Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.
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capitulo 7
La calma en la mansión Valdivia siempre era el preludio de una tormenta. Tras el episodio del desmayo, un aire de tregua armada se había instalado entre Francisco y Andrea. Sin embargo, el pasado de ella, ese que guardaba bajo llave con más celo que sus propios informes médicos, decidió llamar a la puerta con la violencia de un impacto seco.
Andrea se encontraba en la cocina preparándose una infusión de hierbas para calmar las náuseas persistentes cuando su teléfono vibró sobre la encimera. Al ver el nombre en la pantalla, el color abandonó su rostro de forma tan drástica que sus labios adquirieron un matiz azulado.
Julián Sotomayor.
No era solo el rival de Francisco; era el hombre que, años atrás, había intentado comprar la voluntad de Andrea y, al ser rechazado, se había encargado de destruir su reputación en los círculos financieros. Andrea contestó, alejándose hacia el rincón más oscuro de la despensa, con la voz reducida a un susurro sibilante.
—Te dije que no volvieras a llamarme —dijo ella, apretando el teléfono contra su oreja como si fuera un arma cargada.
El veneno de la sospecha
Francisco, que había bajado a la cocina buscando un vaso de agua —un acto de independencia que Andrea misma le había inculcado—, se detuvo antes de cruzar el umbral. Sus oídos, ahora instrumentos de precisión quirúrgica, captaron el cambio en el tono de ella. Ya no era la Andrea paciente, ni la Andrea vulnerable; era una mujer que negociaba desde el miedo y la rabia.
—No me importa lo que tengas —continuó Andrea por el teléfono, sin notar la presencia de Francisco en las sombras del pasillo—. Lo nuestro terminó hace mucho. Francisco no tiene nada que ver con esto... No, no te atrevas a tocar ese tema. Te daré lo que quieras, pero mantente alejado de esta casa.
Francisco sintió cómo la sangre se le subía a la cabeza. Las palabras "lo nuestro", "te daré lo que quieras" y "esta casa" se entrelazaron en su mente, formando una soga de traición. Sus celos, una emoción que creía haber enterrado junto con su visión, despertaron con una ferocidad animal.
¿Andrea y Sotomayor? ¿La mujer que le recogía los cristales y le sostenía el alma era en realidad una infiltrada de su mayor enemigo? La idea le produjo una náusea física.
Andrea colgó el teléfono y soltó un sollozo ahogado, apoyando la espalda contra los estantes. Al girarse para salir de la despensa, se encontró de frente con Francisco. Él no llevaba su bastón; se apoyaba en el marco de la puerta, con una expresión de una frialdad tan absoluta que parecía esculpida en hielo.
—¿A quién vas a darle "lo que quiera", Andrea? —preguntó Francisco. Su voz era un trueno bajo, contenido.
Andrea dio un salto, llevándose la mano al pecho donde su corazón protestaba con latidos desiguales.
—Francisco... me has asustado. No te oí llegar.
—Es obvio que estabas demasiado ocupada planeando mi ruina —él dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con una agresividad que la obligó a retroceder—. ¿Es Sotomayor, verdad? ¿Es él quien te envía las flores que no veo, o el que te hace esas llamadas a medianoche?
—No es lo que piensas, Francisco. Por favor, déjame explicarte...
—¿Explicar qué? —la interrumpió él, agarrándola de los hombros. No fue un gesto violento, pero sí firme, cargado de una desesperación que ella pudo sentir vibrar en sus manos—. Escuché perfectamente. "Te daré lo que quieras". ¿Qué le estás dando? ¿Información de mis cuentas? ¿Mis debilidades? ¿O es que tú eres el pago por su silencio?
Los ojos de Francisco, aunque nublados, buscaban los de ella con un hambre de verdad que quemaba. Andrea sintió que el mundo se desmoronaba. No podía decirle la verdad sobre Sotomayor sin revelar por qué el hombre la perseguía, lo que implicaría confesar su vínculo pasado con la familia Valdivia y su propia enfermedad.
—No te estoy traicionando —dijo ella, con lágrimas de impotencia desbordándose—. Todo lo que hago es por ti. Sotomayor es un hombre peligroso y solo intento proteger...
—¡Deja de usar la palabra "proteger"! —rugió él, soltándola como si su piel le quemara—. Me tratas como a un inválido mientras me robas por la espalda. Creí que eras diferente. Creí que esa noche en mi habitación significó algo para ti, pero solo estabas asegurando tu inversión, ¿verdad?
Andrea sintió un pinchazo agudo en el esternón. El dolor físico era tan intenso que tuvo que doblarse un poco, pero Francisco, ciego a su sufrimiento físico pero herido en su orgullo, interpretó su gesto como una muestra de culpa.
—Vete de aquí —dijo él, señalando vagamente hacia la salida—. No quiero que vuelvas a tocarme. No quiero que seas mis ojos, porque tus ojos solo ven la fortuna que esperas heredar cuando yo caiga.
—Francisco, escúchame... —ella intentó alcanzar su mano, pero él la apartó de un manotazo.
—¡Dije que te fueras! —sus ojos, aunque sin foco, estaban inyectados en sangre por la rabia—. Eres igual que todas. Una cazafortunas con un guion mejor ensayado. Dile a Sotomayor que si quiere algo de mí, tendrá que venir él mismo. Y dile que se quede contigo, porque ya no sirves para mis propósitos.
Andrea se quedó inmóvil, escuchando cómo Francisco se alejaba tropezando con los muebles del salón, rechazando cualquier ayuda. El sonido de su bastón golpeando el mármol con furia resonaba como una sentencia.
Andrea se desplomó en una silla de la cocina. Su mano temblorosa buscó en el bolsillo de su delantal el frasco de pastillas. Se tomó una sin agua, tragando con dificultad. El sabor amargo del medicamento era nada comparado con la hiel que sentía en la boca.
Sotomayor la tenía acorralada. Él sabía que ella estaba muriendo y que su último deseo era ver a Francisco recuperar su imperio. Sotomayor quería los códigos de acceso a las fundaciones de la familia a cambio de no revelar a Francisco que Andrea era, en realidad, la hija de la mujer que el padre de Francisco había destruido años atrás.
Era un laberinto de mentiras donde cada salida conducía al abismo.
Francisco, encerrado en su estudio, lanzó un vaso de cristal contra la chimenea. El estallido le recordó al jarrón que ella había recogido de rodillas. Se sintió un estúpido. Se sintió vulnerable por haber dejado que el aroma de su piel y la suavidad de su voz lo convencieran de que el mundo no era un lugar tan podrido.
—Te odio —susurró a la oscuridad del estudio—. Te odio por hacerme creer que podía ver a través de ti.
Pero mientras lo decía, el recuerdo del latido errático de Andrea en su muñeca volvió a atormentarlo. Un amante no tiene un corazón que suena como una bomba de tiempo. Un traidor no tiene manos que tiemblan de esa manera al rozar las tuyas.
La desconfianza y el deseo libraban una guerra en el pecho de Francisco, mientras en la habitación de servicio, Andrea preparaba una pequeña maleta, con la respiración cada vez más corta y la certeza de que el tiempo se le acababa mucho antes de que el perdón pudiera llegar.
Francisco sentado solo en su escritorio, tocando la superficie de madera donde Andrea solía apoyar sus informes, sintiendo por primera vez que la oscuridad total no estaba en sus ojos, sino en la ausencia de la única persona que le había enseñado a navegar por ella.
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