Eduardo Belmont lo tiene todo: poder, dinero y el control absoluto de un imperio empresarial. Pero tras la muerte de su esposa, el hombre más temido del mundo corporativo se convirtió en una sombra. Se refugió en el trabajo, en noches vacías y en una frialdad que mantuvo a todos a distancia, incluida su propia hija.
Clara tiene apenas meses de vida y nunca ha sentido los brazos de su padre.
Cuando Alana llega a la mansión Belmont como niñera, lo único que espera es un empleo estable. Lo que encuentra es una casa llena de silencio, una bebé que necesita amor desesperadamente y un hombre que parece incapaz de sentir. Pero detrás de la mirada gélida de Eduardo, Alana descubre algo que nadie más ha visto: un corazón roto que todavía late.
Lo que comienza como un deber profesional se transforma en algo que ninguno de los dos puede controlar. Cada sonrisa de Clara los acerca. Cada roce accidental enciende algo prohibido. Y mientras Eduardo lucha contra lo que siente por la mujer que le devolvió la luz, alguien observa desde las sombras, dispuesta a destruir todo lo que Alana ha construido.
Entre la pasión que crece, los secretos que acechan y una obsesión peligrosa que amenaza con arrasar con todo, Eduardo tendrá que decidir: seguir escondiéndose detrás de su armadura de hielo... o arriesgarlo todo por el amor que jamás creyó merecer.
Una historia de segundas oportunidades, amor prohibido y la familia que el destino tenía reservada.
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Capítulo 8 — Amor de padre
El reloj marcaba exactamente las 9:17 de la noche cuando el auto negro de Eduardo atravesó los portones de la mansión Belmont.
Por primera vez en muchos meses, no llegó de madrugada.
No había olor a bebida cara.
Ni el peso de una noche vacía.
Solo el silencio de su propia conciencia.
Al entrar, Doña Adelaide levantó la mirada desde el sillón de la sala.
Su expresión fue de sorpresa.
— Señor Eduardo…
Casi sonrió.
— Volvió temprano.
Eduardo se quitó el saco lentamente.
— Dije que volvería.
El ama de llaves asintió, pero su mirada decía que aún no estaba acostumbrada a ver promesas cumplidas.
— Clara todavía está despierta.
La frase hizo que algo se moviera dentro de él.
— ¿Todavía?
— Sí.
Adelaide se puso de pie.
— Está inquieta desde el final de la tarde.
Los pasos de Eduardo se hicieron más lentos.
— ¿Lloró?
El ama de llaves lo observó por un segundo.
— Mucho.
El pecho se le oprimió.
Sin decir nada más, subió las escaleras.
El pasillo del piso superior estaba en silencio, excepto por pequeños quejidos que venían del cuarto al final del corredor.
El cuarto de Clara.
Al acercarse a la puerta, escuchó un llanto bajito.
Frágil y necesitado.
Eduardo respiró hondo antes de girar la perilla.
La luz de la lámpara infantil iluminaba el ambiente en tonos suaves de rosa y blanco.
Mariposas decoraban las paredes.
La cuna blanca estaba en el centro del cuarto.
Y ahí estaba Clara.
Sentadita, en pijama rosado, los ojitos grandes humedecidos por las lágrimas.
El pequeño osito apretado entre los brazos.
En cuanto vio a su papá en la puerta, se quedó quieta.
Los ojitos castaños se abrieron grandes.
Por un segundo, el cuarto quedó en completo silencio.
Entonces sus bracitos se levantaron de inmediato hacia él.
— Da-da…
La voz salió mimosa.
Eduardo sintió que el corazón se le apretaba de una manera que no sentía desde hacía mucho tiempo.
Se acercó despacio.
Cuando la tomó en brazos, Clara de inmediato acurrucó el rostro en su hombro.
El llanto cesó casi al instante.
Como si todo lo que necesitara fuera eso.
Presencia.
El pecho de Eduardo subió y bajó con una respiración más pesada.
Esa sensación era extraña.
Pero al mismo tiempo… profundamente familiar.
El aroma suave del champú infantil lo hizo recordar a Eleonor sosteniendo a Clara recién nacida.
El recuerdo llegó como un golpe.
Por un momento, cerró los ojos.
— ¿Me extrañaste, pequeña?
Clara gimoteó bajito, agarrándose al cuello de la camisa de él.
La respuesta silenciosa fue suficiente.
Eduardo se sentó en el sillón junto a la cuna, todavía con su hija en brazos.
Comenzó a mecerla suavemente.
— Lo sé…
La voz salió baja.
Casi un susurro.
— Papá se tardó demasiado.
Clara levantó el rostro y lo miró.
Los ojos tan parecidos a los de Eleonor que el pecho le dolió.
Ella llevó la manita al rostro de él, tocando con suavidad su barba.
Un gesto inocente.
Pero poderoso.
Eduardo sostuvo la manita entre sus dedos.
— Tu mamá me regañaría mucho.
Una sonrisa triste apareció por primera vez en meses.
— Y con razón.
Clara soltó un pequeño sonido parecido a una risita cansada.
Y después bostezó.
Eduardo volvió a sonreír.
Esta vez, de verdad.
Se quedó ahí largos minutos, solo meciendo a su hija, escuchando su respiración desacelerarse.
Hasta que Clara se durmió.
Serena y protegida.
La cabeza apoyada en su pecho.
Eduardo la observó en silencio.
Ese pequeño ser dependía completamente de él.
Y, por primera vez, eso dejó de parecerle una carga.
Le pareció un propósito.
Con todo cuidado, la colocó en la cuna y acomodó la cobija sobre su cuerpecito.
Antes de salir, sin embargo, se quedó parado en la puerta.
Mirándola.
Dormida en paz.
Recordó las palabras de Doña Adelaide.
"Ella necesita a su papá."
Tal vez Adelaide tuviera razón.
Tal vez Clara fuera lo único capaz de traerlo de vuelta.
Eduardo apagó la luz del cuarto, dejando solo la lámpara encendida.
Y antes de cerrar la puerta, murmuró:
— Buenas noches, mi princesa.
En el pasillo, se llevó la mano al pecho.
El corazón todavía oprimido.
Pero, por primera vez en mucho tiempo… no por el dolor. Sino por algo mucho más importante.
La esperanza.