Del dolor al amor
NovelToon tiene autorización de Eliette Maldondo Velazquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
9
La mañana se presentó con un cielo gris plomizo, una sábana de nubes que amenazaba con una lluvia que nunca terminó de caer. En otros tiempos, ese clima habría alimentado mi melancolía, pero mi pequeña Gitta tenía otros planes. Ella fue mi despertador, como cada día, aunque esta mañana decidió que la realidad era demasiado aburrida. Con un salto entusiasta sobre mi cama, me anunció que ya no era una zarina, sino un hada del bosque. Llevaba un tutú tan esponjoso y cargado de tul que apenas podía moverse sin chocar con los muebles, y unas alas de purpurina que dejaban un rastro brillante por toda la habitación.
—¡Papá, los gnomos dicen que el café está listo! —anunció con esa seriedad absoluta que solo los niños poseen.
Bajamos al comedor, ella rebotando con su disfraz y yo arrastrando mis sombras. Mi padre ya estaba allí, sentado a la cabecera, impecable, observando el periódico como si buscara en las noticias una respuesta que el mundo aún no le daba. Pero la paz duró poco. Otto entró en el salón mucho más animado de lo común, con esa energía suya que siempre parece ocupar demasiado espacio en una casa tan silenciosa. Bajo el brazo traía una carpeta de cuero que parecía a punto de reventar.
—¡Buenos días, familia! ¡Provecho, hermano mío! —exclamó Otto, sentándose sin invitación y dándome una palmada en el hombro—. Hoy te ves mucho menos pálido, Bruno. Casi pareces un ser vivo.
Gitta soltó una pequeña risa cristalina detrás de su vaso de leche, mi padre solo lo observó por encima de sus anteojos con una mezcla de fastidio y tolerancia, y yo, por inercia, fruncí el ceño.
—Aquí traigo tu solución —dijo Otto con una sonrisa de oreja a oreja, extendiendo la carpeta sobre la mesa—. Doscientos currículums. Lo mejor de lo mejor para la pequeña hada.
Lo que no sabíamos en ese momento es que la "solución" de Otto se convertiría en el caos más absoluto que la mansión Von Hardenberg hubiera presenciado jamás.
Empezamos las entrevistas en el salón principal. Yo buscaba a alguien profesional, pero lo que desfiló ante nosotros fue una colección de personajes dignos de una comedia de enredos. Primero llegaron las mujeres rígidas, con moños tan apretados que sus cejas parecían permanentemente elevadas, que miraban el tutú de Gitta con una desaprobación clínica. Luego vinieron las que querían que mi hija fuera un "adulto chiquito", hablando de clases de mandarín y etiqueta social para una niña que apenas estaba aprendiendo a no ensuciarse con las papillas.
—La disciplina es fundamental, señor Von Hardenberg —gritó casi una mujer de voz estridente, golpeando su portafolios—. ¡Un niño sin límites es un ciudadano sin futuro!
Gitta, desde un rincón, la miró con los ojos muy abiertos y se escondió detrás de sus alas de purpurina. Otto me lanzó una mirada de "esta no", mientras intentaba no reírse. Pero lo peor no fue la rigidez, sino las candidatas que parecían haber olvidado que el puesto era para cuidar a una niña y no para cazar a un viudo. Aquellas que coqueteaban abiertamente, ajustándose el escote o lanzándome miradas lánguidas mientras ignoraban por completo a Gitta, me hacían sentir una náusea profunda. Para ellas, mi hija era solo el boleto de entrada a la fortuna familiar.
El día se volvió muuuy largo. A medida que pasaban las horas, la carpeta de Otto se iba vaciando y mi esperanza también. Gitta, cansada de ser evaluada por extrañas, terminó sentada en el suelo, despojándose de una de sus alas porque ya no podía más con el peso del tul.
—Esto es un desastre, Otto —susurré cuando la candidata número ciento cincuenta salió de la habitación tras sugerir que Gitta necesitaba "clases de meditación trascendental" para controlar su exceso de imaginación.
—Calma, fiera —respondió Otto, aunque él también se veía agotado—. Solo necesitamos a una. Una que no vea un cheque, ni un esposo, ni un sargento de hierro. Alguien que vea a esa hada que tienes ahí tirada en la alfombra.
Miré a mi hija. Ella jugueteaba con un hilo de su tutú, ajena a las empresas y a los infartos, simplemente esperando que su padre terminara de jugar a ser jefe para volver a ser su cómplice. Me di cuenta de que mi estándar era imposible porque, en el fondo, yo buscaba a alguien que no existe: buscaba a la madre que Gitta no tuvo.
Cerré la carpeta con un golpe seco. El sol empezaba a ponerse y el cielo gris finalmente dejaba caer las primeras gotas de lluvia. Estábamos agotados, rodeados de currículums descartados y expectativas rotas. Pero justo cuando iba a decir que nos rindiéramos por hoy, Otto señaló la última hoja de la carpeta.
—Falta una, Bruno. La última del día. Dice que no tiene mucha experiencia con "aristócratas", pero que sabe cómo lidiar con hadas rebeldes. ¿Le damos cinco minutos?
Miré a Gitta, quien me devolvió una mirada de súplica. Suspiré y asentí. Al final del día, después de tanto caos, quizás lo que necesitábamos no era una experta, sino una solución que no viniera en un papel.