⚠️🔞El duque Marek Kizilbash gobierna un territorio sitiado por la peste y las bestias. Dispuesto a todo para salvar a su pueblo, compra en el mercado negro a Naim, un peligroso y orgulloso licántropo de pura sangre.
Lo que el duque ignora es que el contacto carnal despertará la magia ancestral del bosque, desatando un embarazo místico tan acelerado como violento. Atado a Marek por una marca de sangre inquebrantable, el cuerpo trigueño del indomable shou se transformará para gestar al heredero de una nueva era.
Con el consejo de nobles traidores conspirando en las sombras y la Iglesia del Sur avanzando con carros de fuego para destruir la "abominación", Marek y Naim transformarán la torre del castillo en un santuario sagrado. Una historia de dominación absoluta, erotismo salvaje, masacres en las colinas y un amor que se bautizará con la sangre de sus enemigos. Esta novela es sucia y grotesca. Están advertidos.🔞⚠️
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La torre de piedra fue testigo
El carromato blindado cruzó el puente levadizo del castillo con un traqueteo pesado. La estructura de piedra del bastión de Alva se alzaba como un gigante oscuro bajo la luz de la luna. Marek guió a su caballo directamente hacia el patio interior de la torre oeste, el ala más aislada y protegida del complejo.
—Gregor, ayúdame a bajarlo. Que los soldados se retiren —ordenó el duque al desmontar.
El capitán asintió. Abrieron las pesadas puertas del carromato. Naim yacía en el fondo, respirando con dificultad. El viaje en el cubículo cerrado, sumado al constante roce de la plata en sus muñecas, lo había dejado exhausto, pero sus ojos grises seguían brillando con una furia salvaje.
Marek entró al carromato y volvió a levantar al licántropo en sus brazos. Naim soltó un gruñido sordo, pero su cuerpo, ardiente por la fiebre mística, se pegó instintivamente al torso firme del duque en busca de apoyo. Subieron por la estrecha escalera de caracol de la torre hasta llegar a la cámara más alta. Era una habitación amplia, con una cama grande de roble, una chimenea de piedra y ventanas altas reforzadas con barrotes.
Marek recostó a Naim sobre el colchón de plumas. El licántropo se retorció al sentir la suavidad de las sábanas, un lujo humano que le resultaba completamente ajeno.
—Retírate, Gregor. Asegura la puerta por fuera, yo te avisaré cuando debes abrir—dijo Marek sin quitarle los ojos de encima al shou.
—Sí, excelencia. Si la bestia intenta algo, grite —respondió el capitán antes de cerrar la pesada puerta de roble y pasar el cerrojo de hierro.
Marek se quedó a solas con Naim. El silencio de la torre solo se rompía por el crujido de los leños que Gregor había encendido horas antes en la chimenea. El calor de las llamas empezó a calentar el ambiente, y con el aumento de la temperatura, el olor corporal de Naim se volvió más intenso. Era un aroma almizclado, espeso y puramente varonil que inundó las fosas nasales del duque, acelerando sus latidos.
Marek se quitó los guantes de cuero y desabrochó su pesada capa. Luego, se acercó a la cama y se sentó en el borde. Naim lo observaba como un lobo acorralado, con los músculos de sus muslos y abdomen tensos, listo para atacar o defenderse.
—Voy a quitarte las cadenas —dijo Marek en voz baja, mostrando una llave de bronce—. Pero si intentas morder mi cuello, usaré la daga de plata que tengo en el cinturón. ¿Entendido?
Naim no respondió. Solo mostró un destello de sus colmillos blancos y afilados.
Marek se inclinó sobre él. La cercanía física hizo que la runa de sangre en la palma de Marek comenzara a pulsar con fuerza. El duque introdujo la llave en los grilletes de las muñecas de Naim. El metal se abrió y cayó al suelo con un tintineo pesado. Hizo lo mismo con los tobillos.
Al verse libre de la plata, Naim dejó escapar un gemido profundo y ronco. El alivio fue inmediato. La magia de su cuerpo, reprimida por el metal maldito, volvió a fluir como un torrente de agua hirviendo. Su piel trigueña se encendió, y un sudor brillante comenzó a cubrir sus pectorales y su vientre plano. Sin embargo, las heridas en sus muñecas estaban vivas; la carne aparecía quemada, en carne viva, y goteaba una sangre oscura y espesa.
Marek tomó un cuenco con agua limpia y un paño de lino blanco que estaba sobre la mesa. Regresó al lado de Naim y tomó la muñeca derecha del licántropo para limpiarla.
—¡Suéltame, humano maldito! —rugió Naim, intentando zafar el brazo con brusquedad.
Marek no cedió. Usando su peso corporal, el duque se subió a la cama y se posicionó entre las piernas del licántropo, atrapando los muslos de Naim con los suyos. La posición era de una dominación absoluta. El cuerpo fuerte y aristocrático de Marek aplastaba la pelvis del shou contra el colchón.
—Quédate quieto si no quieres que la herida se pudra —siseó Marek, clavando sus ojos oscuros en los del licántropo.
Naim se tensó. El contacto de los muslos de Marek contra sus caderas desató una ola de calor erótico que ninguno de los dos pudo frenar. Al estar libre de las cadenas, el instinto salvaje de Naim reaccionó ante la masculinidad dominante del duque. El licántropo jadeó, sintiendo cómo su miembro, oculto apenas por los harapos sucios, comenzaba a despertar y a endurecerse por la pura cercanía física del hombre que lo había comprado.
Marek notó la reacción biológica del shou. Su mirada descendió por el torso de Naim hasta fijarse en la entrepierna del licántropo, donde la tela rota revelaba la firmeza de su hombría. El duque sintió que su propia entrepierna se ponía rígida y dolorosa dentro de los pantalones de montar. El deseo animal y la magia del bosque se estaban mezclando en el aire de la habitación.
Con cuidado pero con firmeza, Marek pasó el paño húmedo por la muñeca quemada de Naim. El licántropo arqueó la espalda, soltando un gemido que se debatió entre el dolor de la curación y el placer del contacto. La piel de Naim era extremadamente sensible. Cada pasada del lino hacía que sus pectorales se sacudieran y que sus pezones oscuros se endurecieran por completo.
—Tu sangre... huele diferente —susurró Naim, con la voz rota y los ojos nublados por el deseo creciente—. No hueles como los demás humanos asquerosos. Hueles a... poder. A sangre vieja.
—Es la magia de las runas —respondió Marek, sin detener la limpieza—. Mi sangre está atada a esta tierra. Igual que tú.
Marek terminó de limpiar la primera muñeca. En lugar de pasar a la otra, sus dedos recorrieron lentamente el antebrazo de Naim, subiendo por el bíceps firme hasta llegar a su pecho. La piel del shou estaba tan caliente que parecía quemar los dedos del duque. Marek delineó con su dedo índice uno de los pectorales de Naim, rozando el pezón erecto del licántropo.
Naim soltó un jadeo agudo, cerrando los ojos. Sus manos, ahora libres, subieron instintivamente y se clavaron en los hombros de Marek, desgarrando un poco la tela de su camisa. Sus uñas afiladas rasparon la espalda del duque, pero Marek no se movió. La excitación mutua era un pozo sin fondo.
—Quieres esto tanto como yo —susurró Marek, inclinando su rostro hasta que sus labios casi rozaron la oreja de Naim. El duque sopló suavemente, haciendo que el licántropo temblara en la cama—. Hueles a celo, bestia. Hueles a sumisión.
—Cállate... —rogó Naim, aunque su cuerpo decía lo contrario. Sus caderas se elevaron levemente desde el colchón, buscando rozar el bulto prominente que se marcaba en los pantalones de Marek. El contacto del cuero contra su piel desnuda lo hizo emitir un gemido lascivo.
Marek bajó una de sus manos hacia los harapos de Naim. Con un movimiento brusco, rasgó la tela sucia, dejando la intimidad del licántropo completamente expuesta a la luz del fuego. La hombría de Naim era grande, de un tono trigueño oscuro, y goteaba un fluido transparente por la pura excitación. Pero lo más sorprendente era que la zona anal del shou estaba ligeramente dilatada y lubricada de forma natural, un mecanismo místico de su especie para prepararse ante el macho dominante.
Marek tragó saliva, abrumado por la visión. Su propia necesidad era insoportable. Con manos urgentes, el duque se desabrochó el cinturón y bajó sus pantalones, liberando su miembro rígido y grueso, que pulsaba con violencia.
Naim abrió los ojos y miró la hombría del duque. El miedo y el deseo salvaje se disputaron el control de su mente. Intentó empujar a Marek, pero el duque atrapó ambas manos del licántropo por encima de su cabeza con una sola mano, inmovilizándolo.
—Mírame, Naim —ordenó Marek, con la respiración entrecortada—. Vas a recordar este momento. Vas a recordar quién es tu dueño.
Marek tomó un poco del fluido que brotaba del cuerpo de Naim y lo usó para humedecer sus propios dedos, pasándolos por la entrada estrecha del shou. Naim soltó un grito ahogado cuando los dedos gruesos del duque penetraron su interior, estirando las paredes calientes y apretadas que lo recibieron con espasmos ansiosos.
—Ah... ¡Marek! —exclamó Naim, usando el nombre del duque por primera vez. El dolor inicial fue devorado por una ola de placer tan intensa que sus piernas se abrieron por completo, rodeando la cintura del noble de forma involuntaria.
Marek retiró los dedos y, sin poder contenerse más, alineó la punta de su miembro con la entrada del licántropo. Con un empuje firme y decidido, se hundió por completo en el cuerpo de Naim.
El grito de Naim llenó la torre de piedra. Las paredes internas del shou se contrajeron con tanta fuerza que Marek tuvo que detenerse, apretando los dientes para no venirse de inmediato. La carne del licántropo era un fuego líquido que envolvía al duque, apretándolo en un abrazo carnal absoluto. La magia del bosque en las venas de Naim empezó a danzar con la magia de runas de Marek, creando una conexión eléctrica que hizo que ambos jadearan al unísono.
Marek comenzó a moverse. Al principio fueron embestidas lentas y profundas, pero la sumisión forzada del licántropo pronto se transformó en una pasión compartida y violenta. Naim comenzó a mover sus caderas hacia arriba, exigiendo más, enterrando sus garras en las sábanas de la cama mientras su cabeza se movía de un lado a otro, deshecho por el placer de la penetración.
La torre de piedra fue testigo de la entrega salvaje entre el gobernante y su cautivo, un acto donde los roles de amo y bestia comenzaron a borrarse bajo el peso de un deseo incontrolable.