Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 14: Sombras del pasado
Presente...
El estruendo de un vaso de cristal chocando contra la pared de la suite presidencial del Hotel Peninsula retumbó como un disparo. Damián Smirnov no gritaba; su furia era un incendio silencioso que consumía todo a su paso. Estaba de pie frente al ventanal que daba a la Quinta Avenida, con la respiración pesada y los nudillos de la mano derecha sangrando ligeramente por el impacto contra el muro.
—¡Damián, por favor! Esa mujer es una desequilibrada, viste cómo te habló... —la voz de Irina, aguda y cargada de una envidia que no podía ocultar, solo servía para echarle más leña al fuego.
Damián se giró lentamente. Sus ojos no tenían rastro de humanidad. Eran dos pozos de odio líquido.
—Fuera —dijo, y su voz fue un susurro que calaba los huesos.
—Pero amor, tenemos la cena con los inversionistas de...
—¡Dije que te largues, Irina! —rugió él, dando un paso que la hizo retroceder hasta la puerta—. No me obligues a pedirlo una tercera vez.
En cuanto la puerta se cerró con un clic aterrorizado, Damián se desplomó en el sillón de cuero, hundiendo la cara entre sus manos. Sus propios ojos lo perseguían: los ojos de ese niño, Eithan. Eran sus ojos, pero brillaban con una inocencia que él había asesinado hacía décadas. Alessandra tenía razón. Él lo había llamado "error". Había enviado ese mensaje desde la frialdad de su trono de sangre, sin pensar que detrás de esas líneas de texto había una vida.
—Igor —llamó por el intercomunicador, su voz recuperando esa frialdad mecánica que lo hacía el líder de la Bratva.
—¿Sí, jefe?
—Quiero todo. No me importa cuánto dinero cueste. Quiero saber en qué hospital nació ese niño, quién firmó el acta, qué marca de leche toma, a qué parque lo lleva ella los domingos. Quiero saber cada factura que Alessandra ha pagado en estos tres años y cada hombre que se le haya acercado a menos de un metro. Si alguien la tocó, traémelo. Si alguien la ayudó, quiero su nombre.
Damián se levantó, caminando como un animal enjaulado. La culpa lo estaba devorando vivo, pero su instinto de posesión era más fuerte. Ella le había dicho que tenía los "huevos" que a él le faltaron. Esa frase le ardía en la piel como una marca al hierro candente.
—Me vas a perdonar, Alessandra —murmuró para la habitación vacía—. Aunque tenga que quemar esta ciudad entera para que no tengas a dónde más huir.
Mientras tanto, en el pequeño departamento de Queens, el ambiente era radicalmente distinto. Yo no estaba rompiendo cristales; estaba rompiendo mi propia vida por segunda vez.
Eithan dormía en su pequeña cama, ajeno al caos, abrazado a su camión de bomberos. Yo me movía por la habitación como una sombra, metiendo lo esencial en una maleta vieja. Ropa, los pocos ahorros que tenía escondidos bajo el colchón y los documentos falsos que me habían costado una fortuna conseguir hace un año por si este día llegaba.
Me dolía el pecho. Me dolía cada centímetro del cuerpo. Verlo de nuevo había sido como abrir una herida que nunca terminó de cerrar, una que todavía supuraba el veneno del deseo y la traición. Sus palabras de "tenemos que hablar" me daban náuseas. ¿Qué quería explicar? ¿Cómo se explica el desprecio a un hijo?
—No te lo vas a llevar —susurré, cerrando la maleta con un tirón violento—. No vas a convertir a mi hijo en un monstruo como vos.
Me acerqué a la ventana y miré hacia la calle. Nueva York, que siempre me había parecido un refugio, ahora se sentía como una trampa para ratas. Sabía que sus hombres ya estarían rastreando las cámaras del restaurante. Sabía que mi tiempo se agotaba. Tenía que irme esa misma noche, antes de que el sol saliera y Damián Smirnov pusiera precio a mi cabeza... o a mi vientre.
Cargué a Eithan, que soltó un pequeño quejido pero no se despertó. Era un niño tan bueno, tan tranquilo, que me partía el alma tener que arrancarlo de su rutina de nuevo. Bajé las escaleras del edificio con el corazón martilleando contra mis costillas, mirando en cada rincón oscuro, esperando ver el brillo de un arma o la figura imponente de Igor.
Llegué a la puerta de calle. El aire frío de la noche me golpeó la cara, recordándome aquella madrugada en Italia cuando escapé por la escalera de incendios. La historia se repetía, pero esta vez no estaba sola.
Crucé el umbral de la puerta dispuesta a correr hacia la parada de taxis más cercana, pero me detuve en seco.
Un auto de lujo, oscuro y elegante, estaba estacionado justo frente a mi edificio. No era el deportivo de Damián, era algo más sobrio, más señorial. La puerta trasera se abrió lentamente y una mujer bajó con una gracia que cortaba la respiración.
No era una chica plástica como Irina. Era una mujer de unos cincuenta años, con el cabello negro recogido en un moño impecable, vestida con un abrigo de lana gris que gritaba dinero antiguo y poder real. Sus ojos... eran los ojos de Damián, pero tenían una tristeza profunda, una sabiduría que solo se adquiere sobreviviendo al infierno.
Me quedé paralizada, apretando a Eithan contra mí, lista para gritar o correr. Pero la mujer no se movió. Se quedó ahí, mirándome con una mezcla de asombro y una extraña ternura. Su mirada bajó hacia el niño y vi cómo sus labios temblaban ligeramente.
—Es igual a él cuando era pequeño —dijo la mujer, su voz era suave pero tenía el peso de la autoridad.
—¿Quién es usted? —pregunté, retrocediendo un paso, sintiendo el pánico subir por mi garganta—. Si viene de parte de Damián, dígale que no voy a volver. No me importa lo que haga.
La mujer soltó un suspiro largo y se acercó un paso, extendiendo una mano enguantada pero sin llegar a tocarme, respetando mi espacio como si supiera exactamente por lo que estaba pasando.
—Damián no sabe que estoy aquí, Alessandra. De hecho, si supiera que me adelanté a sus hombres, probablemente perdería los papeles del todo —la mujer me dedicó una sonrisa triste, una que no tenía malicia—. He buscado a este niño desde que me enteré de aquel mensaje que mi hijo te envió hace tres años. He pasado noches enteras rezando para que no le hubieras hecho caso a su estupidez.
Me quedé muda. El aire parecía habérseme acabado.
—Me llamo Elena Smirnov —dijo ella, inclinando la cabeza con una elegancia que me hizo sentir pequeña—. Soy la mamá de Damián. Mucho gusto, Alessandra. Supongo que ya es hora de que la abuela conozca a su heredero.
El mundo se detuvo. Mi maleta resbaló de mi mano, golpeando el cemento con un ruido sordo. La madre del diablo estaba frente a mi puerta, y por la forma en que miraba a Eithan, supe que mi huida acababa de volverse imposible.