Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 8 — Como si nada hubiera pasado
Samantha
Aún estaba ahí.
Sentado en la mesa del rincón, con su café a medio terminar y la libreta abierta, escribiendo con una concentración que parecía ajena al resto del mundo. Llevaba más de media hora en el mismo lugar, y aunque me esforzaba por mantenerme ocupada detrás del mostrador, organizando la caja o limpiando tazas ya limpias… no podía dejar de ser consciente de su presencia.
Apenas unos metros nos separaban.
No hablaba, no miraba su teléfono. Solo escribía, con la frente ligeramente fruncida o, a veces, una media sonrisa apenas visible. Me preguntaba en qué pensaría. ¿Sería algo personal? ¿Un ensayo? ¿Un proyecto para clase? Era absurdo estar tan interesada. Y sin embargo…
Mi corazón latía con esa mezcla incómoda de nerviosismo y expectativa.
Cada tanto me reprendía a mí misma: “No estás en clase. Esto es tu trabajo. Él no es nadie fuera de eso.”
Pero no funcionaba.
Cuando finalmente cerró su libreta y se levantó, yo ya estaba fingiendo revisar unos recibos. Escuché el roce leve de sus pasos, acercándose. Me forcé a no levantar la cabeza demasiado rápido.
—Gracias por el café —dijo con voz serena—. Y por la buena atención.
Levanté la vista.
Me sonrió. De ese modo tan sutil, que parecía sin esfuerzo pero dejaba una marca.
—Fue agradable verte aquí.
No supe cómo reaccionar durante un segundo.
¿Fue una frase casual? ¿Un simple cumplido? ¿O algo más?
Respondí con lo único que pude improvisar:
—Igualmente —murmuré, intentando sonar natural.
Él asintió, tomó su libreta, y se fue.
La puerta del café se cerró detrás de él con ese pequeño sonido de campanita que, por alguna razón, pareció más fuerte de lo habitual.
Me quedé de pie detrás del mostrador, con el corazón latiendo como si hubiera corrido una maratón.
No había hecho nada extraño. Solo fue amable. Nada fuera de lugar.
Y sin embargo, su frase —“fue agradable verte aquí”— se quedó dando vueltas en mi cabeza como un eco al que no lograba poner en pausa.
Terminé de limpiar, apagué las luces y cerré.
El camino de regreso a casa fue tranquilo. Mamá ya estaba dormida cuando llegué. Me metí en la cama sin decir nada, con el cuerpo cansado y la mente alborotada.
No pasó nada.
Pero también… algo pasó.
La mañana siguiente fue rutinaria.
Despertador. Ducha rápida. Buscar algo cómodo para ponerme. Luchar contra ese momento frente al espejo donde siempre me detenía más de la cuenta, observando todo lo que no me gustaba de mí.
Pero ese día, aunque no podía explicarlo, me sentía… distinta.
Al llegar a la universidad, encontré a Clara ya instalada en nuestro lugar habitual, cruzada de brazos y tomando su café frío en lata como si fuera medicina.
—¡Por fin! Pensé que no venías —dijo, corriéndose un poco para que me sentara—. Hoy pareces en otro planeta.
Me senté junto a ella y dudé unos segundos, bajando la voz.
—Ayer, en el café… vino el profesor Herrera.
Clara se quedó quieta, pestañeando.
—¿Qué? ¿De verdad?
Asentí, sin saber si sonreír o encogerme de hombros.
—Estuvo un buen rato. Escribía. Se tomó un café. Y antes de irse me agradeció… y dijo que fue agradable verme allí.
—¿Te lo dijo así? —Clara se acercó más—. Literalmente esas palabras.
—Sí.
Ella me miró como si estuviera frente a un fenómeno astronómico.
—Samantha. Esto es… esto es. No sé qué, pero algo. ¿Y tú qué hiciste?
—Nada raro. Le respondí que también fue agradable verlo… y ya. Se fue.
Clara se llevó las manos a la cara con exageración.
—Dime que dejaste propina o que le dibujaste un corazón en la espuma del café, por favor.
—Cállate —dije, riendo bajito—. Era solo un cliente, Clara.
—Un cliente que es joven, guapo, inteligente… y claramente no es ciego.
Le lancé una mirada divertida, aunque mis mejillas ardían.
—Pícara —susurró ella, luego me empujó suavemente con el hombro—. Te dije que este año nos iba a sorprender.
—Clara…
—¿Qué? Tenemos veintidós años. Si alguien puede tener una historia digna de película, eres tú.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió y el profesor entró con su habitual elegancia discreta, su portafolio colgado al hombro y el cabello ligeramente despeinado, como si el viento lo hubiera acariciado sin permiso.
La clase comenzó como siempre.
Su voz firme, su mirada recorriendo el aula sin detenerse en nadie por mucho tiempo. Explicaciones técnicas, ejemplos proyectados en la pantalla. Todo normal.
Como si anoche no hubiera pasado nada.
Y de cara a todos, así era.
Pero yo sabía la verdad.
Yo había visto su sonrisa. Había sentido su presencia.
Y aunque no pudiera ponerle nombre… algo dentro de mí se había encendido.