⚠️✅️Sam y Norman comienzan a saciar su sed de aventura, lejos de su amada familia. El camino comienza a dificultarse, pero cuatro almas sellan sus destinos.✅️⚠️
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El príncipe había regresado
El cielo sobre las llanuras no era azul, sino de un gris plomizo, cargado con el humo de las aldeas incendiadas y el olor metálico de la sangre. Malric Vexillarius, el príncipe guerrero cuya sola presencia hacía que los corazones de sus hombres se llenaran de valor, cabalgaba al frente de la vanguardia. Su armadura negra y plateada estaba abollada, cubierta de polvo y salpicaduras de sus enemigos. A su lado, moviéndose como una ráfaga de viento oscuro, estaba Alaric.
Para el mundo, eran el comandante y su sombra. Para ellos, eran dos mitades de una misma alma.
La batalla final contra el Reino de Ironspire había durado tres días. Los enemigos, desesperados por acabar con la unión entre los humanos y los inmortales, habían enviado a sus Berserkers, hombres que habían vendido su cordura a cambio de una fuerza sobrenatural.
-¡Malric, no te alejes demasiado!- Gritó Alaric, esquivando una lanza con una gracia inhumana.
Malric giró la cabeza y le dedicó una sonrisa rápida, esa sonrisa que era el único sol que Alaric necesitaba.
-¡No temas, mi amor! ¡Hoy terminamos con esto y regresamos a casa!-
Pero el destino es cruel. En medio del caos, una lluvia de flechas bendecidas por los sacerdotes de Ironspire,flechas diseñadas específicamente para atravesar la piel de los inmortales y la armadura de los reyes, oscureció el cielo.
Malric vio el peligro antes que nadie. Vio cómo una de esas flechas, con una luz blanca asesina, se dirigía directamente al pecho de Alaric, quien estaba distraído derribando a tres soldados a la vez.
Sin pensarlo, Malric espoleó a su caballo y se interpuso. El sonido del impacto fue algo que Alaric escucharía en sus pesadillas durante los siguientes trescientos años: un crujido sordo, el metal siendo desgarrado y el grito ahogado de su amante.
-¡NO!- El rugido de Alaric fue tan potente que los soldados cercanos cayeron de rodillas, con los oídos sangrando.
Alaric atrapó a Malric antes de que golpeara el suelo. Se arrodilló en el barro, ignorando los gritos y las espadas que chocaban a su alrededor. El mundo se detuvo. Ya no había guerra, ni reinos, ni coronas. Solo estaban ellos dos.
Malric jadeaba, con la sangre roja y brillante brotando de su pecho, manchando las manos pálidas de Alaric. El veneno sagrado de la flecha estaba quemando sus venas.
-Mírame, Malric... mírame...- Rogó Alaric, con las lágrimas corriendo por sus mejillas. El gran Rey Vampiro, el ser al que todos temían, estaba rompiéndose en mil pedazos -No puedes dejarme. Tú eres mi fuerza. Yo soy tuyo, ¿recuerdas? Soy lo que tú quieras, pero quédate conmigo.-
Malric levantó una mano temblorosa y acarició la mejilla de Alaric. Sus ojos, antes llenos de fuego guerrero, empezaron a nublarse.
-Mi dulce Alaric...- Susurró Malric, con una ternura que dolía más que cualquier herida -Perdóname... por no poder cumplir... mi promesa de volver...-
-¡Te salvaré! ¡Bebe de mi sangre!- Alaric se mordió la muñeca desesperadamente, tratando de que Malric bebiera el elixir de la inmortalidad.
Pero Malric negó con la cabeza, una lágrima escapando de sus ojos.
-Mi cuerpo... ya no puede sostenerse... El cielo me reclama... pero mi corazón... siempre se quedará... donde tú estés...-
Malric exhaló su último aliento con el nombre de Alaric en los labios. Sus ojos se fijaron en la nada y su mano cayó pesadamente sobre el barro.
En ese momento, algo dentro de Alaric murió junto a Malric. La parte de él que todavía era capaz de tener piedad, de sentir calor, de creer en la paz, se apagó.
Se quedó en silencio por lo que pareció una eternidad, sosteniendo el cuerpo frío de su príncipe. Los soldados de Ironspire, creyendo que el monstruo estaba derrotado por el dolor, se acercaron con sus espadas en alto, riendo con una arrogancia que pronto se convertiría en terror puro.
-Mírenlo... el gran Rey de las Sombras llorando sobre un cadáver.- dijo el general enemigo, escupiendo al suelo -Acaben con él.-
Alaric levantó la cabeza lentamente. Sus ojos ya no eran castaños, ni siquiera el rojo que Sam recordaría después. Eran oscuridad absoluta, vacíos de cualquier rastro de humanidad.
-Se han llevado lo único que hacía que este mundo valiera la pena.- Dijo Alaric, y su voz no era de este mundo. Era como si mil muertos hablaran a la vez.
Lo que siguió después no fue una batalla. Fue una ejecución masiva.
Alaric se puso en pie, soltando el cuerpo de Malric con cuidado sobre su capa. Se lanzó contra las filas enemigas no con la elegancia de un duelista, sino con la furia de un desastre natural. Su cuerpo se movía tan rápido que para el ojo humano solo era un borrón negro que dejaba tras de sí una estela de miembros cercenados y gritos que se cortaban abruptamente.
No usó su espada. Usó sus manos desnudas. Desgarró armaduras como si fueran papel. Arrancó corazones todavía latientes y los aplastó contra el suelo. Los Berserkers, que se creían invencibles, intentaron huir, pero no había rincón en la llanura donde la sombra de Alaric no pudiera alcanzarlos.
La sangre empezó a correr como un río, inundando las zanjas de la llanura. El suelo se volvió un lodo rojo que llegaba hasta los tobillos. Alaric no se detenía. Si un soldado pedía clemencia, él le arrancaba la garganta. Si un grupo intentaba rendirse, él los quemaba con el fuego de su propia rabia interna.
Ese día, diez mil hombres entraron en esa llanura. Al atardecer, no quedaba ni uno solo con vida, excepto Alaric.
El Rey Vampiro estaba cubierto de sangre de pies a cabeza. Parecía una estatua tallada en carmesí. Se quedó de pie en medio del campo de batalla, rodeado de una montaña de cadáveres, mirando hacia el horizonte donde el sol se ponía por última vez sobre el reino que Malric tanto había amado.
Regresó al cuerpo de su amado. Lo levantó con una suavidad desgarradora y caminó de regreso a su castillo, dejando tras de sí un rastro de muerte que nunca más volvería a crecer hierba en ese lugar.
Esa noche, en el santuario más profundo de su tumba, Alaric hizo el pacto prohibido. Usó la sangre de todos los enemigos que había matado para alimentar un hechizo antiguo, un llamado a través del tiempo.
-Busca su alma.- usurró Alaric a la oscuridad -No importa cuántos siglos pasen. No importa si tengo que esperar a que el mundo se consuma. Traélo de vuelta a mí. Y cuando regrese, me arrodillaré ante él de nuevo, seré su sombra y su refugio, y nunca más permitiré que el sol se ponga para nosotros.-
Pasaron trescientos años. Alaric durmió y despertó mil veces, siempre con el sabor de las cenizas en la boca. Hasta que un día, el viento trajo un aroma familiar. Un aroma a trigo, a sol y a esa valentía impulsiva que solo un hombre llamado Malric,ahora Sam, podía tener.
La espera había terminado. El príncipe había regresado.
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