de papel de lija—. Su padre dice que son muy unidos en el trabajo, pero este cuarto dice que tienen ganas de despedazarse.
—Es un animal —escupió Zen, señalando a Hendrik—. No sabe cuándo detenerse.
Gabriel se giró hacia Hendrik, observando sus nudillos. Luego, caminó hacia la cama. Se quedó allí parado, mirando las sábanas revueltas. Su nariz se movió. Estaba buscando el rastro dulce del anudamiento bajo el olor rancio de la sangre.
—Es curioso —dijo Gabriel, dándose la vuelta para mirarlos a ambos—. Hay mucha violencia aquí. Casi demasiada. Parece una escena de teatro bien ensayada.
Hendrik se puso de pie, dejando salir un gruñido bajo.
—¿Estás llamándome mentiroso, sabueso? ¿Quieres probar si mi fuerza es real?
Gabriel no se inmutó. Sacó un pequeño dispositivo electrónico de su bolsillo.
—No confío en mis ojos, señor De Vries. Confío en los datos. Este aparato detecta hormonas específicas del placer que solo se liberan durante el acto sexual prolongado entre Alfas. Si paso esto por el colchón y sale verde, significa que se pelearon. Pero si sale azul...
Zen sintió que el corazón se le detenía. Habían limpiado, habían sangrado, pero no podían engañar a la tecnología de punta de su padre.
—Adelante —dijo Zen, con una voz que no tembló por puro milagro—. Pásalo. Y cuando salga verde, quiero que te disculpes por insultar mi dignidad.
Gabriel se acercó al colchón. Hendrik y Zen intercambiaron una mirada de despedida silenciosa. Estaban a un segundo de que la luz azul los sentenciara a muerte.
Gabriel presionó el botón. El dispositivo emitió un pitido.
La luz brilló en la penumbra de la habitación.
!!!