Para Alexander Rivas, el control lo es todo. Como el profesor más temido de la facultad, su arrogancia es su armadura y su intelecto, su arma más letal.
Pero cuando se cruza con Valentina Soler, una alumna que no baja la mirada y que desafía cada una de sus reglas. Siente que su dominio y autocontrol está tambaleando ante el deseo de tenerla.
Lo que comienza como una guerra de voluntades pronto se convierte en sombras y un deseo voraz que amenaza con destruirlos a ambos.
Sin embargo, en el juego de la seducción, el peligro no es solo ser descubiertos.
Un secreto familiar, enterrado bajo años de mentiras, comienza a salir a la luz.
¿Qué pasará cuando descubran que sus vidas han estado entrelazadas desde mucho antes de conocerse?
¿Lograrán mantenerse unidos después de revelar ese secreto que puede destruirlos a ambos?
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CAPÍTULO 7. Bajo la lluvia.
Capítulo 7
Bajo la lluvia.
Desde lo alto del edificio administrativo, Alexander veía por la ventana, como de costumbre.
Valentina Soler, puntual como un reloj suizo, deslizándose bajo el agua de la piscina olímpica con una técnica precisa. No había nadie como ella en el campus cuando se trataba de nadar.
Pero algo interrumpió esa rutina.
Un grupo de estudiantes, con risas ahogadas y bolsas negras grandes en las manos, cerraban discretamente las puertas del área de natación, como si prepararan algo. Como si disfrutaran ya del espectáculo antes de que empezara.
Alexander frunció el ceño. Su instinto lo empujó a bajar las escaleras a toda prisa.
Algo no estaba bien.
Cuando llegó, fue testigo de los hechos.
Las bolsas negras se vaciaron de golpe sobre la piscina. Restos de basura, desechos de vasos plástico y envases de comidas, hojas secas y envoltorios de golosinas flotaban en el agua.
Y Valentina… Ella seguía bajo el agua. Ajena a lo que ocurría en la superficie.
El grupo dr estudiantes reía. Uno grababa. Julieta sonreía con su móvil en mano, lista para capturar la humillación en el rostro de Valentina al salir.
—¡BASTA! —la voz de Alexander retumbó como un disparo.
Todos se congelaron al instante.
—A Rectoría. Todos. Ahora —no gritó. No hacía falta. Su tono de voz cortó el aire como un látigo.
Alexander caminó hacia el borde. Extendió la mano.
—Valentina… —su voz fue más baja, casi un susurro cuando ella salió.
La ayudó a salir, sujetándola con fuerza cuando notó que temblaba.
No por miedo, ni por vergüenza. Por rabia.
Ella resbaló. Sus manos la atraparon por la cintura pegándola a su cuerpo. quedando muy cerca.
Demasiado.
La tela mojada, el temblor leve de sus labios. El cosquilleo que nació bajo su piel no tuvo lógica, pero sí mucho peso.
Alexander cerró los ojos un segundo.
—¿Estás bien? —preguntó, sin moverse. Como si el mundo hubiese desaparecido.
Ella asintió, sin voz. Y por primera vez… ninguno de los dos quiso alejarse.
—Debes aprender a defenderte en este lugar —espetó con rabia—. Si no lo haces, serás el hazmereír de estos imbéciles.
Mientras tanto, al otro lado del campus, Iván observaba las imágenes que tomó aquel día en la biblioteca.
No podía verlos. No sabía que se habían cruzado allí, pero intuía que algo estaba sucediendo. Lo presentía. Valentina se estaba alejando. Y no porque alguna vez la hubiera tenido, sino porque alguien más se le estaba adelantando.
Tomó su celular nuevamente y volvió a abrir la carpeta de fotos ocultas. Aquellas imágenes de Valentina en clase, en la piscina, caminando por los jardines. Cada una era un altar al deseo más sombrío y secreto. Demasiado turbio para ser real.
—Solo puedes ser mía —murmuró, mirando una imagen donde ella sonreía desprevenida junto a Cata.
El juego apenas comenzaba. Y él no pensaba quedarse fuera.
El día siguiente comenzó cubierto por una neblina espesa y persistente, como si el cielo se negara a mostrar claridad.
Valentina vestía un abrigo largo, ceñido a la cintura, y botas de tacón bajo que hacían sonar el piso del pasillo con cada zancada.
Caminaba erguida, con una determinación recién nacida de lo mas profundo de su ser, que no podía disimular.
Desde que Alexander la defendió en la piscina, algo en ella había cambiado. Algo en él también lo hizo. Lo sintió en su piel, en su aliento contenido, en la forma en que sus ojos huían para no rendirse.
Era peligroso. Inadecuado. Y sin embargo, inevitable.
En la entrada del salón 304, se detuvo. Suspiró profundo y empujó la puerta. Aún no llegaban todos los alumnos. Algunos cuchicheaban, otros apenas abrían sus laptops. Él estaba al frente, ajustando el proyector con la serenidad forzada de quien necesita fingir control.
La miró de reojo cuando cruzó la puerta. La tensión fue inmediata. No había palabras, solo un reconocimiento silencioso que le erizaba la piel.
Alexander regresó la vista al frente, pero sus hombros se tensaron.
Valentina ocupó su lugar, ahora en la tercera fila, junto a la ventana... lejos del pecado.
Sacó su libreta lentamente, con gestos suaves, como si cada movimiento fuera una provocación calculada.
La tela de su abrigo se deslizó al quitarlo, dejando al descubierto una blusa negra de cuello alto, ajustada y elegante. Simple, pero efectiva.
No necesitaba escotes. Su espalda recta, su mirada firme y la forma en que lo observaba eran más peligrosas que cualquier prenda insinuante.
La clase inició con voz neutra, pero no por eso menos grave. Alexander explicaba límites e integrales con un dominio mecánico, evitando por completo posar sus ojos en ella.
Valentina, sin embargo, no lo perdía de vista.
En un momento, se acercó a revisar la operación de un alumno. Dio un rodeo entre las filas, y cuando pasó junto a ella, el roce de su hombro fue mínimo. Casi inexistente. Pero bastó para que el corazón de ambos se desbocara.
Él se detuvo al frente y la voz le falló por un instante.
—Ejem... recuerden que el resultado final debe simplificarse —se pasó una mano por la nuca, visiblemente incómodo.
Ella sonrió, satisfecha.
Al final de la clase, Alexander guardó sus cosas con rapidez. Pero justo cuando se disponía a salir, la voz suave de Valentina lo detuvo.
—Profesor, ¿puedo hacerle una consulta? —preguntó casi con inocencia.
Él se quedó inmóvil un segundo. Luego asintió con lentitud, sin girarse.
—Esperen afuera —indicó a los demás.
Cuando el aula quedó vacía, cerró la puerta sin mirarla.
—¿Qué necesitas? —preguntó, clavando los ojos en el escritorio.
—No entendí del todo el ejercicio dos. Pero admito que no lo busco por eso.
Alexander alzó la vista. Ella estaba más cerca de lo que esperaba. Lo miraba con una mezcla de desafío y ternura que le desarmaba toda lógica.
—Valentina...
—No diga mi nombre como si fuera un pecado —dio un paso más hacia él, quedando a menos de un metro—. No soy un capricho, profesor. No estoy jugando con usted.
Él tragó saliva. La tensión era insoportable. Su respiración se volvió errática.
—No sé lo que eres para mí —murmuró—. Pero no puedo dejar de pensarte. Y eso me está destruyendo. Necesito que tomemos distancia.
—¿Y si mejor deja de resistirse?. Solo un momento. Solo uno.
Ella levantó su mano. Apenas rozó los dedos sobre su camisa. Él cerró los ojos, como si ese mínimo contacto fuera demasiado. Luego, sin pensarlo, la atrapó por la muñeca y la acercó bruscamente.
—No sabes lo que estás haciendo —susurró con la voz ronca.
—Sí lo sé. Y es exactamente lo que quiero.
Sus labios estuvieron a milímetros. La respiración de ambos entrecortada. Las manos de Alexander apretaban su cintura, y por un segundo eterno, la sujetó como si no pudiera soltarla. Como si su cuerpo le gritara que cediera.
—Esto no debe pasar —dijo él.
—Pero va a pasar aunque usted trate de postergarlo —ella cerró los ojos, lista para recibir su primer beso. Pero él retrocedió. Soltó su cintura de golpe como si le quemara su tacto.
—Sal de aquí —ordenó en voz baja, jadeando.
—No se arrepentirá —susurró ella, antes de verlo salir.
La dejó sola. Pero en su pecho, él también estaba marcado. Porque por primera vez... estuvo a punto de rendirse.
Esa tarde, llovió con más fuerza. Y Valentina caminó sin paraguas por el campus, empapada, pero tranquila. Sentía su piel vibrar. Su cuerpo caliente a pesar del frío. Como si el mundo acabara de sacudirla por dentro.
Se detuvo bajo un árbol. Cerró los ojos. Recordó el roce de sus dedos, el calor de sus manos, el aliento cerca de su cuello. Y por primera vez, sintió que tenía el poder. Él estaba cediendo. Lentamente. Pero estaba cediendo.
Lo tendría. De una forma u otra.
Y no pensaba retroceder.
Desde una ventana del segundo piso, Iván la observaba, envuelta en lluvia y deseo. Y por dentro, el monstruo de su obsesión comenzaba a crecer.
—Voy a descubrir quien diablos te hace suspirar, a quien deseas, a quien eliges por encima de mí —murmuró para sí—. Y te juro que voy a destruirlo.
Pero era tarde. Porque entre Valentina y el profesor, ya no quedaban límites claros. Solo deseo. Y el abismo que ambos estaban a punto de cruzar.