Ella renace en otra época. Decidida a ser feliz y a no perder la sonrisa.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Mansion Harlen 2
El beso no fue suficiente.
Había sido demasiado tiempo.
Demasiadas palabras guardadas, demasiada distancia contenida, demasiadas emociones acumuladas entre ambos.
Cuando sus labios volvieron a encontrarse, ya no fue solo un gesto suave.
Fue más profundo.
Más necesitado.
Las manos del conde recorrieron con cuidado su espalda, como si aún midiera cada movimiento… pero la forma en que Emily respondía dejaba claro que ya no había esa misma barrera.
Sus dedos se aferraron a su chaqueta, acercándolo más.
Los besos se volvieron más frecuentes, más intensos, mezclados con pequeñas pausas donde simplemente se miraban… como si confirmaran que el otro seguía ahí.
Que no se habían perdido.
Poco a poco, entre esa cercanía, retrocedieron sin darse cuenta.
Hasta que la cama estuvo detrás.
Y cayeron sobre ella con suavidad.
El vestido de Emily, aún manchado, dejó rastros de pintura morada sobre las mantas.
Pero ninguno de los dos pareció notarlo.
O no les importó.
En ese momento… nada de eso importaba.
Solo ellos.
Las caricias continuaron, pero sin prisa.
Sin urgencia desmedida.
Como si, más que avanzar… quisieran recuperar.
Reconstruir.
Sentirse otra vez.
Y aunque la cercanía era evidente, aunque el deseo estaba presente…
No cruzaron ningún límite.
No lo necesitaron.
Porque lo que realmente buscaban… ya estaba ahí.
La conexión.
La calma.
La certeza.
Poco a poco, los movimientos se hicieron más lentos.
Los besos más suaves.
Hasta que terminaron simplemente ahí, cerca, respirando el mismo aire.
Emily apoyó la frente contra la de él.
Y el conde cerró los ojos un instante.
Por primera vez en semanas…
No había tensión.
No había miedo.
Solo una sensación clara.
Tranquila.
Real.
No podían negarlo.
No después de todo.
Juntos… se hacían bien.
Y eso… era lo que más importaba.
Aun con la cercanía recuperada, con el calor compartido y la calma que finalmente habían encontrado en ese momento, Emily no dejó que eso borrara lo ocurrido.
Apoyó una mano sobre el pecho del conde, marcando una leve distancia mientras lo miraba a los ojos.
—Aún no está perdonado —dijo con suavidad, pero con firmeza.
Frank no se apartó.
Al contrario, sonrió apenas, como si aceptara ese desafío.
—Entonces… te perseguiré por siempre.
No lo dijo como una broma ligera.
Lo dijo como una promesa.
Emily lo observó un segundo… y luego sonrió.
Esa sonrisa suya, viva, luminosa, que parecía regresar poco a poco.
Se levantó de la cama con naturalidad, acomodando su vestido sin preocuparse demasiado por la mancha.
—Debo volver a la mansión Nolan —dijo.
El conde se incorporó también.
—En el futuro… no te dejaré irte.
Había un matiz posesivo en sus palabras, pero no pesado… sino más bien decidido, casi vulnerable.
Emily giró apenas hacia él, ya caminando hacia la puerta.
—Ya lo veremos.
Y salió.
Con esa sonrisa que no prometía nada… pero tampoco negaba.
Frank la siguió.
La encontró nuevamente con Fred, se despidieron con calma, y poco después partieron en el carruaje hacia la mansión Nolan.
El viaje fue tranquilo.
Más liviano que antes.
No hicieron falta muchas palabras.
La presencia del otro… era suficiente.
Al llegar, el carruaje se detuvo frente a la entrada.
El conde descendió primero y extendió la mano para ayudarla a bajar.
Emily la tomó.
Y por un instante, sus miradas se encontraron.
No dijeron nada.
Pero había algo claro entre ambos.
Aún no estaban donde habían estado.
Pero tampoco estaban lejos.
El conde soltó su mano con cuidado.
No avanzó más.
No cruzó el umbral.
Sabía.
Sabía que el duque Nolan lo detestaba.
Y, en el fondo…
Lo entendía.
Por eso, se quedó allí.
Observando cómo Emily entraba en la mansión.
Con esa urgencia creciendo dentro de él.
No solo por deseo.
Sino por algo más importante.
Necesitaba resolverlo todo.
Su pasado.
Su situación legal.
Todo.
Porque esta vez…
No quería acercarse a Emily a medias.
Quería hacerlo bien.
Y no pensaba perderla por segunda vez.
Los días comenzaron a tomar un nuevo ritmo.
No eran como antes… pero cada vez se acercaban más.
El conde volvió a estar presente.
No con la misma imprudencia de antes, sino con una constancia distinta, más consciente. Sus visitas al taller se hicieron frecuentes otra vez, sus conversaciones con Emily se alargaban un poco más, y aunque la cercanía física aún tenía límites… la conexión entre ellos crecía con claridad.
Poco a poco, Emily volvía a reír como antes.
A mirarlo sin reservas.
A responderle con esa calidez que tanto lo había atrapado desde el inicio.
Y el conde… no dejaba de notarlo.
Ni de agradecerlo en silencio.
Pero no todo era sencillo.
El duque Nolan, al enterarse de que el conde había regresado a la vida de su sobrina, no tardó en actuar.
Volvió a insistir.
Nuevos nombres.
Nuevas propuestas.
Nuevos encuentros sugeridos.
No lo hacía con malicia.
Lo hacía como protector.
Como alguien que no estaba dispuesto a verla sufrir otra vez.
Emily, sin embargo, ya no quería ocultar nada.
No después de lo que había pasado.
Así que, una tarde, mientras caminaban juntos, decidió decírselo.
—Mi tío ha vuelto a insistir con los pretendientes.
No lo dijo con dramatismo.
Lo dijo como un hecho.
El conde guardó silencio un segundo.
Asimilándolo.
Y luego asintió.
—Lo imaginé.
No hubo enojo inmediato.
Pero sí una determinación que se hizo evidente en su mirada.
—No tienes que aceptarlos.
Emily lo miró.
—No quiero hacerlo.
Hubo una pequeña pausa.
Y entonces él habló, más firme.
—Pronto… seré el único en tu vida.
No fue arrogante.
Fue decidido.
Como una promesa que estaba dispuesto a cumplir.
Emily sostuvo su mirada.
Y luego… sonrió.
Se acercó un poco más.
Lo justo.
Y dejó un pequeño beso en la comisura de sus labios.
Breve.
Ligero.
Pero cargado de significado.
—Ya veremos, conde.
Y se alejó.
Con esa sonrisa suya… que siempre dejaba algo en el aire.
Para él, cada despedida se hacía más difícil.
Porque ahora sabía lo que significaba tenerla cerca.
Y lo que dolía… pensar en perderla.
Pero también sabía algo más.
Esta vez…
No iba a fallar.
hermosa novela
ame a Fred