En Valenora, una ciudad donde el poder se hereda con sangre y la traición puede destruir imperios, dos familias dominan las sombras.
Alessia Bellandi, heredera de una poderosa familia italiana, ha aprendido a vivir entre secretos, lealtades y decisiones que nunca le han pertenecido.
Mikhail Orlov, heredero de un imperio ruso construido con disciplina y peligro, sabe que en su mundo una sola equivocación puede costar demasiado.
Cuando una amenaza comienza a mover piezas en las sombras, los Bellandi y los Orlov se ven obligados a sellar una alianza que nadie esperaba: un matrimonio por conveniencia.
Pero lo que comienza como un pacto frío pronto se convierte en una batalla de voluntades, deseo contenido y emociones que ninguno estaba preparado para sentir.
Mientras enemigos ocultos intentan destruirlos desde dentro, Alessia y Mikhail descubrirán que confiar puede ser el riesgo más peligroso ...y también el más inevitable.
porque algunas guerras nacen de la sangre .
Y otras del amor .
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Capitulo 10: La linea que no debía cruzarse
El aire se quedó atrapado en el pecho de Alessia.
La fotografía tembló apenas entre sus dedos.
Era Mikhail.
La imagen había sido tomada frente a la residencia Bellandi esa misma noche. Se veía con claridad el perfil de su rostro, la entrada principal detrás y parte de los guardias.
Eso significaba una sola cosa.
No solo la estaban vigilando a ella.
Los estaban vigilando a ambos.
Volvió a leer la nota.
“Deja de buscar, o el próximo en caer será él.”
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Pensó en bajar de inmediato.
Pensó en llamar a su padre.
Pero algo dentro de ella reaccionó antes.
Tomó el teléfono.
Marcó el número de Mikhail.
Contestó al segundo tono.
—¿Alessia?
La tensión en su voz fue inmediata.
—¿Qué pasa?
—Te están observando.
Del otro lado hubo un breve silencio.
—¿Dónde estás?
—En mi habitación.
—No salgas de ahí.
—Mikhail, escucha…
—Voy para allá.
La llamada terminó.
Alessia permaneció inmóvil unos segundos.
El corazón golpeaba con fuerza.
Miró hacia la ventana.
La oscuridad del jardín parecía normal.
Demasiado normal.
Y eso la inquietó aún más.
Quince minutos después, escuchó movimiento en el pasillo.
Abrió la puerta.
Mikhail estaba allí.
Había entrado acompañado por Yuri y dos hombres de seguridad.
Su expresión estaba completamente endurecida.
En cuanto la vio, avanzó hacia ella.
—¿Dónde está?
Alessia le entregó el sobre sin decir palabra.
Mikhail lo leyó.
Su mandíbula se tensó.
Después observó la fotografía.
La rabia le cruzó la mirada.
—Entraron aquí.
—Sí.
—¿Viste a alguien?
—No.
Yuri revisó la habitación rápidamente.
Ventana.
Balcón.
Pasillo.
Todo parecía limpio.
Demasiado limpio.
—No hay señales de entrada forzada —dijo.
Mikhail seguía mirando la fotografía.
—Entonces tenían acceso.
El silencio cayó.
Acceso.
Eso significaba alguien de dentro.
Otra vez.
Minutos después, Vittorio llegó.
Entró al cuarto con el rostro severo.
—¿Qué sucede?
Alessia le mostró la nota.
Su padre la leyó una vez.
Después otra.
El cambio en su expresión fue mínimo.
Pero suficiente.
—¿Quién más ha visto esto? —preguntó.
—Solo nosotros —respondió Mikhail.
Vittorio alzó la vista.
—Entonces se queda así.
—No —dijo Alessia.
Ambos hombres la miraron.
—No pienso fingir que no pasó.
—Esto no es un juego —respondió su padre.
—Lo sé. Por eso mismo.
Mikhail intervino con calma.
—Quieren asustarla.
—Y lo están logrando —dijo Vittorio.
—No —respondió Alessia con firmeza—. Lo que están logrando es que quiera saber quién fue.
La habitación quedó en silencio.
Yuri fue el primero en romperlo.
—Hay algo más.
Todos giraron hacia él.
Sacó una pequeña cadena de plata.
—La encontré en el balcón exterior.
Alessia sintió el pulso dispararse.
La reconoció.
No era el colgante de Valentina.
Era otra pieza.
Más pequeña.
Más fina.
—Es de Valentina —dijo en voz baja.
Vittorio apretó la mandíbula.
—Entonces estuvo aquí.
—O alguien quiere que lo creamos —dijo Mikhail.
La frase hizo que todos guardaran silencio.
Tenía razón.
Era demasiado evidente.
Demasiado limpio.
Como si alguien estuviera guiándolos hacia una respuesta concreta.
—Nos están empujando —murmuró Vittorio.
Mikhail asintió.
—Y quieren que reaccionemos por impulso.
Una hora después, la casa volvió a quedarse en calma.
Yuri había salido con los guardias para revisar el perímetro.
Vittorio regresó a su despacho.
Por primera vez desde que empezó todo, Alessia y Mikhail quedaron solos.
Estaban en la terraza lateral.
La noche se sentía más fría.
El jardín permanecía oscuro.
Durante unos segundos ninguno habló.
Fue Alessia quien rompió el silencio.
—No debiste venir.
Mikhail apoyó las manos sobre la baranda.
—Claro que sí.
Ella lo miró.
—Podrían haberte seguido.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué viniste?
Él tardó apenas un instante.
—Porque eras tú.
La respuesta fue simple.
Directa.
Y más peligrosa que cualquier amenaza.
Alessia bajó la mirada.
Sentía el corazón demasiado despierto.
—No me gusta esto.
—¿La amenaza?
Ella negó suavemente.
—Lo que pasa cuando estás cerca.
El viento movió ligeramente su cabello.
Mikhail se giró hacia ella.
—A mí tampoco me gusta.
—Mientes.
Una sombra breve apareció en sus labios.
—Sí.
Alessia levantó la vista.
Y lo encontró demasiado cerca.
No recordaba en qué momento había reducido la distancia.
Solo sabía que podía sentir su respiración.
El calor de su cuerpo.
El peso de esa tensión que llevaba días creciendo entre ambos.
—Esto es una mala idea —murmuró ella.
—Probablemente.
—Entonces deberíamos detenernos.
—Sí.
Pero ninguno se movió.
La mirada de Mikhail descendió lentamente hasta sus labios.
El pulso de Alessia golpeó con fuerza.
Y entonces ocurrió.
Fue apenas un instante.
Él levantó una mano y rozó suavemente su mejilla.
Ese contacto bastó para encenderle la piel.
La respiración de ambos cambió.
Y antes de que pudiera pensarlo demasiado…
Alessia fue quien cerró la distancia.
El beso fue breve.
Intenso.
Cargado de tensión contenida.
Como si ambos hubieran estado peleando contra ese momento desde el primer día.
Cuando se separaron, ninguno habló.
Los dos respiraban con fuerza.
Los ojos de Mikhail seguían fijos en ella.
Había algo nuevo.
Algo más profundo.
Más peligroso.
—Ahora sí estamos en problemas —dijo él en voz baja.
A Alessia se le escapó una pequeña sonrisa.
—Creo que eso empezó hace días.
Pero la calma duró muy poco.
Desde el interior de la casa se escuchó un disparo.
Los dos se separaron de inmediato.
Otro disparo.
Después gritos.
Mikhail reaccionó primero.
La tomó de la mano.
—Quédate detrás de mí.
Entraron corriendo.
En el pasillo principal, un guardia yacía en el suelo.
Vivo.
Herido.
Vittorio apareció desde el otro extremo.
—¡Se llevaron algo!
—¿Qué? —preguntó Alessia.
Su padre la miró con el rostro endurecido.
—El archivo del puerto.
El corazón de Mikhail se tensó.
—No venían por ti —dijo.
—Venían por los nombres —respondió Vittorio.
Y entonces un tercer guardia llegó corriendo.
Traía algo en la mano.
Un papel doblado.
Se lo entregó a Alessia.
Ella lo abrió lentamente.
Solo había una frase.
“La próxima vez no fallaremos.”
Y debajo…
una dirección.
Un almacén.
Muelle siete.
Mikhail levantó la mirada.
La tensión volvió a encenderse.
—Es una trampa.
Vittorio habló con voz fría.
—Sí.
Alessia apretó el papel entre los dedos.
Miró primero a su padre.
Después a Mikhail.
Y entendió algo.
Aquella noche no solo habían cruzado una línea.
Habían entrado en una guerra de verdad.