Hace seis años, Tania era la esposa perfecta: dulce, paciente y profundamente enamorada. Sin embargo, en el nido de víboras que es la familia Durantt, su bondad fue tomada por debilidad. Manipulada por su suegra y víctima de una elaborada trampa orquestada por el primer amor de Nicolás, Tania fue acusada de una traición que jamás cometió. Nicolás, cegado por su arrogancia y posesividad, le entregó los papeles del divorcio y la expulsó de su vida sin darle el beneficio de la duda.
Hoy, la mujer que regresa no guarda rastro de aquella chica sumisa. Tania vuelve como una empresaria de éxito, con una mirada gélida y una fuerza física y mental capaz de derribar imperios. Su único objetivo es proteger el legado de su hijo, Nico, el heredero secreto que Nicolás nunca supo que existía. Cuando sus mundos vuelven a colisionar, Nicolás descubre que la "fiera" que él mismo despertó no está dispuesta a perdonar fácilmente, y que recuperar su amor será la batalla más difícil de su vida
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capitulo 22
Elisa Ferrán siempre había sido una experta en el arte de la fragilidad. Durante años, su papel de "víctima delicada" había sido el escudo perfecto para ocultar una ambición que rivalizaba con la de la propia Elena Durantt. Al ver que Nicolás estaba perdiendo el control sobre su imperio y, lo que era peor, que su obsesión por Tania crecía como una enredadera venenosa, Elisa decidió que era momento de ejecutar su mejor actuación.
La escena fue montada con una precisión quirúrgica en el salón principal de la casa de campo de los Ferrán. Nicolás había sido citado bajo el pretexto de una "crisis de pánico" que, según la madre de Elisa, la joven no podía controlar.
Cuando Nicolás entró en la estancia, el ambiente estaba cargado con el olor a lavanda y sales de amoníaco. Elisa estaba desplomada en un diván de terciopelo, con el cabello estratégicamente desordenado y una palidez que debía mucho a un maquillaje bien aplicado. Sus manos temblaban mientras sostenía una taza de té vacía.
—Nicolás... viniste —susurró ella, con una voz que apenas era un hilo de aire—. Lo siento tanto, no quería molestarte con mis debilidades. Es solo que... las noticias sobre esa mujer, la presión en la junta... siento que el mundo se derrumba.
Nicolás se acercó y se sentó en el borde del diván. Por años, este gesto habría sido automático; proteger a Elisa era parte de su código de honor de la infancia. Sin embargo, mientras tomaba sus manos frías, una sensación de extrañeza lo invadió. Los gestos de Elisa le parecieron, por primera vez, coreografiados.
—Tranquila, Elisa. El médico ya viene —dijo él, tratando de sonar reconfortante, pero su voz carecía de la calidez de antaño—. No debes dejar que los asuntos de negocios te afecten así.
—No es el negocio, Nicolás. Es que te veo sufrir —sollozó ella, dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla—. Esa mujer, Tania... ha vuelto solo para destruirte. Te tiene acorralado, ha humillado a tu madre. Me aterra pensar en lo que puede hacerle a tu mente. Yo soy la única que te conoce de verdad, la que siempre ha estado aquí, sin pedirte nada a cambio de mi amor.
Nicolás la miró, y por un momento, la imagen de Elisa se superpuso con la de Tania en el jardín botánico. Elisa representaba la comodidad, el pasado estático, una sumisión que alimentaba su ego. Pero Tania... Tania era una fuerza magnética, un desafío que lo obligaba a mirar el abismo de sus propios errores.
Mientras Elisa se aferraba a su brazo, fingiendo un espasmo de ansiedad, Nicolás no podía dejar de pensar en la firmeza de la mandíbula de Tania y en la forma en que ella lo miraba sin parpadear. La fragilidad de Elisa, que antes le despertaba el instinto de héroe, ahora le resultaba extrañamente agotadora.
—Nicolás, prométeme que no dejarás que ella gane —insistió Elisa, hundiendo el rostro en su hombro—. Quédate conmigo esta noche. Tengo miedo de estar sola con estos pensamientos. Siento que si te vas, ella terminará por absorber lo último que queda de ti.
Elisa apretó su agarre, buscando el contacto físico que solía someterlo. Sin embargo, Nicolás sintió una punzada de rechazo. Recordó la bofetada de Tania en el colegio: un dolor honesto, una furia real, una pasión que, aunque dirigida al odio, era infinitamente más viva que las caricias lánguidas de Elisa.
—No puedo quedarme, Elisa —dijo él, despegándose suavemente—. Tengo una reunión con los auditores de Atlas Global mañana temprano. Tania ha bloqueado las cuentas de la constructora y tengo que encontrar una salida legal.
El nombre de "Tania" pronunciado por él fue como un puñal para Elisa. Sus ojos, cerrados por la supuesta crisis, se abrieron con un destello de odio que Nicolás no alcanzó a ver.
—¿Incluso ahora prefieres ir a pelear con ella que cuidarme a mí? —preguntó Elisa, su voz perdiendo un poco de su fragilidad fingida—. Ella te desprecia, Nicolás. Te trata como a un empleado. ¿Dónde está tu orgullo?
—Mi orgullo se murió el día que vi a mi hijo y me di cuenta de que ella lo crió para ser mejor que yo —respondió Nicolás, poniéndose de pie—. Lo siento, Elisa. Descansa. Mañana enviaré a mi médico personal para que te revise a fondo.
Nicolás caminó hacia la puerta. Elisa se incorporó en el diván, la máscara de víctima cayendo por completo.
—¡Ella te va a destruir! —gritó Elisa, su voz ahora aguda y llena de veneno—. ¡Te va a dejar sin nada y luego se irá con tu hijo para que nunca vuelvas a verlo! ¡Yo soy la única que te ofrece una familia de verdad!
Nicolás se detuvo en el umbral, pero no se giró.
—Tania ya me quitó todo lo que se podía comprar con dinero, Elisa. Y curiosamente, es la primera vez en años que siento que estoy empezando a ver la realidad.
Salió de la casa de campo y se subió a su coche. El aire nocturno le refrescó el rostro. Mientras conducía de regreso a la ciudad, la imagen de Elisa se desvaneció de su mente como humo. Solo quedaba Tania. Su magnetismo, su crueldad justificada, su inteligencia letal. Nicolás entendió que la trampa de Elisa había fallado porque él ya no buscaba un refugio donde esconderse; buscaba una redención que solo la mujer que lo odiaba podía darle.
Elisa, en el salón ahora vacío, arrojó la taza de té contra la chimenea, haciéndola pedazos. La fragilidad se había convertido en una furia fría.
—Si no puedes ser mío por las buenas, Nicolás, entonces me aseguraré de que Tania sea la que te dé el golpe de gracia —susurró Elisa—. Pero tú no te quedas con ella. Antes prefiero ver tu imperio en cenizas.
La trampa de la villana no había logrado atraer a Nicolás, pero había servido para confirmar que la guerra ya no tenía tres bandos, sino uno solo: Nicolás intentando alcanzar a una Tania que ya estaba a años luz de distancia de su alcance.