En la Casa Valemont, el amor es una debilidad y la sangre solo tiene valor mientras sea útil.
Seraphine Valemont, la hija menor de uno de los ducados más poderosos del reino, ha crecido rodeada de conspiraciones, rivalidades y silencios capaces de destruir familias enteras. Mientras sus hermanos luchan entre sí por poder y supervivencia bajo la mirada implacable de su padre, ella oculta un secreto que bastaría para condenarla a la hoguera: magia.
Pero sobrevivir en la nobleza exige algo peor que esconderse.
Exige aprender a manipular, mentir y convertirse en aquello que más detesta.
Mientras la aristocracia persigue brujas públicamente y las utiliza en secreto, Seraphine comenzará a construir una red clandestina de poder entre sombras, traiciones y pactos peligrosos.
Porque en la Casa Valemont, los monstruos no nacen.
Se crean.
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Cap 23. Los Ojos Que No Parpadean.
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Aeron la estaba observando.
No de manera evidente.
Eso habría sido fácil de manejar.
Lo hacía con esa calma silenciosa que comenzaba a irritar profundamente a Seraphine. Como si registrara pequeños detalles sin intención aparente, guardándolos en algún lugar invisible de su mente.
La sombra sobre la mesa ya estaba quieta otra vez.
Nadie parecía haber notado nada.
Nadie excepto quizá él.
Seraphine sostuvo la copa de vino con absoluta estabilidad aunque el frío bajo su piel seguía expandiéndose lentamente.
Controla la respiración.
La conversación alrededor continuaba entre nobles despreocupados.
—La cosecha del oeste fue desastrosa.
—La corona aumentará impuestos otra vez.
—Escuché que la familia Vernhart perdió tres barcos este invierno.
Palabras vacías. Distracciones.
Seraphine levantó lentamente la vista hacia Aeron.
Él seguía observándola.
Entonces habló como si nada hubiera ocurrido.
—¿Te sientes enferma?
La pregunta llegó tranquila. Natural.
Pero Seraphine percibió inmediatamente lo que había debajo.
Está comprobando algo.
—No —respondió ella.
Aeron sostuvo su mirada apenas un segundo más antes de desviar atención hacia otra conversación.
Como si la respuesta hubiera sido suficiente.
Mierda.
Eso no le gustó.
Porque comenzaba a sentir que él armaba piezas lentamente.
Y la gente inteligente rara vez dejaba de hacerlo a mitad del camino.
Evelyne inclinó apenas la cabeza hacia Seraphine sin mirar directamente.
—Tu expresión cambió.
Por supuesto que lo notó.
Evelyne notaba demasiado.
—Estoy cansada.
—Aprende a mentir mejor.
La respuesta fue suave. Casi indiferente.
Pero el mensaje quedó claro.
Contrólate.
Seraphine tomó aire lentamente mientras el sonido de cubiertos y conversaciones elegantes llenaba el salón.
No podía seguir reaccionando así cada vez que la magia respondía.
Porque estaba ocurriendo más seguido.
Fuera del castillo. Entre personas. Sin entrenamiento.
Eso era peligroso.
Muy peligroso.
—
La cena terminó cerca de la medianoche.
La nieve había vuelto a caer afuera y muchos invitados comenzaron a retirarse hacia habitaciones privadas dentro de la residencia Ardent.
Otros permanecían bebiendo vino junto a las chimeneas mientras las conversaciones se volvían más suaves y menos cuidadosas.
El tipo de ambiente donde nacían rumores peligrosos.
Seraphine caminaba sola por uno de los corredores laterales cuando escuchó pasos detrás.
No se giró inmediatamente.
Ya comenzaba a reconocerlos.
—¿Te persiguen las personas silenciosas o solo yo? —preguntó Aeron.
Seraphine siguió caminando.
—Empiezo a pensar que disfrutas aparecer donde no te llaman.
—Quizá disfruto ver cómo reaccionas.
Eso hizo que lo mirara finalmente.
La iluminación tenue de los candelabros marcaba parcialmente su rostro, dejando sombras suaves sobre sus ojos grisáceos.
Y otra vez parecía demasiado atento.
—¿Y qué conclusión sacaste hasta ahora?
Aeron caminó junto a ella manteniendo distancia cómoda.
—Que eres distinta al resto de tu familia.
Seraphine soltó una pequeña risa sin humor.
—No me conoces lo suficiente para decir eso.
—No necesito conocerte demasiado para notar ciertas cosas.
—Qué observador.
—Ya lo habías mencionado.
Silencio breve.
El corredor estaba casi vacío. Solo el sonido lejano de música suave llegaba desde los salones principales.
Seraphine observó de reojo los vitrales oscuros.
No le gustaba esta conversación.
Porque parte de ella quería seguirla.
Y eso era un error.
Aeron habló otra vez.
—Tu hermano Alaric parece disfrutar asustando gente.
—Lo hace.
—Cassian parece agotado.
—También.
—Y tú…
Él se detuvo apenas.
Pensando la frase.
—Pareces estar esperando algo terrible constantemente.
El comentario atravesó directamente la defensa emocional de Seraphine de manera incómoda.
Porque era verdad.
Siempre esperaba el siguiente golpe. La siguiente traición. El siguiente error fatal.
La nobleza te enseñaba eso temprano.
Pero ella respondió otra cosa.
—Eso se llama inteligencia.
Aeron soltó una pequeña exhalación divertida.
—No. Eso se llama supervivencia.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
Y por primera vez desde que lo conocía, Seraphine sintió algo parecido al peligro real.
No físico.
Peor.
La sensación de que alguien comenzaba a verla demasiado claramente.
Entonces otra voz interrumpió.
—Ah, perfecto. Ya pensaba que ustedes dos habían desaparecido misteriosamente juntos.
Kael Monterris apareció apoyándose contra una columna con una copa en la mano.
Sonriendo, por supuesto.
Siempre parecía demasiado relajado para un noble.
—¿Te dedicas profesionalmente a interrumpir conversaciones? —preguntó Aeron.
—Sí. Es uno de mis mayores talentos.
Kael miró a Seraphine.
—Madre Ardent organizó juegos de cartas en la sala este. Marianne Delcroft ya perdió dinero dos veces y está empezando a culpar al destino. Vale la pena verlo.
—Qué tentador —murmuró Seraphine.
—Lo es.
Kael se acercó un poco más bajando la voz conspiratoriamente.
—Además, varios nobles mayores comenzaron a discutir posibles compromisos matrimoniales. Eso significa que todos los jóvenes deberían huir antes de convertirse accidentalmente en acuerdos políticos.
Eso hizo que Aeron resoplara suavemente.
—Demasiado tarde para algunos.
Kael sonrió ampliamente.
—Ah, sí. Los gloriosos deberes aristocráticos.
Seraphine observó a ambos hombres unos segundos.
Era extraña la diferencia entre ellos.
Kael llenaba espacios fácilmente. Hablaba demasiado. Provocaba ruido constante.
Aeron hacía lo contrario.
Escuchaba. Analizaba. Esperaba.
Y honestamente, Seraphine no estaba segura de cuál resultaba más peligroso.
—
La sala este era más pequeña y cálida que el comedor principal.
Varias mesas de juego ocupaban el centro mientras nobles jóvenes conversaban entre vino especiado y apuestas absurdamente caras.
El fuego de las chimeneas iluminaba parcialmente el salón con tonos anaranjados suaves.
Marianne Delcroft efectivamente estaba perdiendo.
Y efectivamente culpaba al destino.
—Esto está manipulado.
—Eso dices cada vez que pierdes —comentó Elise Vernhart tranquilamente desde la mesa.
Elise.
Seraphine volvió a sentir esa leve incomodidad al verla.
Seguía pareciendo demasiado observadora.
Demasiado silenciosa.
Kael tomó asiento inmediatamente junto a un grupo de nobles.
—Perfecto. Vengo a arruinar financieramente a alguien.
—Eso requiere dinero primero —respondió Marianne.
—Qué cruel eres conmigo.
Aeron permaneció de pie unos segundos antes de mirar a Seraphine.
—¿Juegas?
—No particularmente.
—Entonces probablemente seas mejor que todos aquí.
Kael levantó la vista.
—Eso fue insultantemente cierto.
Seraphine terminó sentándose solo para evitar seguir destacando de pie.
El juego comenzó entre comentarios ligeros y pequeñas apuestas.
Nada importante.
Pero mientras observaba interacciones y conversaciones cruzadas, Seraphine notó algo interesante:
la nobleza joven era menos cuidadosa cuando creía estar relajada.
Escuchó nombres. Alianzas. Rumores.
Incluso menciones breves sobre movimientos recientes de la Orden de la Llama.
—Dicen que ejecutaron otra familia menor cerca del este —comentó un noble pelirrojo mientras barajaba cartas.
La mesa se silenció apenas.
Kael dejó de sonreír un segundo.
—¿Por brujería?
—Eso dijeron.
Marianne frunció el ceño.
—La Iglesia se está volviendo paranoica.
—Siempre lo fue —respondió Elise inesperadamente.
Varias miradas se dirigieron hacia ella.
Pero la joven siguió acomodando cartas tranquilamente.
—Simplemente ahora tienen más poder para demostrarlo.
Interesante respuesta.
Peligrosa también.
Porque muy pocos nobles criticaban tan directamente a la Iglesia.
Seraphine observó a Elise con más atención.
Ella notó la mirada y sostuvo contacto visual apenas un instante.
Demasiado tranquilo.
Como si supiera exactamente qué impresión acababa de causar.
Entonces Aeron habló:
—El miedo vuelve brutales a las instituciones.
—Y útiles a los fanáticos —añadió Kael.
La conversación cambió rápidamente después de eso.
Demasiado rápido.
Nadie quería profundizar demasiado en el tema.
Pero Seraphine sintió algo importante.
No todos apoyaban ciegamente las persecuciones.
Eso no significaba que fueran aliados.
Pero sí que existían grietas.
Y las grietas podían convertirse en oportunidades.
—
Mucho más tarde, cuando la mayoría ya comenzaba a retirarse, Seraphine salió nuevamente hacia uno de los balcones exteriores.
Necesitaba silencio.
El aire frío nocturno golpeó inmediatamente su rostro.
Abajo, los jardines estaban cubiertos completamente de nieve brillante bajo la luz pálida de la luna.
Hermoso.
Y vacío.
Por primera vez en días, logró sentir unos segundos de calma real.
Hasta que escuchó otra voz detrás.
—Sabía que terminarías escapando aquí.
Seraphine cerró los ojos apenas un instante.
Kael.
Claro.
Él se acercó apoyándose contra la baranda nevada.
—¿Siempre huyes de la gente?
—Solo de la mayoría.
Kael sonrió.
—Respuesta justa.
A diferencia de Aeron, Kael no observaba silenciosamente.
Decía exactamente lo que pensaba. A veces demasiado.
Eso lo hacía más sencillo de manejar.
Quizá.
Él miró el jardín unos segundos antes de hablar otra vez.
—La mitad de los hombres aquí están intentando impresionarte.
—Qué tragedia.
Kael soltó una risa baja.
—No te interesa ninguno.
No fue pregunta.
Seraphine observó la nieve caer lentamente.
—No tengo tiempo para cosas inútiles.
—Eso sonó deprimente.
—Es verdad.
Kael permaneció callado unos segundos más.
Luego habló con menos humor.
—¿Eres feliz en Valemont?
La pregunta llegó tan inesperadamente que Seraphine tardó un segundo en reaccionar.
Felicidad.
Qué palabra tan absurda.
—No.
Respuesta inmediata.
Honesta.
Kael no pareció sorprendido.
—Yo tampoco lo sería.
Silencio.
El viento movió lentamente algunos mechones oscuros del cabello de Seraphine.
Kael la observó de reojo.
—Pareces alguien intentando cargar demasiadas cosas sola.
Mierda.
Otra vez.
¿Por qué todos comenzaban a decir cosas así?
Seraphine endureció apenas la expresión.
—La gente suele sobrevivir sola.
—No siempre.
—Sí siempre. Solo que algunos tardan más en descubrirlo.
Kael no respondió enseguida.
Por primera vez desde conocerlo parecía serio realmente.
Y eso lo hacía verse mayor.
Menos encantador superficialmente. Más humano.
Entonces una voz fría resonó desde la puerta del balcón.
—Ahí estás.
Cassian.
Seraphine sintió inmediatamente tensión recorrerle el cuerpo.
Su hermano mayor avanzó hacia ellos con expresión endurecida.
Y parecía furioso.
Muy furioso.
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