Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
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Azra Yildirim.
La sede principal del imperio empresarial de la familia Familia Lobo se alzaba elegante y poderosa en el corazón de Florencia. El edificio entero respiraba lujo, autoridad y dinero antiguo. Cristales impecables, mármol italiano, seguridad en cada esquina y empleados que caminaban con eficiencia absoluta sin imaginar siquiera la mitad de las cosas que realmente financiaban aquella fortuna.
Porque oficialmente los Lobo eran empresarios. Magnates. Inversionistas. Dueños de navieras, hoteles, firmas legales, constructoras, tiendas de ropa , casa de moda y empresas tecnológicas.
Extraoficialmente eran otra cosa muy distinta y Adara Lobo había nacido preparada para entender ambos mundos.
Aquella no era la primera vez que trabajaba allí. Años atrás había realizado pasantías dentro de la compañía familiar antes de marcharse a Boston para completar sus estudios y especializaciones en estrategia corporativa, gestión financiera internacional y dirección empresarial. Desde muy joven, su tía Nelly había dejado claro que quería prepararla personalmente para convertirla en la futura presidenta del conglomerado legal de los Lobo.
Y sinceramente Adara estaba demostrando ser brillante.
Solo habían pasado dos días desde su incorporación formal y ya había reorganizado informes financieros, detectado movimientos innecesarios dentro de una de las divisiones logísticas y propuesto estrategias que incluso hicieron sonreír orgullosamente a Nelly.
—Definitivamente heredaste el cerebro manipulador de esta familia —comentó su tía aquella tarde mientras revisaban unos documentos en la enorme oficina presidencial.
Adara soltó una pequeña risa sin apartar la mirada de la pantalla.
—Eso sonó como un insulto elegante.
—Era un halago —replicó Nelly divertida antes de acomodarse mejor en su asiento—. Eres rápida tomando decisiones. Y no te dejas intimidar por nadie. Eso sirve más que cualquier maestría.
Adara cerró finalmente uno de los informes.
—Todavía me falta mucho.
—Claro que sí —dijo su tía—. Pero vas por muy buen camino.
Y era verdad.
Dentro de la familia cada miembro parecía liderar áreas distintas, pero al final todos terminaban conectados entre sí como piezas de un mismo monstruo perfectamente organizado.
Emiliano manejaba gran parte de las operaciones principales junto a Efraín.
Jazmín revolucionaba el área tecnológica y médica.
Aurora era una de las mejores diseñadoras de moda.
Gabriele y Alessandro manejaban una gran constructora y otros negocios.
Massimo trabajaba la expansión marítima y comercial y Noah, el mellizo de Adara, ya estaba involucrado de lleno junto a Massimo dentro de la naviera familiar.
Todo terminaba mezclándose. Todo servía para fortalecer el imperio.
Aquella tarde, mientras revisaba unos contratos internacionales, el celular de Adara vibró nuevamente sobre el escritorio.
Suspiró apenas al ver el nombre de Allegra.
Otra vez.
Abrió el mensaje lentamente.
"Fausto sigue fatal… apenas come y casi no sale del apartamento."
Adara observó las palabras varios segundos. Y, para sorpresa incluso de ella misma no sintió culpa, ni tristeza. Porque la realidad era que hacía tiempo venía desconectándose emocionalmente de esa relación. Y peor aún… porque la última noche en Boston había terminado confirmando algo que durante meses sus amigas llevaban insinuándole.
Entre Fausto y Allegra existía algo más que una simple relación de hermanastros.
Las miradas, los roces, la forma en que se buscaban.
Adara lo había notado y aunque fingió no hacerlo, aquella duda terminó matando lo poco que quedaba entre ellos.
Dejó el celular nuevamente sobre la mesa y continuó trabajando.
Horas después, ya lejos de la oficina, terminó reuniéndose con Samara y Suleima en una elegante terraza privada de un restaurante exclusivo del centro histórico.
Las primas prácticamente la aplastaron en un abrazo apenas llegó.
—¡Por fin! —exclamó Samara dramáticamente—. Ya pensábamos que la empresa te había secuestrado.
—O peor —añadió Suleima divertida—. Que volviste con Fausto.
Adara soltó una risa mientras tomaba asiento frente a ellas.
—No exageren.
—¿Exagerar? —Samara abrió los ojos—. Te libraste de una bala.
Un camarero apareció dejando vino y varios platillos italianos sobre la mesa mientras las tres comenzaban a ponerse al día entre risas, anécdotas y comentarios cargados de confianza.
Hasta que Suleima soltó casualmente:
—Entonces… ¿cómo llevas la soltería?
Adara tomó lentamente una copa y entonces sonrió con una sonrisa peligrosa.
Samara la señaló inmediatamente.
—Esa cara significa problemas.
—Muchos problemas —confirmó Suleima.
Adara bebió un poco antes de hablar.
—Me acosté con Cedric Becker.
Silencio absoluto y luego Samara casi se atragantó con el vino.
—¿QUÉ?
Suleima abrió la boca lentamente.
—El cuñado alemán de Aurora… ¿ese Cedric Becker?
Adara asintió con absoluta tranquilidad.
—Dos veces.
—¡ADARA! —gritó Samara bajando inmediatamente la voz al notar varias miradas alrededor—. ¡Ese hombre va a casarse!
—Lo sé.
—¡¿Y aun así te acostaste con él?!
Adara se encogió apenas de hombros.
—Sí.
Las dos primas la miraban como si hubiese perdido completamente la razón.
—Necesitamos detalles inmediatamente —exigió Suleima inclinándose hacia adelante.
Adara soltó una risa.
—No pienso contarles todo.
—Entonces sí estuvo bueno —dijo Samara señalándola.
La sonrisa involuntaria que apareció en el rostro de Adara fue suficiente respuesta y eso provocó otro escándalo en la mesa.
—¡Madre santa! —murmuró Suleima tapándose la boca—. Te gustó de verdad.
Adara bebió otro poco de vino antes de responder:
—Solo es sexo.
—Claro —dijo Samara sarcástica—. Y yo soy monja.
Adara rodó los ojos.
—Hablo en serio. Ambos sabemos perfectamente lo que es esto. Una fantasía. Ya. Cuando él se case todo volverá a la normalidad.
Pero ninguna de sus amigas parecía convencida, porque una cosa era escucharla hablar y otra muy distinta era ver cómo brillaban sus ojos al nombrarlo.
Mientras tanto, al otro lado de Europa, Cedric Becker intentaba desesperadamente mantenerse ocupado.
La enorme residencia Becker en Alemania permanecía silenciosa mientras él descargaba golpes brutales contra el saco de boxeo del gimnasio privado.
Sudor.
Respiración pesada.
Músculos tensos.
Pero ni así conseguía sacársela de la cabeza.
Cada golpe terminaba trayéndole otra imagen de Adara.
Su risa, su cuerpo usando una de sus camisetas, la manera en que pronunciaba su nombre.
Maldición.
Cedric lanzó otro golpe seco antes de apartarse finalmente frustrado.
Horas después, durante una reunión empresarial junto a Bastian, volvió a distraerse observando unos documentos sin realmente leerlos.
Y su hermano lo notó inmediatamente.
—¿Qué demonios te pasa?
Cedric levantó apenas la mirada.
—Nada.
Bastian soltó una risa seca.
—Llevas casi cinco minutos viendo la misma página.
Cedric cerró finalmente la carpeta.
—Estoy cansado.
—Claro —respondió Bastian claramente sin creerle—. Y yo soy bailarín de ballet.
Cedric simplemente ignoró el comentario. Aunque segundos después Bastian volvió a hablar.
—Por cierto. Los Takahashi confirmaron que Akane llegará una semana antes de la boda.
El silencio fue breve, pero suficiente para que Cedric sintiera una extraña molestia en el pecho porque automáticamente pensó en Adara.
Otra vez.
Mierda.
Aquello empezaba a convertirse en un problema real.
La noche cayó lentamente sobre Alemania y ya bastante tarde, Cedric se encontraba solo en el enorme penthouse revisando algunos documentos con una copa de brandy entre los dedos cuando el timbre sonó inesperadamente, frunció ligeramente el ceño. No esperaba a nadie.
Uno de sus hombres de seguridad apareció segundos después en la entrada del despacho.
—Señor Becker…
Cedric levantó apenas la mirada.
—¿Qué ocurre?
—Hay una mujer aquí.
Él arqueó apenas una ceja.
—¿Quién?
El hombre dudó un segundo antes de responder.
—Azra Yildirim.
El silencio cayó pesado inmediatamente.
Cedric se quedó completamente quieto unos segundos, porque hacía años que no veía a Azra Yildirim.