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Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Sustituto/a / Juego de roles / Amor eterno / Completas
Popularitas:135
Nilai: 5
nombre de autor: uutami

Valentina nunca fue suficiente.

Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.

Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.

Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.

A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.

NovelToon tiene autorización de uutami para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

La habitación se congeló.

Ni una sola voz se atrevió a interrumpir después de que las palabras de Mateo cayeron como un mazo de juez. Marta, la más estridente de todas, enmudeció de golpe. La boca se le entreabrió, pero ningún sonido salió. El rostro le palideció, no de miedo, sino de una rabia contenida.

La amenaza del tribunal le sonó a fanfarronería, a palabrería hueca de un mototaxista que se creía valiente.

—Hmp —resopló Marta al fin—. Tonterías. ¿Qué puede hacer un mototaxista como tú?

—Inténtalo y lo sabrás, señora —la retó Bastián, con la misma expresión de antes—. ¿Quiere uno, dos o tres años?

—Uff, qué tanto hablan —bufó Marta, desviando la mirada.

Pero esta vez no hubo réplica. Se cruzó de brazos, giró la cara y actuó como si todo lo que acababa de pasar ya no mereciera respuesta.

Mateo no prolongó la discusión. Sabía que era inútil debatir con alguien que no se sentía culpable.

—Nos vamos. ¿Tienes algo que quieras llevar? —le dijo en voz baja a Vale—. Te espero.

Vale asintió. Había un leve temblor en sus hombros, pero sus ojos estaban más claros que antes. Caminó con dificultad, la muleta en la mano, hasta el cuarto pequeño del fondo: la habitación que durante años había ocupado como un añadido, nunca como un hogar.

Sacó una bolsa de tela vieja de debajo de la cama. Abrió el ropero de madera que se habría desplomado de no estar apuntalado con bloques. Adentro no había gran cosa: unas pocas mudas de ropa, una mukena (vestimenta de oración femenina) cuyo color ya se desvanecía. Las fue acomodando en la bolsa, una por una.

Unos pasos pesados sonaron en el umbral. Don Ernesto estaba de pie ahí.

—Déjame ayudarte —dijo en voz queda.

Vale giró la cabeza. Al instante le ardieron los ojos. Bajó la mirada rápido, pero don Ernesto ya había tomado la bolsa.

—Papá... perdón —la voz de Vale se quebró—. Siempre le he dado problemas... desde siempre hasta ahora.

Don Ernesto negó despacio. Las arrugas de su rostro parecieron ahondarse cuando esbozó una sonrisa amarga.

—Tú nunca me diste problemas, Vale. El que falló... fui yo. No supe protegerte. Me avergüenzo, hija...

Vale sollozó, negando con la cabeza.

—No, papá. Usted siempre ha sido el mejor papá para mí. Desde que era niña hasta hoy, usted sigue siendo mi mejor papá...

—Perdóname —la interrumpió don Ernesto. La voz ronca—. Callé... demasiadas veces. Dejé que te lastimaran demasiadas veces. Y el deber de un padre no es solo dar techo y comida, sino también proteger.

La miró con intensidad, como si quisiera memorizar el rostro de la hija a la que nunca defendió de verdad.

—Perdóname, Vale. Si pudiera regresar el tiempo, me pondría en primera fila cada vez que te hicieran daño.

Las lágrimas de Vale cayeron una a una. Se arrodilló por instinto y besó el dorso de la mano de don Ernesto.

—Nunca le guardé rencor, papá. Lo quiero. De verdad. Nadie podría igualar el cariño que usted me dio.

Don Ernesto la atrajo hacia sí en un abrazo. Breve, torpe, pero rebosante de un arrepentimiento que no alcanzaban las palabras.

—Ahora sí lo hay —murmuró—. Tienes que ser feliz con Mateo. Estoy convencido de que es un buen hombre, Vale. Le tengo confianza. Pero si algún día te hace daño, dímelo, ¿está bien?

Vale asintió.

En la entrada, Mateo esperaba de pie. Cuando vio salir a don Ernesto junto a Vale, se inclinó con respeto de inmediato.

—¿Listo? —le preguntó a Vale.

Don Ernesto asintió con gravedad.

—Cuídala. Mejor de lo que yo lo hice.

—Por supuesto, señor. La voy a hacer feliz —respondió Mateo con firmeza.

Diana, que los observaba desde un rincón de la sala, chasqueó la lengua.

—Drama.

Marta permanecía sentada, rígida en su silla, con la cara agria. Ninguna de las dos se levantó a despedirse.

A Mateo le dio igual. Tomó la mano de Vale y salieron. La noche los recibió con aire frío y calles mojadas por la lluvia de la tarde.

La moto de Mateo avanzó despacio. Vale iba sentada atrás; sus manos todavía dudaban en rodear la cintura de Mateo.

—Oye, Vale.

—¿Sí?

—La muleta, dámela. La llevo al frente, es más cómodo.

—No hace falta. Puedo con ella —contestó Vale.

Pero la moto ya había reducido la velocidad y se detuvo al borde de la calle.

—Dámela —insistió Mateo, girando la cabeza.

—De verdad, déjame llevarla —rechazó Vale, sintiéndose incómoda de causar molestias.

—Dámela. —Mateo se la quitó sin más y la acomodó al frente—. Ahora agárrate.

—Ya estoy agarrada.

—¿Dónde? —preguntó Mateo, que no sentía las manos de Vale en su cintura.

—Aquí, en el metal de atrás.

—No se agarra ahí. Dame tu mano.

Vale extendió la mano y, sin aviso, Mateo se la tomó y la enrolló alrededor de su cintura. Vale se estremeció: era la primera vez que abrazaba la cintura de un hombre.

—Mateo...

Intentó retirar las manos, pero el agarre de Mateo fue más fuerte. Él sonrió más amplio y aceleró despacio. Las mejillas de Vale se encendieron. Se rindió. Poco a poco, sus manos se aferraron con fuerza a la camiseta de su esposo.

Las luces de la calle pasaban fugaces, llevándolos lejos de la casa que nunca fue un verdadero hogar.

No fueron directo a su destino.

Mateo paseó a Vale dando vueltas, recorriendo calles de la ciudad en silencio. El viento nocturno acariciaba el rostro de Vale, trayendo un aroma de libertad desconocido pero reconfortante.

—¿Mateo?

—¿Sí?

—¿Todavía falta mucho para tu casa?

—¿Por qué?

—Llevamos rato dando vueltas.

Mateo soltó una risita.

—A propósito. Para que dure. Total, ya somos esposos.

Las mejillas de Vale volvieron a arder.

—¿Qué dices? ¿No quieres llegar a descansar?

—¿Estás cansada? —preguntó Mateo a cambio.

—No.

Mateo sonrió apenas.

—Perfecto.

Pasó casi una hora dando vueltas, hasta que la moto se detuvo frente a una casa sencilla en las afueras de la ciudad. La pintura ya estaba descolorida, la barda era baja, pero la luz del porche brillaba con calidez.

—¿Esta es tu casa? —preguntó Vale.

—Esta es nuestra casa —dijo Mateo.

Vale giró a ver a su esposo, que bajaba de la moto.

Nuestra casa.

No mi casa.

Sencilla, pero Vale estaba feliz. Sentirse parte importante de alguien.

—Ven, te ayudo.

Las mejillas de Vale se encendieron, un contraste luminoso contra su rostro terso.

—Puedo sola.

—Ahora que eres mi esposa, ya no hay "sola". Tienes que... tienes que... pedirme que te ayude —dijo Mateo, y acto seguido la levantó en brazos.

—¡Aaah!

Vale gritó por reflejo. Mateo se echó a reír.

—Mateo...

—¿Qué? —La miró a los ojos.

—Quiero caminar sola —dijo Vale en voz queda, bajando un poco la mirada.

—¿Cómo?

—Quiero caminar sola —repitió. Esta vez lo miró con más valentía.

—Está bien.

Mateo abrió la puerta. Adentro, el mobiliario era sencillo. Un sofá viejo, una mesa de madera, una cocina pequeña pero ordenada. Nada de lujos. Sonrió satisfecho.

—¿Es muy chica?

—Para nada. Alhamdulillah.

Mateo dejó la bolsa de Vale en una silla.

—Descansa un rato. No compramos nada de cenar. Se me olvidó por completo —dijo con una risita.

—En mi bolsa hay fideos instantáneos y huevos. Papá me los dio.

Mateo se quedó callado.

—Eso no es sano —murmuró.

—¿No quieres?

—Pidamos comida a domicilio.

—¿A domicilio?

Mateo asintió, casi sacando su teléfono. Pero se contuvo. Si Vale lo veía, podría descubrir que no era un simple mototaxista.

—¿Qué pasa?

—Se me acabó la batería. Préstame tu teléfono —dijo.

Vale guardó silencio.

—No tengo.

Mateo se conmovió al instante.

En casa de don Ernesto, el ambiente hervía.

Marta iba y venía por la sala.

—¡Insolente! ¡Solo porque sacó cincuenta mil dólares se atreve a amenazar con un tribunal! ¿Quién se cree?

—¿No era exactamente lo que querías, Marta? —dijo don Ernesto con cansancio—. Que Vale se fuera. Deberías estar satisfecha.

—¿Satisfecha? —Marta bufó—. ¡Salí perdiendo!

—No perdiste nada —la voz de don Ernesto se elevó por primera vez—. ¡Y todavía se te ocurrió querer quedarte con el mahar de Vale!

Don Ernesto entró a la habitación y cerró la puerta con fuerza.

Marta se quedó tiesa. Los ojos se le afilaron, llenos de rencor.

Diana se le acercó, bajando la voz.

—Mamá... ¿para qué tanto escándalo? Al fin son solo cincuenta mil dólares. Lo importante es que ya no tenemos a Vale encima.

Marta la miró.

—Tienes razón. Pero qué lástima, ese dinero debería haber sido nuestro.

—Yo más bien estoy pensando en Ricardo, mamá.

Una sonrisa lenta se dibujó en los labios de Marta.

—Sí. Ricardo.

—Mientras tenga amnesia, hay que aprovechar. Debemos estar más cerca de él que nunca.

Marta asintió despacio.

—Entonces... nosotras le llenamos la cabeza.

—Poco a poco —continuó Diana—. Hacemos que se olvide de Vale. Que la considere un pasado insignificante que hay que borrar.

Marta sonrió más amplio.

—Exacto. Vale ya salió de esta casa. Ahora... tiene que salir de la vida de Ricardo también.

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