En Valenora, una ciudad donde el poder se hereda con sangre y la traición puede destruir imperios, dos familias dominan las sombras.
Alessia Bellandi, heredera de una poderosa familia italiana, ha aprendido a vivir entre secretos, lealtades y decisiones que nunca le han pertenecido.
Mikhail Orlov, heredero de un imperio ruso construido con disciplina y peligro, sabe que en su mundo una sola equivocación puede costar demasiado.
Cuando una amenaza comienza a mover piezas en las sombras, los Bellandi y los Orlov se ven obligados a sellar una alianza que nadie esperaba: un matrimonio por conveniencia.
Pero lo que comienza como un pacto frío pronto se convierte en una batalla de voluntades, deseo contenido y emociones que ninguno estaba preparado para sentir.
Mientras enemigos ocultos intentan destruirlos desde dentro, Alessia y Mikhail descubrirán que confiar puede ser el riesgo más peligroso ...y también el más inevitable.
porque algunas guerras nacen de la sangre .
Y otras del amor .
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Capitulo 7: Reglas de sangre
Giulia permaneció inmóvil unos segundos.
La luz tenue de los faroles dibujaba sombras sobre su rostro. Miró primero a Alessia y después a Mikhail.
No dijo nada.
Pero su expresión lo decía todo.
Alessia fue la primera en reaccionar.
—Giulia…
—Después hablamos —interrumpió ella con voz baja.
La mirada de Giulia volvió a Mikhail.
No había hostilidad abierta.
Había cautela.
La clase de cautela que se aprende cuando se crece cerca de familias como los Bellandi.
—Buenas noches —dijo finalmente.
Y se alejó.
El silencio volvió.
Alessia soltó el aire lentamente.
—Eso va a ser una conversación difícil.
Una leve sombra de sonrisa apareció en Mikhail.
—Lo imaginé.
Ella lo miró.
—No es gracioso.
—No me estoy riendo.
Pero sus ojos decían otra cosa.
Entonces su teléfono vibró.
Lo miró apenas y la expresión cambió.
Se volvió más fría.
Más alerta.
—Tengo que irme.
—¿Qué pasó?
—Movimiento en el muelle sur.
Alessia dio un paso.
—Voy contigo.
—No.
—Mikhail…
—No.
Esta vez la firmeza de su voz no dejaba espacio para discusión.
—Esto no es una reunión ni una conversación.
—No me subestimes.
Él la sostuvo con la mirada.
—No lo hago. Por eso te estoy diciendo que no vengas.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Después se marchó.
Alessia lo vio alejarse con el corazón incómodamente agitado.
El muelle sur estaba casi vacío.
Solo el sonido del agua golpeando la madera y el eco lejano de motores.
Cuando Mikhail llegó, Yuri ya lo esperaba junto a dos hombres armados.
—Llegas rápido.
—¿Qué tenemos?
Yuri señaló hacia un almacén de ladrillo oscuro.
—Tres vehículos entraron hace quince minutos. Sin registro.
Mikhail observó el lugar.
Las luces estaban apagadas.
Demasiado silencio.
—¿Nuestros hombres?
—Rodeando la parte trasera.
Mikhail ajustó el abrigo.
—Vamos.
Avanzaron sin hacer ruido.
El olor a sal y gasolina llenaba el aire.
Al acercarse, escucharon voces.
Un hombre hablaba en tono tenso.
—El próximo envío sale mañana. Bellandi todavía no sospecha.
Mikhail se detuvo.
Yuri también.
La sangre se le enfrió.
No era solo una sospecha.
Había alguien dentro.
Le hizo una señal a Yuri.
Ambos se movieron.
Todo ocurrió en segundos.
Uno de los guardias empujó la puerta.
Gritos.
Un disparo.
El estruendo reventó el silencio de la noche.
Mikhail se lanzó hacia el primero.
Lo desarmó de un golpe seco.
Yuri interceptó al segundo.
Un tercero intentó escapar por la salida lateral.
—¡Deténganlo! —ordenó Mikhail.
Uno de sus hombres corrió detrás.
El hombre alcanzó a sacar una pistola.
Disparó.
La bala rozó el brazo de Yuri.
—Maldición —escupió él.
Mikhail no dudó.
Se lanzó y lo derribó contra el suelo.
La pistola cayó rodando.
Le sujetó la camisa con fuerza.
—¿Quién te envió?
El hombre sonrió con sangre en la comisura de los labios.
—Llegas tarde, Orlov.
—Habla.
—Cuando descubras quién está sentado en tu mesa… ya será demasiado tarde.
Mikhail apretó la mandíbula.
Pero antes de que pudiera decir otra palabra, el hombre se mordió algo dentro de la boca.
En apenas segundos empezó a convulsionar.
Y después quedó inmóvil.
Yuri se acercó respirando con dificultad.
—Cápsula de veneno.
Mikhail se puso de pie.
La rabia le endureció el rostro.
Aquello era más grande de lo que pensaba.
Mucho más grande.
A la mañana siguiente, Alessia estaba en el despacho de su padre.
Vittorio revisaba documentos cuando ella entró sin tocar.
—Necesito hablar contigo.
Él levantó la vista.
—Te escucho.
—Anoche hubo movimiento en el muelle sur.
La expresión de Vittorio cambió apenas.
—¿Quién te lo dijo?
—No importa.
—Sí importa.
Alessia sostuvo su mirada.
—¿Hay alguien dentro de la familia?
La pregunta cayó pesada.
Vittorio se levantó lentamente.
—No hagas preguntas que todavía no quieres escuchar.
—Entonces es verdad.
—No dije eso.
—Pero tampoco lo negaste.
El silencio se volvió espeso.
—Escúchame bien —dijo su padre—. A partir de ahora no te acerques sola al puerto.
—No puedes controlarme todo el tiempo.
—No. Pero sí puedo evitar que termines en medio de una guerra.
Alessia dio un paso adelante.
—Ya estoy en medio de ella.
Vittorio la observó largo rato.
Y por primera vez había cansancio real en sus ojos.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Esa tarde, Giulia la encontró sola en la terraza.
—¿Vas a contarme qué está pasando?
Alessia apoyó los brazos sobre la baranda.
—No sé por dónde empezar.
—Empieza por el principio.
Ella guardó silencio unos segundos.
—Cada vez que lo veo… todo se complica.
Giulia se apoyó a su lado.
—¿Y eso te asusta?
—No.
Miró hacia el puerto.
—Lo que me asusta es que no quiero dejar de verlo.
Giulia la estudió con atención.
—Entonces ten cuidado.
—Lo intento.
—No lo digo solo por tu corazón.
Alessia giró hacia ella.
—¿Qué quieres decir?
Giulia bajó la voz.
—Anoche escuché algo.
—¿Qué?
—Valentina estaba discutiendo con alguien por teléfono.
El nombre la puso alerta.
Valentina Bellandi.
Su prima.
Hermosa, elegante y peligrosamente ambiciosa.
—¿Escuchaste con quién hablaba?
—No.
—¿Qué dijo?
Giulia dudó un segundo.
—Dijo que si Alessia seguía acercándose… todo iba a salirse de control.
El pulso de Alessia se aceleró.
—¿Estás segura?
—Sí.
El viento se volvió más frío.
Por primera vez sintió que la amenaza no venía solo del puerto.
También podía estar dentro de casa.
Esa misma noche, el teléfono de Alessia vibró.
Número desconocido.
“Necesito verte.”
No necesitó preguntar quién era.
“Muelle privado. Diez minutos.”
El corazón le golpeó fuerte.
Miró la pantalla.
Y sin saber si estaba tomando la decisión correcta…
fue.