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BODA SIN FLORES

BODA SIN FLORES

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado / Amor tras matrimonio / Romance
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Dalianna Elizondo

Ayla Eisen y Ragnar crecieron bajo la sombra de una tragedia idéntica: la enfermedad que les arrebató a sus madres, dejando a sus padres, empresarios y amigos de toda la vida, sumidos en el dolor, pero ahora, ellos han decidido sellar su destino con un contrato inquebrantable; obligándolos a contraer nupcias, donde se ven atrapados en un matrimonio sin amor, pero unidos por una promesa desesperada hecha sobre las lápidas de sus esposas; que consiste en usar su unión para financiar la batalla contra el mal que destruyó a sus familias, en una casa llena de silencios y recuerdos, en la cual deberán decidir si su alianza es solo un negocio doloroso o si, entre las cenizas de su pérdida, puede nacer la fuerza para sanar... y quizás, aprender a amar
"Nuestras madres nos heredaron su ausencia con su partida pronta, pero nuestros padres nos vendieron al mismo dolor; ahora estamos encadenados por un contrato que se firmó con sangre y se selló sobre sus tumbas."

NovelToon tiene autorización de Dalianna Elizondo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Al salir envuelta en una toalla, observe el vestido sobre la cama, los zapatos junto a él; respire profundo para iniciar con este circo. Me maquillé con cuidado, marqué mis ojos con un delineado profundo, ocultando cualquier rastro de la noche en vela. Mis labios los pinté de un rojo oscuro, casi granate, un color que gritaba autoridad.

A las diez de la mañana, un Mercedes negro con cristales blindados se estacionó frente a mi edificio; como era de esperarse no era mi padre; sino el chófer de los Graf. El mensaje estaba claro: a partir de ahora, mi transporte, mi tiempo y mi imagen pertenecían a la corporación.

Bajé las escaleras con la cabeza alta, al abrir la puerta, me encontré con Ragnar sentado en el asiento trasero. Vestía un traje oscuro hecho a medida, con una camisa blanca tan perfecta que parecía irreal, no llevaba corbata, dándole un aire de rebeldía controlada que, por desgracia, le sentaba de maravilla.

Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis labios rojos antes de sonreír de esa forma lateral que yo tanto odiaba.

—Azul oscuro —Comentó, dándome espacio para sentarme. — Una elección inteligente. Pareces una reina dispuesta a firmar un tratado de paz o a ordenar una ejecución. Todavía no estoy seguro de cuál de las dos.

—Dependerá de qué tan bien te comportes hoy, Ragnar. —Respondí, sin mirarlo, mientras el coche se ponía en marcha. — He leído todo el contrato.

—¿Y? —Preguntó, arqueando una ceja.

—Y acepto. Pero no te equivoques, no lo hago por ti, ni por mi padre. Lo hago por mis pacientes y por mi carrera. Así que no esperes que sea la mujer florero que tu padre quiere.

Ragnar soltó una carcajada suave que vibró en el espacio cerrado del auto.

—Nunca esperé eso, Lía. De hecho, lo que más me interesa de este trato es ver cómo vas a incendiar la oficina de mi papá una vez que tengas el poder suficiente.

El coche giró hacia la avenida principal, dirigiéndose al edificio central de la corporación donde la prensa ya nos esperaba. Sentí que mi pulso se aceleraba, pero mantuve las manos entrelazadas sobre mi regazo, firmes como rocas.

—Una última cosa —Dije, volviéndome hacia él. — Dijiste que lo que ocurra a puertas cerradas no debe incomodarme. Que tus mujeres y tu vida libertina son asunto tuyo.

—Así es. —Confirmó él, con los ojos fijos en los míos.

—Bien. Pero ten esto claro: si alguna de tus "conquistas" pone un pie en mi hospital o si tu vida privada afecta mi prestigio profesional, aunque sea un milímetro, destruiré este contrato y me llevaré la mitad de tus laboratorios en el proceso. No soy una carcelera, Ragnar, soy una oncóloga que sabe cómo extirpar lo que sobra cuando empieza a volverse tóxico.

Él me sostuvo la mirada por un largo momento. Por primera vez, no vi descaro en sus ojos, sino algo que se parecía peligrosamente al respeto.

—Trato hecho, Doctora Eisen —Susurró, justo cuando el coche se detenía frente a una alfombra roja rodeada de flashes. — Ahora, salgamos ahí fuera y démosle al mundo la mentira que tanto desean comprar.

Él bajó primero con una galantería impecable que me hizo hervir la sangre, extendió la mano para ayudarme a bajar. Al tocar sus dedos, sentí esa descarga eléctrica de nuevo, que me recordaba el aviso de incendio que mi cerebro no debe ignorar jamás.

Salí del auto, enderecé la espalda y enfrenté la marea de cámaras con mi mejor sonrisa gélida. La guerra había comenzado.

Los flashes eran ráfagas de artillería que golpeaban mis pupilas sin descanso. El estruendo de los reporteros gritando nuestros nombres se mezclaba con el clic rítmico de los obturadores, creando una cacofonía que habría hecho flaquear a cualquiera. Pero yo no era cualquiera; era una Eisen, que acababa de decidir que, si iba a vivir en una jaula de oro, yo misma afilaría los barrotes.

Ragnar mantenía su mano firmemente apoyada en la base de mi espalda, para el ojo inexperto, era un gesto posesivo y protector; para mí, era un recordatorio constante de que estábamos atados por una cadena invisible de diez años de duración. Su cercanía me asfixiaba, su perfume amaderado se filtraba en mis sentidos desafiando la frialdad que yo intentaba proyectar.

—Sonríe, Lía. —Susurró él cerca de mi oído, apenas moviendo los labios mientras saludaba a una cámara de televisión. — El mundo tiene que creer que estamos locos de amor o al menos de ambición compartida. —Lo segundo les resulta más creíble viniendo de nosotros.

—La ambición es lo único real en esta alfombra, Ragnar —Respondí entre dientes, forzando una sonrisa que no llegaba a mis ojos. — No me pidas que actúe como una colegiala enamorada.

Subimos las escaleras de mármol del edificio corporativo. En la cima, como dos monarcas vigilando su reino, nos esperaban Leonardo Eisen y Bruno Graf. Sus rostros eran máscaras de satisfacción absoluta; habían logrado lo imposible: domar a sus herederos rebeldes y asegurar sus fortunas bajo el sagrado vínculo del interés comercial.

Mi padre se acercó y me dio un beso en la mejilla. Su piel se sentía fría, desprovista de cualquier calidez paternal. —Estás radiante, hija. Sabía que entenderías la importancia de este día. —Dijo en un tono que solo yo podía descifrar como una victoria personal sobre mi voluntad.

—Entendí el mensaje de la carpeta azul, papá. —Le devolví el golpe en un susurro gélido. — Espero que el precio valga la pena, porque a partir de hoy, mis facturas por este "teatro" van a ser muy altas.

Él ni siquiera parpadeó. Se limitó a darme una palmadita en el hombro y a volverse hacia la prensa, extendiendo los brazos. Bruno Graf hizo lo mismo con Ragnar, intercambiando una mirada de complicidad que me revolvió el estómago. Eran dos depredadores celebrando que sus presas finalmente habían dejado de correr.

Nos escoltaron hasta el auditorio principal, donde una mesa de conferencias nos esperaba bajo luces de estudio abrasadoras. El contrato original, el que sellaría la fusión y nuestra condena, descansaba en el centro.

—Damas y caballeros. —Comenzó Bruno Graf con su voz profunda de barítono. — Hoy no solo anunciamos la creación de Graf-Eisen Global Biotics.  Sino también celebramos la unión de dos legados que, a través de nuestros hijos, Ragnar y Ayla, llevarán la medicina y la tecnología a una nueva era.

El aplauso fue ensordecedor. Ragnar se sentó a mi lado, relajado, como si estuviera en la barra de un bar y no a punto de vender su libertad. Tomó la pluma estilográfica de plata y sin vacilar un segundo, estampó su firma. Me pasó la pluma, sus dedos rozaron los míos intencionalmente y por un instante, su mirada azul se clavó en la mía con una intensidad que me hizo dudar de su supuesta indiferencia.

—Tu turno, cariño. —Dijo con voz ronca.

Miré el papel. La cláusula de los diez años parecía brillar con luz propia. Vi el logotipo del hospital en mi mente, los rostros de mis pacientes pediátricos que dependían de los fondos que esta firma liberaría. Con un pulso que me sorprendió por su firmeza, firmé.

Ayla Eisen era ahora, legalmente, la prometida de Ragnar Graf.

—¿Cómo se siente, Doctora Eisen, ser la futura esposa del soltero más codiciado y polémico de la ciudad? —Preguntó una periodista de una revista de sociedad, lanzando el primer dardo.

Ragnar se adelantó antes de que yo pudiera responder, rodeando mis hombros con su brazo en un gesto de calculada intimidad. —Se siente como el inicio de una era. —Intervino él, dedicándole a la periodista una de sus sonrisas letales. — Ayla no es solo mi futura esposa; es la mente más brillante que he conocido. Si creen que mi vida personal era interesante antes, esperen a ver lo que vamos a construir juntos en los laboratorios.

La respuesta fue perfecta. Desvió la atención de su historial de escándalos hacia nuestra "unión intelectual", validando mi posición no como un trofeo, sino como una socia. Por un momento, estuve a punto de agradecerle la ayuda, hasta que recordé que él estaba protegiendo su propia inversión.

—¿Habrá una gran boda? —Preguntó otro reportero.

—Será el evento del año. —Respondió mi padre desde el estrado, tomando el control. — Pero por ahora, los jóvenes quieren enfocarse en la transición de la empresa. La boda se celebrará en menos de un mes.

El cronómetro había empezado a correr.

Al terminar la rueda de prensa, nos dirigieron a un salón privado para un brindis íntimo entre las familias. En cuanto las puertas se cerraron y los fotógrafos quedaron fuera, el ambiente cambió drásticamente. La calidez fingida de Bruno y Leonardo desapareció, siendo reemplazada por una eficiencia ejecutiva cortante.

—Bien. —Dijo Bruno, sirviéndose un whisky. — La bolsa ya está reaccionando. Las acciones han subido un doce por ciento en la última hora. Ragnar, mañana a primera hora te quiero en la planta.  Ayla, tu beca ha sido restaurada y se han asignado los primeros cinco millones para tu proyecto de inmunoterapia.

—Uy qué generosos —Dije con sarcasmo, aceptando una copa de champán que no pensaba beber. — Me alegra saber que mi vida vale exactamente cinco millones de dólares para empezar.

—Vale mucho más que eso, Lía.  —Dijo mi padre, acercándose. — Vale la supervivencia de todo lo que hemos construido. No nos mires así; un día nos lo agradecerás.

—Lo dudo mucho, Leonardo. —Intervino Ragnar, colocándose a mi lado. — Pero ya tienen lo que querían, ahora, si nos disculpan, mi prometida y yo tenemos mucho que discutir sobre nuestra... "unidad familiar absoluta".

1
Yanet Cristina Vilugron Salazar
mal los padres
Yanet Cristina Vilugron Salazar
omg😱
Yanet Cristina Vilugron Salazar
upsss
Yanet Cristina Vilugron Salazar
jajaja él la miro como hombre
Yanet Cristina Vilugron Salazar
hay hay emociones
Yanet Cristina Vilugron Salazar
me gusta
Yanet Cristina Vilugron Salazar
interesante
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