Sandra, una joven diseñadora floral con un pasado que la persigue, se aferra a la idea de reencontrarse con Guillermo, su primer amor. La vida los separó abruptamente años atrás, dejándola con un vacío y preguntas sin respuesta. Ahora, el destino los cruza de nuevo en la vibrante escena artística de la ciudad. Guillermo, un exitoso arquitecto, carga con sus propias cicatrices y la culpa de una partida inesperada. A medida que sus caminos se entrelazan, el deseo de revivir su pasión es innegable.
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Capitulo 24
La interrupción de Guillermo había sido un respiro momentáneo, pero Sandra sabía que la tregua sería corta. Mientras Zaira se dirigía hacia los Montenegro con su sonrisa artificial, Sandra sintió las miradas de algunos invitados. La tensión en el ambiente era palpable, un campo de batalla invisible donde las palabras eran las armas.
Unos minutos después, Zaira regresó a la mesa, esta vez con una copa de champán en la mano y una actitud aún más condescendiente. Se sentó junto a Guillermo, pero sus ojos estaban fijos en Sandra.
—Guillermo me ha hablado maravillas de tu trabajo, Sandra —empezó Zaira, con un tono que pretendía ser amable pero era puro veneno—. Es admirable cómo una florista independiente puede incursionar en proyectos de esta magnitud. Supongo que es la magia de la autogestión, ¿verdad? No todos tienen el privilegio de tener el respaldo de una firma como la de Guillermo desde el inicio de sus carreras.
El comentario, sutilmente despectivo, insinuaba que Sandra estaba allí solo por Guillermo, sin mérito propio, y resaltaba su origen más humilde frente a las grandes firmas. Sandra respiró hondo, recordando las palabras de Leondra: elegancia y firmeza.
—Así es, Zaira —respondió Sandra con una sonrisa calmada—. Empezar desde abajo te enseña mucho sobre el valor del esfuerzo y la perseverancia. Y te permite apreciar cada oportunidad que se presenta, especialmente cuando confían en tu visión. Creo que eso es algo que no tiene precio, ¿no te parece?
Guillermo la miró con admiración, mientras algunos invitados que habían escuchado la interacción intercambiaban miradas. Zaira no esperaba esa respuesta. Su sonrisa se tensó un poco, pero no se dio por vencida.
—Por supuesto —continuó Zaira, como si las palabras de Sandra no la hubieran afectado—. Aunque también es cierto que, a veces, la inexperiencia puede llevar a decisiones... menos óptimas. Recuerdo que Guillermo tuvo que solucionar un pequeño inconveniente con unos materiales que no llegaron a tiempo la semana pasada, ¿no, cariño? A veces, la logística puede ser complicada para quienes no están acostumbrados a manejar proyectos tan grandes.
La indirecta era clara, y Sandra sintió un ardor en las mejillas. Sabía perfectamente a qué se refería: los materiales que Zaira misma había manipulado para que fallaran.
—Sí, los contratiempos ocurren —respondió Sandra, manteniendo la calma—. Pero lo importante es la capacidad de resolución. Y en nuestro equipo, siempre encontramos la manera de superarlos. Afortunadamente, Guillermo es un excelente líder y siempre apoya a sus colaboradores.
Esta vez, la mirada de Guillermo hacia Zaira fue más que un reproche. Era una advertencia. Zaira, al percibir que estaba perdiendo terreno y que sus ataques solo estaban haciendo que Sandra se viera más fuerte y Guillermo más protector, decidió cambiar de estrategia.
Se giró hacia otros invitados, entablando una conversación trivial, pero Sandra sabía que la batalla estaba lejos de terminar. Zaira había intentado humillarla, poner en duda su profesionalismo y su origen, pero Sandra se había mantenido firme. Había logrado que sus palabras rebotaran, mostrando una seguridad y una elegancia que Zaira no poseía.
Sin embargo, el desgaste era real. Cada palabra, cada mirada de Zaira, era como una pequeña puñalada que, aunque no la derribaba, la agotaba. La cena terminó y Sandra se despidió de los anfitriones y de Guillermo con una sensación agridulce. Había sobrevivido a la noche, pero a qué costo. La guerra de Zaira se volvía más personal y más cruel con cada intento.
Al salir de la cena, mientras esperaban sus coches, Guillermo se acercó a Sandra, que hablaba por teléfono con Leondra.
—Lo siento mucho, Sandra —dijo él en voz baja, cuando ella colgó—. Zaira a veces puede ser...
—No tienes que disculparte por ella, Guillermo —lo interrumpió Sandra, mirándolo fijamente—. Sé lo que está haciendo y por qué. Y sé que tú también lo sabes.
Guillermo suspiró, sintiéndose atrapado.
—No es tan simple, Sandra. Hay muchas cosas en juego.
—Siempre las hay —respondió ella con una sonrisa triste—. Pero lo que no es simple para ti, lo es para mí. Y no voy a permitir que nadie, ni siquiera tu prometida, me falte al respeto o intente socavar mi trabajo. Mi dignidad no está en venta.
En ese momento, el coche de Guillermo llegó. Él la miró con una expresión de impotencia, queriendo decir más, pero las palabras no salían.
—Cuídate, Sandra —logró decir finalmente.
—Tú también, Guillermo —respondió ella, antes de que su propio taxi llegara.
Mientras se alejaba, Sandra sintió un escalofrío. La noche le había confirmado que Zaira no se detendría ante nada, y que la situación se estaba volviendo insostenible.