El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.
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CAPITULO 19
(Narrado por Valeria Varela)
Conducía a toda velocidad por la carretera oscura, las luces del tablero eran lo único que iluminaba mi rostro, rígido, seco de lágrimas, endurecido por todo lo que acababa de escuchar, de decir y de sentir. El viento entraba por la ventana abierta, golpeándome el cabello, secando el rastro de humedad que había quedado en mi piel, pero nada podía borrar lo que llevaba grabado en el alma. Las palabras de Isabella, las confesiones de Dante, las imágenes de lo que habían sido juntos, de lo que yo había sido para ellos: la tonta, la ingenua, la que amaba en silencio mientras ellos se burlaban de mi nombre y compartían cada secreto, cada placer, cada rincón de sus vidas.
Antes, esa verdad me habría destrozado por completo, me habría hecho caer de rodillas, llorar hasta no tener voz y desear no haber nacido. Pero ahora… ahora todo eso se había transformado. El dolor ya no era dolor, se había convertido en fuego. Un fuego frío, ardiente, que me recorría las venas, que me quemaba por dentro y me gritaba que no me detuviera, que no me rindiera, que pagara cada lágrima con sangre. Al alejarme de la mansión, al dejar atrás a Dante, destrozado, suplicante, convertido en nada a mis pies, no sentía culpa. Solo sentía una sed inmensa de justicia, de destrucción, de hacerles entender que se habían metido con la persona equivocada.
“Se creen muy listos”, pensé, apretando el volante con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. “Ella cree que ganó, que me echó, que separó lo que éramos. Él cree que con llorar y arrepentirse basta, que yo volveré cuando se me pase el enfado. Los dos están equivocados. Muy equivocados. Porque la mujer que acaban de sacar de sus vidas no es la misma que entró en ellas hace años. La que se va ahora… es su pesadilla hecha realidad”.
Llegué al hotel donde había reservado hacía tiempo, un lugar discreto, lujoso, lejos de todo lo que me recordara a ellos. Al entrar en la habitación, cerré la puerta con llave, con doble cerrojo, como si con eso pudiera también cerrar la puerta a todo el pasado, aunque sabía que lo llevaba dentro. Me quedé de pie en medio de la estancia, bajo la luz tenue, mirando al vacío, y por primera vez en mucho tiempo, sonreí. No fue una sonrisa dulce, ni triste, ni resignada. Fue una sonrisa fría, calculadora, peligrosa. La sonrisa de quien ya ha decidido cómo va a jugar y sabe que va a ganar.
Isabella me había dicho que ella conocía el juego sucio, que ella sabía cómo funcionaba el mundo, que yo era demasiado inocente. Dante me había demostrado que la mentira, el engaño y la burla eran su forma de ser. Muy bien. Si querían guerra, guerra iban a tener. Pero iba a ser una guerra a su medida. Una guerra donde no habría reglas, ni piedad, ni amor que me detuviera. Porque el amor que sentía por Dante, ese amor que me había hecho débil, ciega y sumisa… había muerto hace unas horas, justo cuando ella habló por teléfono y él confirmó cada una de sus palabras. Lo que quedaba ahora era algo mucho más fuerte: la determinación de destruir todo lo que ellos amaban, todo lo que creían suyo, todo lo que les daba poder.
Me acerqué al teléfono de la mesita de noche, marqué un número que tenía memorizado, un número que no había querido usar hasta ahora, porque pertenecía al mundo oscuro que Dante e Isabella siempre habían frecuentado y que yo siempre había ignorado. Un mundo de negocios turbios, socios ocultos, información que compraba y vendía vidas. Una voz masculina, seria y baja, respondió al otro lado.
—¿Señorita Varela? No esperaba saber de usted.
—Ya es hora de que empiece a esperarme, —le respondí, directa, cortante, sin rodeos—. Quiero todo lo que tengas sobre Isabella Rossi. Todo. Cuentas, negocios, amistades, secretos, fotos, encuentros, deudas, acuerdos… absolutamente todo. Y también quiero todo lo que tengas sobre las operaciones de Dante Moretti de los últimos tres años. Especialmente las fechas que coinciden con sus viajes al extranjero, sus ausencias, sus movimientos fuera de la empresa.
Hubo un silencio breve al otro lado, sorprendido por mi tono y por mis peticiones.
—Eso es mucho, señorita. Y puede ser… peligroso.
—El dinero no es problema, ya lo sabes —le dije, con esa frialdad que ni yo misma sabía que tenía—. Y el peligro… déjamelo a mí. Solo encárgate de conseguirlo, y rápido. Quiero saber hasta dónde les llega la suciedad. Y quiero saberlo todo antes de que salga el sol. ¿Entendido?
—Entendido, señorita. Tendrá todo listo.
Corté la llamada y dejé el aparato sobre la mesa, como si acabara de firmar una sentencia de muerte. Y en cierto modo, así era. Isabella se había jactado de saber secretos. Dante había ocultado verdades que nos destruían. Ahora yo iba a tener todos los secretos, todas las verdades, todas las armas necesarias para hacer pedazos sus vidas tal como ellos habían hecho con la mía.
Me quité la ropa con calma, mirando en el espejo mi cuerpo, el mismo cuerpo que Dante había tocado, amado, marcado, poseído con tanta pasión y mentira. Vi las huellas de sus manos en mi piel, las marcas de sus besos, el recuerdo fresco de cómo me había tomado, jurándome que yo era la única, que ella no era nada, mientras sabía perfectamente que ella lo había sido todo. Sentí un asco profundo, intenso, que me recorrió entera, y corrí al baño, abrí el grifo de la ducha al máximo, con agua casi hirviendo, y me restregué la piel con furia, con rabia, con desesperación, tratando de borrarlo todo. Tratando de sacármelo de la piel, de la sangre, del alma.
“Me dijiste que me querías hasta el alma, Dante”, pensaba mientras el agua corría mezclada con mis lágrimas que por fin volvían a salir, lágrimas de pura rabia, no de amor. “Me dijiste que todo lo que sentías era nuevo y mío. Pero todo lo que me diste, todo lo que me dijiste, todo lo que compartimos… estaba manchado por ella. Ella estaba en cada beso, en cada caricia, en cada palabra. Ella estaba ahí, riéndose, sabiendo que todo eso ya era viejo, que todo eso se lo habías dado a ella primero, y mil veces mejor. Pues muy bien. Ahora yo voy a manchar todo lo que es tuyo. Voy a ensuciar tu nombre, tu vida, tu mundo, tal como tú ensuciaste mi corazón y mi confianza”.
Salí de la ducha, me vestí con ropa oscura, elegante, fría, me arreglé el cabello, me maquillé con precisión, ocultando cualquier rastro de debilidad, y me senté frente a la mesa, esperando. No iba a huir. No iba a esconderme ni a llorar en una esquina. Yo era Valeria Varela. Tenía dinero, tenía apellido, tenía poder que hasta ahora no había querido usar, porque creía que el amor era suficiente. Pero el amor era una mentira. Y ahora solo quedaba el poder. Y lo iba a usar para aplastarlos a los dos.
Pasaron las horas, y cuando la madrugada ya era oscura y silenciosa, llamaron a la puerta. Era él, el contacto que había llamado, traía una carpeta gruesa, pesada, llena de papeles, fotos, documentos, todo lo que le había pedido. Se lo pagué generosamente, sin mirar el dinero, y cuando me quedé sola de nuevo, me senté y empecé a leer. Y a medida que pasaba las hojas, que veía las fotos, que leía los datos, esa sonrisa fría en mis labios se hacía más grande, más brillante, más llena de satisfacción.
Isabella no era la mujer poderosa, rica e independiente que quería aparentar. Todo lo que tenía, todo lo que era, todo lo que lucía… venía de Dante. Él le pagaba el piso, el coche, las cuentas, los viajes, todo. Ella estaba arruinada, llena de deudas, envuelta en negocios sucios que Dante le había sacado más de una vez. Y había más. Mucho más. Había acuerdos secretos, contratos falsos, dinero que desaparecía, cosas que Dante había hecho, no solo por amor o por capricho, sino cosas ilegales, peligrosas, que los dos habían hecho juntos, creyendo que nadie se enteraría, creyendo que estaban por encima de todo y de todos.
Y vi las fechas. Las mismas fechas que ella había mencionado. El viaje a Europa. Ahí estaban las fotos, las reservas, los gastos, todo confirmado. Pero también vi cosas que ella no sabía. Cosas que Dante le ocultaba a ella también. Porque él, que me mentía a mí, también le mentía a ella. Y eso era lo mejor de todo. Porque significaba que su unión, su complicidad, esa verdad que ella decía que compartían… también era una mentira. Una mentira tan grande, tan sucia, como la que me habían contado a mí.
Cerré la carpeta con fuerza, la dejé sobre la mesa, y miré por la ventana hacia la ciudad que empezaba a despertar. Ya lo tenía todo. Ya tenía las armas. Y ahora… ahora tocaba disparar. Y el primer disparo no iba a ser contra Dante. Él ya estaba destruido, ya estaba arrepentido, ya estaba solo y sufriendo. El primer disparo iba a ser contra ella. Contra la que se creía la ganadora, la dueña de la verdad, la dueña de su vida.
Tomé mi teléfono, busqué su número, el mismo que me había llamado, y marqué. Sabía que a estas horas estaría despierta, celebrando, disfrutando de su victoria, riéndose de mí, segura de que había ganado. Y contestó, efectivamente, con esa voz cargada de satisfacción y veneno que ya conocía demasiado bien.
—¡Valeria! —dijo, casi riendo—. ¿Qué tal, mi vida? ¿Te has dado cuenta ya de la realidad? ¿Te has ido para siempre, verdad? Lo sabía. Sabía que en cuanto supieras la verdad, en cuanto vieras lo que hay debajo de toda esa mentira bonita que se montaron… saldrías corriendo. Y te aseguro que yo me estoy divirtiendo mucho viéndote caer.
—No te creas tan lista, Isabella —le respondí, con una calma y una frialdad que la hicieron callar de golpe—. Sí, me fui. Sí, me enteré de muchas cosas. Pero no me fui porque tú me ganaras. Me fui porque quería tiempo. Tiempo para saberlo todo. Y ya lo sé.
Hubo un silencio al otro lado, ya sin rastro de risa.
—¿De qué hablas? ¿Qué es lo que sabes?
—Sé todo, Isabella —le dije, despacio, saboreando cada palabra, sabiendo que cada una era una daga que le clavaba en el corazón—. Sé que todo lo que tienes, todo lo que eres, todo lo que luces… es de él. Sé que estás arruinada, llena de deudas, metida en negocios sucios de los que él te ha salvado docenas de veces. Sé que ni siquiera tu vida es tuya. Sé que te usa, que te miente, que te oculta cosas a ti también, cosas que ni te imaginas. Y sé cosas mucho peores. Cosas que harían que te pudras en la cárcel si yo quisiera. Cosas que harían que Dante desapareciera de tu vida para siempre si yo decidiera usarlas.
—¡Mientes! —gritó ella, ya sin la elegancia de antes, con pánico en la voz—. ¡No sabes nada! ¡Eres una niña tonta que solo intenta asustarme!
—¿Ah, sí? —sonreí, sabiendo que tenía ganada esta partida—. Escúchame bien, Isabella. Tú querías guerra. Querías enseñarme cómo se juega. Querías demostrarme que tú eras la dueña de todo. Pues muy bien. Ahora te toca a ti escuchar. Voy a destruirte. Voy a quitarte todo lo que tienes, todo lo que crees tuyo, todo lo que te da estatus y poder. Voy a hacer que Dante te mire con asco, tal como yo lo miré a él. Voy a hacer que todo el mundo sepa quién eres realmente: una mantenida, una estafadora, una mujer que no es nada sin el dinero y los errores de él. Y te aseguro… que cuando termine contigo, vas a desear no haberte metido nunca conmigo. Porque yo no juego con recuerdos, ni con el pasado, ni con mentiras como tú. Yo juego con la verdad. Y con la verdad… te voy a borrar del mapa.
—¡No te atrevas! —amenazó ella, con voz temblorosa, ya totalmente desestabilizada—. Yo tengo cosas también. Yo puedo destruirlos a los dos.
—Hazlo —le reté, desafiante, letal—. Saca todo lo que tengas. Dile al mundo todo lo que sepas. Pero recuerda una cosa: todo lo que tú digas, todo lo que tú cuentes, todo lo que tú enseñes… también te destruye a ti. Porque tú estabas ahí. Tú eras parte de todo eso. Y yo… yo soy la esposa engañada, la mujer traicionada, la víctima de todo este asco. ¿Crees que alguien te va a creer a ti, a la amante, cuando yo tenga todas las pruebas, todos los documentos, todo lo que hicieron juntos? Tú vas a ser la que se quede en la calle, sin nada, sin nadie, manchada para siempre. Y yo… yo voy a ser la que ganó.
Corté la llamada sin esperar su respuesta, y tiré el teléfono sobre la cama. Me quedé mirando al frente, con esa sonrisa fría todavía en la boca, sintiendo cómo el miedo que yo sentía antes ahora estaba en ella. Sabía que acababa de dar el primer golpe real. Sabía que acababa de desequilibrarla, de quitarle esa seguridad, esa victoria que creía tener.
Y entonces pensé en Dante. En él, que ahora estaría solo, llorando, esperando que yo volviera, creyendo que con arrepentimiento bastaba. Pero él no entendía nada. Todavía no entendía que todo había cambiado. Que yo ya no era su mujer, ni su amor, ni su compañera. Que ahora yo era su juez. Y que muy pronto… también sería su verdugo.
Me levanté, me acerqué a la ventana y vi salir el sol. Un sol nuevo, brillante, que iluminaba todo lo que venía. La guerra había empezado de verdad. Y yo, Valeria Varela, la que todos creían que había huido destrozada… estaba lista para ganar. Y para hacerles pagar, a los dos, cada segundo de dolor, de mentira y de burla que me habían hecho vivir.