Ella pasa una noche con un Ceo Y ese luego la secuestra al creer que ella esconde a su hijo
NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 12
Valentina miró la puerta en el suelo.
Luego a él.
Y volvió a la puerta.
—Cielos… —murmuró, llevándose una mano a la frente—. Vuelve a poner la puerta, Mateo.
Mateo cruzó los brazos.
Tranquilo.
Como si no acabara de destruirla.
—Solo si prometes algo.
Valentina entrecerró los ojos.
—¿Qué cosa?
Él la miró fijamente.
—Que no volverás a intentar alejarte de mí.
Silencio.
—Porque si lo haces… —añadió con total calma— voy a quitar todas las puertas de la casa.
Hizo una pausa.
—Incluyendo la del baño.
Valentina lo miró, incrédula.
—Eres insoportable…
Negó con la cabeza.
—No sabes cuánto te odio… y lo mucho que me molestas, Mateo.
Él no se ofendió.
Ni un poco.
Al contrario…
su expresión se suavizó.
—Lo sé.
Un paso hacia ella.
—Pero no me importa.
Otro más.
—Yo te amo con locura.
Su voz bajó.
Más intensa.
Más real.
—Y es lo único que me importa.
Silencio.
Valentina lo sostuvo la mirada.
Intentando no reaccionar.
Intentando no sentir.
—¿Hasta dónde llegarás? —preguntó finalmente.
Mateo no respondió de inmediato.
Se acercó lo suficiente como para que su voz fuera casi un susurro.
—No te gustaría saberlo.
Y lo decía en serio.
Porque en sus ojos…
no había duda.
No había límite.
Y Valentina lo supo en ese instante.
Él era capaz de cualquier cosa por ella.
Cualquier cosa.
Y eso…
era exactamente lo que lo hacía tan peligroso.
—No es gracioso —dijo Valentina, cruzándose de brazos.
Mateo la miró sin inmutarse.
—No dije que lo fuera.
Silencio.
Pesado.
Incómodo.
Valentina suspiró, cansada.
—Bien… duerme aquí —dijo finalmente—. Pero voy a poner una barrera de almohadas.
Señaló la cama.
—Y si cruzas un dedo… solo uno… haré que te arrepientas. ¿Entendido?
Mateo alzó una ceja.
—Está bien —respondió—. Entiendo.
Se acomodó en su lado.
—Prometo no pasar tu… barrera de poder.
El sarcasmo era evidente.
Valentina le lanzó una mirada.
—No te burles.
—No lo hago.
Pero sí lo hacía.
Un poco.
Minutos después…
La puerta fue arreglada.
Todo en orden otra vez.
Como si nada hubiera pasado.
Excepto…
la tensión.
Valentina acomodó las almohadas.
Una muralla ridícula.
Pero necesaria.
Se acostó.
Dándole la espalda.
En alerta.
Esperando.
Un movimiento.
Un intento.
Algo.
Pero no pasó nada.
Mateo no cruzó.
No se acercó.
No la tocó.
Nada.
Y eso…
la desconcertó.
De vez en cuando, miraba por encima del hombro.
Solo para comprobar.
Seguía ahí.
Quieto.
Respetando el límite.
Eso era nuevo.
Muy nuevo.
Y no sabía si le gustaba.
A la mañana siguiente…
Valentina despertó.
La cama del otro lado estaba vacía.
Se sentó de golpe.
Miró alrededor.
Nada.
—¿Mateo…?
Se levantó.
Bajó las escaleras.
Y lo vio.
Sentado en la mesa.
Desayunando.
Perfectamente arreglado.
Como siempre.
Pero…
algo estaba mal.
No la miró.
No dijo “amor”.
No sonrió.
Nada.
Valentina se detuvo.
Confundida.
—Buenos días… —dijo, dudando.
Mateo levantó la mirada apenas.
—Buenos días.
Y volvió a su café.
Frío.
Distante.
Como si ella fuera… una extraña.
Valentina frunció el ceño.
Caminó hacia la mesa.
—¿Eso es todo?
Mateo no respondió.
Siguió comiendo.
Como si no pasara nada.
Y eso…
la inquietó más que sus obsesiones.
Porque Mateo obsesivo…
era predecible.
Pero esto…
no.
Se sentó frente a él.
Observándolo.
—¿Te pasa algo?
Él negó.
—No.
Mentía.
Se notaba.
Valentina lo estudió unos segundos más.
—Estás raro.
Silencio.
Mateo dejó los cubiertos.
Finalmente la miró.
Pero ya no había esa intensidad.
Ese fuego.
Nada.
—Tal vez es lo mejor.
Eso la tomó por sorpresa.
—¿Qué cosa?
—Darte espacio.
Silencio.
Valentina parpadeó.
—…¿Qué?
Mateo se levantó.
Tomó su saco.
—Disfruta el desayuno.
Y empezó a irse.
Como si nada.
Como si ella no importara.
Como si…
no estuviera obsesionado.
Valentina se quedó inmóvil.
Sintiendo algo extraño en el pecho.
Incomodidad.
Confusión.
Y algo más.
Algo que no quería admitir.
—¿Eso querías, no? —añadió él sin mirarla—. Que te deje en paz.
Y se fue.
La puerta se cerró.
Silencio.
Valentina miró la mesa.
Luego la puerta.
Y frunció el ceño.
—…idiota.
Pero su voz no sonó aliviada.
Sonó…
molesta.
Porque ahora…
él no estaba persiguiéndola.
Y eso…
se sentía raro.
Demasiado raro.
—Bueno… —murmuró Valentina para sí misma mientras caminaba por el pasillo—. Se supone que esto debería hacerme feliz… ¿verdad?
Se detuvo.
Frunció el ceño.
—Entonces… ¿por qué me siento así?
Se llevó una mano al pecho.
Inquieta.
Incómoda.
Ansiosa.
—¿Qué demonios…?
Sacudió la cabeza.
—No, no, no… esto es lo que querías. Que te deje en paz.
Pero su cuerpo…
no estaba de acuerdo.
Giró en la esquina del pasillo y casi choca con alguien.
—Oh—
—Señorita.
Era el asistente personal de Mateo.
Impecable.
Serio.
Siempre observando más de lo que decía.
Valentina suspiró, frustrada.
—Él dijo que me dará espacio… —soltó de golpe—. ¿Puedes creerlo?
El asistente la miró un segundo.
Como evaluando la situación.
—Sí, señorita —respondió con calma—. Puedo creerlo.
Valentina entrecerró los ojos.
—¿Así nada más?
—El señor Mateo… —hizo una pausa— suele tomar decisiones extremas.
Eso no ayudó.
Para nada.
Valentina bufó.
—Ashhhh… ¡qué molesto!
Se llevó la mano al cabello.
Y ahí fue cuando el asistente lo notó.
El anillo.
Brillando en su dedo.
Su mirada se detuvo un segundo más de lo normal.
Valentina siguió su mirada.
Y de inmediato escondió la mano.
—No es lo que parece —dijo rápido.
El asistente no respondió.
Pero su leve gesto decía lo contrario.
Lo sabía.
Todos lo sabían.
Valentina apretó los dientes.
—Estoy así por su culpa —murmuró—. Me está haciendo daño psicológico.
Pero ni ella misma sonó convencida.
Porque en el fondo…
no era solo enojo.
Era algo más.
Más complicado.
Más peligroso.
Sin decir nada más, se dio la vuelta y empezó a caminar rápido.
Molesta.
Confundida.
Con el corazón latiendo más fuerte de lo normal.
Desde el final del pasillo…
Mateo la observaba.
En silencio.
Había escuchado lo suficiente.
Su expresión no cambió.
Pero sus ojos…
la seguían.
Analizándola.
Midiendo cada reacción.
—Funciona… —murmuró para sí mismo.
Porque él sabía algo que Valentina aún no entendía.
Alejarse…
también era una forma de acercarse.
Y ahora…
era ella quien empezaba a moverse hacia él.
Aunque todavía no lo supiera.