Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo XIV Miedos
Punto de vista de Isabella
El resplandor de la pantalla del celular era la única luz en la penumbra de la cabaña. Afuera, el sonido de los grillos y el romper de las olas marcaban un ritmo tranquilo, pero mi corazón latía con la violencia de una tormenta. Tenía los dedos entumecidos de tanto deslizarlos sobre las imágenes que ya eran virales en todas las redes sociales.
—No puede ser... —susurré, acercando la imagen hasta que los píxeles se distorsionaron.
Era la foto principal de la recepción. "Isabella Castillo", o mejor dicho, la mujer que me estaba suplantando, aparecía de pie junto a Alexander. Llevaba el vestido de novia con una distinción que me dejó sin aliento. Pero no era el vestido lo que me perturbaba; era su expresión.
Elena no se veía asustada. No parecía la mesera tímida que encontré en la calle hace apenas unos días. Sus hombros estaban perfectamente alineados, su barbilla levantada con una soberbia natural y, sobre todo, su mirada tenía una chispa de autoridad que yo misma pocas veces lograba proyectar sin ayuda del alcohol o la rebeldía.
—¿Qué pasa, amor? ¿Aún no puedes dormir? —Felipe entró en la habitación, frotándose los ojos, y se sentó al borde de la cama.
Le mostré la pantalla. Él miró la foto un par de segundos y luego me miró a mí, confundido.
—Se ve... igual a ti, Isa. Es increíble. El plan salió perfecto. Deberías estar celebrando, nadie sospecha nada.
—Ese es el problema, Felipe —respondí, sintiendo un nudo de envidia corrosiva en la garganta—. Mírala. Mira cómo sostiene la copa. Mira cómo mira a Alexander. Esa no es la imagen de una chica aterrada de ser descubierta. Está... está brillando.
Me levanté de la cama y empecé a caminar de un lado a otro por el pequeño espacio. Me sentía pequeña, casi invisible. Mientras yo estaba aquí, escondida en una cabaña con olor a humedad y usando ropa que me quedaba grande, esa mujer estaba en el salón más lujoso del país, siendo adorada por la prensa y respetada por la élite.
—¿No es eso lo que queríamos? —insistió Felipe, tratando de calmarme—. Ella hace el trabajo sucio y nosotros somos libres.
—Sí, pero yo esperaba que fuera un desastre, que apenas pudiera sostenerse en pie —confesé, y mi voz sonó más amarga de lo que pretendía—. Esperaba que Alexander la humillara y ella saliera huyendo. Pero mira esto... —señalé otra foto donde se veía a Elena respondiéndole algo a Alexander con una sonrisa gélida—. Ella lo está enfrentando. Lo está poniendo en su lugar con una elegancia que yo nunca tuve.
Sentí una punzada de miedo. ¿Qué pasaría si el mundo prefería a esta "Isabella"? ¿Qué pasaría si, cuando el contrato terminara y yo decidiera regresar, Alexander o mi padre dijeran que preferían a la otra? Elena no estaba simplemente actuando; estaba mejorando mi versión. Estaba borrando mis errores con su impecable compostura.
—Isa, tranquila. Es solo una foto —Felipe intentó abrazarme, pero me aparté.
—No es solo una foto, Felipe. Es mi vida. Ella se está quedando con mi vida y lo está haciendo mejor que yo.
Me acerqué a la pequeña ventana que daba al mar. La libertad que tanto había ansiado ahora me sabía a ceniza. Ver a Elena tan segura de sí misma, tan dueña de un mundo que yo siempre odié pero que era lo único que conocía, me hizo darme cuenta de algo aterrador: al darle mi rostro y mi nombre, le había dado también el poder de borrarme para siempre.
—Espero que no te olvides de quién eres, Elena —susurré para mis adentros, mirando el reflejo borroso de mi propio rostro en el cristal—. Porque si te acostumbras demasiado a esa corona, voy a tener que quitártela yo misma.
Punto de vista de Alexander
No podía negar que ver a Isabella entrar por el pasillo de la iglesia me llenó de un orgullo retorcido. Aunque por fuera mi rostro era una máscara de absoluta frialdad, por dentro mi ego se había inflado; casarme con la mujer más bella de la ciudad despertaba la envidia de muchos. Sin embargo, el veneno de la memoria es persistente. Recordar las fotos de los tabloides, donde ella aparecía rodeada de hombres en actitudes comprometedoras, hizo que mi corazón se endureciera de nuevo. Aquella belleza era solo un envoltorio para una mujer sin escrúpulos.
Tras las palabras del sacerdote, pronuncié el "sí" que marcaba el inicio de mi encarcelamiento legal. Cuando le tocó el turno a ella, la vi dudar por un segundo; sus ojos buscaron algo en el vacío antes de recuperar la compostura y aceptar el compromiso. Este era el inicio del infierno para ambos, y se lo dejé claro al oído en cuanto tuvimos oportunidad: llevar mi apellido no la hacía dueña de mi vida.
Terminada la recepción, salimos hacia nuestra supuesta "luna de miel". Teníamos que aparentar ser la pareja del año ante los flashes, pero una vez que las puertas del avión privado se cerraron, la farsa se detuvo. Ella se retiró de inmediato a la cabina de descanso y yo me quedé en el área social, bebiendo sin control. Era la única forma que encontraba para soportar la primera noche de mi nuevo estado civil sin perder los estribos.
Después de un par de horas de vuelo, aterrizamos en nuestro destino. Isabella ya se había quitado el ostentoso vestido de novia; ahora llevaba unos jeans anchos y una camisa holgada que le daban un aire sorprendentemente natural. La verdad, verla así me descolocó. Sin el exceso de joyas y el maquillaje pesado de la fiesta, se veía... hermosa. De una forma casi inocente que no encajaba con la mujer que yo creía conocer.
—¿Qué tanto miras? ¿Se te perdió una igual? —su comentario, cargado de esa nueva altanería defensiva, me hizo soltar una risa cínica. —La vida no puede ser tan cruel; el mundo sería un caos con dos como tú —respondí, desviando la mirada hacia la oscuridad de la noche a través de la ventana del auto que nos trasladaba.
Llegamos a un hotel de cinco estrellas propiedad de mi familia. Aquí, el escenario cambiaba: debíamos mostrarnos afectuosos. Sabía que mi abuelo habría dispuesto ojos y oídos en cada rincón para vigilar mis movimientos.
—Disimula, querida. Estamos siendo observados —le susurré al bajar del vehículo.
La tomé de la mano, entrelazando nuestros dedos como si fuéramos una pareja real. Sentí un ligero escalofrío recorrer su brazo, pero ella no se apartó. Un empleado nos dio la bienvenida con una reverencia y nos dirigió directamente a la suite presidencial, saltándose todo el proceso de registro.
Entramos a la habitación que el abuelo había dispuesto para nosotros. Era un despliegue de lujo digno de los apellidos Castillo y Volkov: techos altos, suelos de mármol y una vista impresionante. Pero mi atención se centró en un detalle que nos dejaría sin escapatoria.
—Solo hay una cama, Alexander —dijo ella, y por primera vez en toda la noche, escuché una nota de auténtico pánico en su voz.
Me giré hacia ella, soltando su mano con brusquedad. La ironía de la situación me golpeó.
—Parece que mi abuelo tiene planes más específicos para nuestra noche de bodas de los que ambos imaginamos —sentencié, quitándome la corbata con un gesto violento—. Espero que seas tan buena actriz en la intimidad como lo fuiste en el altar, porque de aquí no salimos hasta que el sol asome, y el servicio de habitación tiene órdenes de no interrumpir "a los recién casados".
La miré fijamente, esperando su respuesta mordaz, pero ella solo se quedó allí, de pie en medio de la opulencia, luciendo más pequeña y vulnerable de lo que Alexander Volkov estaba dispuesto a admitir.
ojalá no bajen la Guardia