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Dos Lobos, Una Luna

Dos Lobos, Una Luna

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Mujer poderosa / Amor eterno / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: clau21

Elena una chica humana, se ve atrapada entre dos alfas: Kael, Príncipe de los lobos de Luna Plateada, y Roran, Alfa Supremo de la manada de Ceniza que todos daban por muerta/extinta. Ambos la reclaman, se enfrentan por ella, pero Elena se niega a elegir.

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capitulo 5

...La Decisión de Elena...

...****************...

El auto olía a cuero viejo, gasolina y a ellos dos.

Elena iba en el asiento trasero, en silencio, con la muñeca izquierda apoyada sobre el regazo como si tuviera miedo de que la marca desapareciera si la soltaba. Kael conducía. Roran iba de copiloto, vigilando el retrovisor cada 10 segundos como si esperara que el consejo de Luna Plateada apareciera en cualquier momento con un ejército.

Nadie hablaba. No porque no hubiera nada que decir. Sino porque había demasiado.

Salieron de Monte luna por la carretera vieja, la que va hacia las montañas del norte. A los 40 minutos los edificios desaparecieron y solo quedaron pinos, neblina y silencio. A la hora y media, Kael tomó un desvío de terracería que no aparecía en ningún mapa. A las dos horas, llegaron.

La casa estaba escondida en un valle rodeado de montañas. De piedra, madera oscura, tres pisos, y cero vecinos en 20 kilómetros a la redonda. Era de Roran. Según dijo, "perteneció a mi padre. Nadie la ha tocado desde la masacre".

Elena no sabía si eso la hacía sentir más segura o más aterrada.

"Es segura", dijo Kael mientras bajaba sus cosas. "Nadie nos encuentra aquí sin permiso".

"Y si lo hacen", añadió Roran cerrando la puerta tras ella con un clic que sonó definitivo, "morirán antes de llegar a la puerta".

Elena no respondió. No tenía energía para discutir con él.

La casa era fría, pero limpia. Olía a madera, a humo de leña, y a algo que solo podía describir como "ellos". Roran la llevó a una habitación en el segundo piso. Cama grande, ventana que daba al bosque, baño privado.

"Es tuya", dijo. "Nadie entra sin que tú digas".

"¿Y si digo que nadie entre nunca?", preguntó Elena.

"Entonces nadie entra", respondió. Sin discutir. Sin negociar.

Eso la desarmó más que cualquier amenaza.

Kael se quedó abajo. Le dijo que le daría espacio. Roran hizo lo mismo. Ambos se fueron, dejándola sola con su cabeza y con la marca que seguía ahí, tenue, bajo la piel.

Elena se sentó en la cama y se quedó mirando la pared por dos horas.

---

Cuando bajó, eran las 9 p.m. Había cenado un sándwich que encontró en la cocina y se había duchado con agua tan caliente que le dolía la piel. Necesitaba sentir algo real. Algo que no fuera el vínculo, la marca, o la sensación de que su vida ya no le pertenecía.

Los encontró en la sala. Chimenea encendida, dos copas de whisky sin tocar sobre la mesa, y ellos dos sentados a tres metros de distancia como si estuvieran en una tregua frágil.

Se pusieron de pie cuando ella entró.

"No tienes que estar aquí si no quieres", dijo Kael.

"Quiero respuestas", dijo Elena. "Y quiero que sean reales. Sin rodeos. Sin mentiras por mi bien".

Roran asintió.

"Pregunta".

Elena se sentó en el sillón individual, frente a ellos. Puso distancia física. Necesitaba espacio para pensar.

"Primero: ¿qué pasa si digo que no? Que no quiero esto. Que no quiero el vínculo, ni las manadas, ni ustedes".

Kael se tensó. Roran se quedó quieto.

"Entonces te dejamos ir", dijo Kael. "Te escoltamos fuera del territorio. Borrados los rastros. Vivirías como humana. Nunca más te encontrarían".

"¿Y el consejo?", preguntó.

"Vendrán por ti tarde o temprano", dijo Roran. "Pero si no tienes el vínculo activo, no les sirves. Te matarían para evitar que Ceniza se levante".

Elena sintió un nudo en el estómago.

"Bonito. Así que mi opción es vincularme o morir".

"No", dijo Kael rápido. "Mi opción es protegerte aunque digas que no. Roran hará lo mismo. No dejaremos que te maten".

"¿Y por qué?", preguntó Elena. "¿Por honor? ¿Por culpa? ¿Por qué me miraron y decidieron que soy importante?"

Roran la miró directo a los ojos.

"Porque cuando te vi, sentí algo que no sentía desde que tenía 12 años. Paz. Y porque tu madre me pidió que te protegiera. Le di mi palabra".

"¿Y tú?", le preguntó a Kael.

Kael bajó la mirada un segundo. Cuando la levantó, no había orgullo. Solo verdad.

"Porque mi padre destruyó a tu familia. Y porque desde que te vi en ese callejón, supe que si te perdía, me perdería a mí también. No sé explicarlo mejor".

Elena exhaló. No era una respuesta romántica de película. Pero era honesta.

"Segunda pregunta", dijo. "¿Qué es exactamente este vínculo? Porque anoche sentí sus pensamientos. Sentí... cosas".

Roran se inclinó hacia adelante.

"El vínculo de Ceniza es triple. No es como el vínculo normal entre alfa y Luna. Normalmente es uno a uno. El alfa marca, la Luna obedece. Hay jerarquía".

"Yo no obedezco a nadie", dijo Elena.

"Lo sé", dijo Roran. Una pequeña sonrisa. "Por eso el vínculo de Ceniza es diferente. Son tres iguales. Los dos alfas te dan fuerza, protección, instinto. Tú les das equilibrio, razón, humanidad. Si uno cae, los otros dos lo sostienen. Si uno muere, los otros dos lo sienten, pero no mueren con él. Es raro. Casi extinto".

"¿Y qué pasa si acepto?", preguntó Elena.

"Sentirás todo", dijo Kael. "Nuestro dolor. Nuestra ira. Nuestra necesidad de protegerte. Y nosotros sentiremos lo tuyo. No podrás mentirnos por mucho tiempo. No podrás ocultarnos si algo está mal".

Elena se quedó quieta. La idea la aterraba y la atraía al mismo tiempo.

"¿Y sexualmente?", preguntó. Directo. Sin rodeos.

Roran no se sonrojó. Kael sí.

"Si el vínculo se completa, sí", dijo Roran. "Pero no es obligatorio. Y no pasa hasta que tú digas. La marca te protege. Nadie puede forzarte. Ni nosotros".

Elena asintió. Esa era la respuesta que necesitaba.

"Tercera pregunta", dijo. "¿Qué pasa con sus manadas? ¿Qué pasa cuando se enteren de que los dos quieren a la misma Luna?"

Kael cerró los ojos.

"Guerra", dijo simple. "O división. Mi consejo no aceptará a Roran. El suyo no me aceptará a mí".

"Entonces me están pidiendo que elija entre ustedes o que los ponga a pelear por mí", dijo Elena.

"No", dijo Roran. "Te estamos pidiendo que decidas si quieres intentarlo. Las manadas pueden esperar. O pueden cambiar. Pero no si tú no quieres".

Elena se levantó. Empezó a caminar por la sala. Necesitaba moverse.

"¿Y mi vida?", preguntó. "¿Qué pasa con mi trabajo, mi departamento, mi gente? ¿Se acabó?"

"No", dijo Kael. "Puedes volver. Puedes seguir siendo bibliotecaria. Nadie te lo va a quitar. Pero no puedes hacerlo sola. No con el consejo buscándote".

"Así que me escondo aquí para siempre".

"Hasta que seas lo suficientemente fuerte para salir", dijo Roran. "Hasta que el vínculo esté estable. Hasta que puedas defenderte sola".

Elena se detuvo frente a la chimenea. El fuego se reflejaba en sus ojos.

"Cuarta pregunta", dijo. "¿Qué pasa si intento esto y luego me arrepiento?"

Roran y Kael se miraron.

"Se puede romper", dijo Roran. "Duele. Mucho. Pero se puede. No quedarías marcada de por vida".

"Pero no sin consecuencias", añadió Kael. "Para los tres. Si rompes el vínculo después de completarlo, nos debilitas. A los tres".

Elena asintió.

"Quinta pregunta. La última por hoy. ¿Qué quieren ustedes de mí, aparte del vínculo?"

Silencio.

Roran habló primero.

"Quiero que vivas. Quiero que seas libre. Quiero que conozcas quién eras antes de que tu madre te escondiera. Quiero que seas mi Luna, si tú quieres. Pero no te voy a rogar".

Kael habló después.

"Yo quiero que seas feliz. Aunque eso signifique que no sea conmigo. Pero si hay una posibilidad de que puedas quererme, de que puedas confiar en mí, la voy a tomar. Y la voy a cuidar".

Elena los miró a los dos. Dos hombres peligrosos, poderosos, que podían romperla en dos con una mano. Y ambos le estaban dando el control.

Eso era lo que la convencía más que cualquier discurso.

"Bien", dijo.

Los dos se tensaron.

"Bien, ¿qué?", preguntó Kael.

"Bien, lo intentaré", dijo Elena. "Pero con condiciones".

Roran sonrió.

"Escucho".

"Uno: Nadie me toca sin mi permiso. Ni besos, ni abrazos, ni nada. Yo marco el ritmo".

"Hecho", dijo Kael al instante.

"De acuerdo", dijo Roran.

"Dos: Sigo siendo bibliotecaria. Voy a volver a trabajar cuando yo quiera. No me van a encerrar aquí".

"Hecho", dijo Kael.

"De acuerdo", dijo Roran. "Pero con seguridad".

"Tres: Si pelean entre ustedes por mí, se acabó. No voy a ser el premio de una pelea de perros".

"De acuerdo", dijeron los dos al mismo tiempo.

"Cuatro: Quiero saber todo. Sobre mi madre, sobre Ceniza, sobre lo que pasó hace 20 años. No más secretos".

"Hecho", dijo Roran. "Te contaré todo".

"Cinco", dijo Elena. Su voz bajó un tono. "Si en algún momento siento que esto no es para mí, se acaba. Sin culpa. Sin reproches. Me dejan ir".

Kael cerró los ojos un segundo. Le dolió. Se notaba.

"De acuerdo", dijo.

Roran asintió.

"De acuerdo".

Elena exhaló. Sentía como si hubiera corrido una maratón.

"Entonces", dijo. "¿Qué sigue?"

Kael se acercó un paso. No más. Respetando su espacio.

"Ahora descansas", dijo. "Mañana empezamos con el entrenamiento básico. Aprenderás a sentir el vínculo sin que te duela. Aprenderás a usar la marca".

"¿Entrenamiento?", preguntó Elena.

"Para que no te mate el consejo la próxima vez que vengan", dijo Roran. Sin tacto, como siempre.

Elena asintió. Tenía sentido.

"Y después", dijo Kael, "hablamos de lo otro. Si quieres".

"¿Lo otro qué?"

"De nosotros", dijo Roran. "De lo que sientes cuando estamos cerca. De lo que la marca te dice".

Elena no respondió. No tenía respuesta.

Subió a su habitación a las 11 p.m. Se duchó otra vez, se metió en la cama, y se quedó mirando la marca en su muñeca.

Dormir fue imposible. Cada vez que cerraba los ojos, sentía dos presencias en la casa. Una abajo, leyendo en la sala. Otra en el pasillo, afuera de su puerta, sin entrar.

Protegiendo.

A las 3 a.m. se levantó. Abrió la puerta.

Roran estaba ahí, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados. No parecía sorprendido de verla.

"¿No puedes dormir?", preguntó.

"No", dijo Elena. "¿Tú sí?"

"Nunca duermo bien cuando ella está cerca", dijo. "Me mantiene despierto".

Elena se apoyó en el marco de la puerta.

"¿Tienes miedo?", preguntó.

"Sí", dijo Roran. Sin dudar. "Miedo de cagarla. Miedo de perderte. Miedo de que cuando veas todo lo que soy, te vayas".

Elena lo miró. Por primera vez vio la grieta debajo de la armadura.

"Yo también tengo miedo", dijo. "De esto. De ustedes. De mí".

Roran asintió.

"Entonces tenemos algo en común".

Se quedaron en silencio un minuto. Solo el sonido del viento afuera.

"Buenas noches, Roran", dijo Elena.

"Buenas noches, Luna", respondió él.

Elena cerró la puerta, pero no con llave.

No esta vez.

---

A la mañana siguiente, Kael la despertó con café y pan tostado. Sin entrar. Lo dejó en la puerta.

"Desayuno", dijo desde afuera. "Cuando estés lista, bajamos al claro. Empezamos con control de vínculo".

Elena se vistió rápido. Jeans, sudadera, tenis. No quería parecer que se había arreglado para ellos. Aunque lo había hecho un poco.

El claro estaba a 10 minutos caminando detrás de la casa. Un espacio abierto, rodeado de árboles, con un círculo de piedras en el centro.

"Esto es un círculo de vinculación antiguo", explicó Kael. "Aquí es más fácil controlar la marca".

Roran estaba ahí ya. Esperando.

"Bien", dijo Roran. "Siéntate en el centro".

Elena lo hizo.

"Cierra los ojos", dijo Kael. "Respira. Busca el hilo".

"¿Qué hilo?"

"El que te conecta a nosotros", dijo Roran. "Está ahí. Tíralo".

Elena cerró los ojos. Respiró.

Y ahí estaba. Dos hilos plateados saliendo de su pecho. Uno iba hacia Kael. Caliente, constante, como fuego que no quema. El otro iba hacia Roran. Frío, estable, como hielo que no congela.

Tiró de ambos.

El mundo se inclinó.

De golpe sintió el cansancio de Kael por no dormir. Sintió la tensión en los hombros de Roran por vigilar toda la noche. Sintió el olor a pino, a lluvia, a ellos dos.

"Lo siento", dijo con los ojos cerrados.

"Bien", dijo Kael. "Ahora suéltalo un poco. No tienes que cargarlo todo".

Elena soltó. Un poco. El peso disminuyó.

"¿Ves?", dijo Roran. "Es controlable".

Pasaron tres horas así. Elena aprendiendo a abrir y cerrar el vínculo. A sentir sin ahogarse. A escuchar sin perder su propia voz.

Al final, estaba agotada. Pero no asustada.

"Bien hecho", dijo Kael, ayudándola a levantarse.

Elena sonrió. La primera sonrisa real desde que todo empezó.

"Gracias", dijo.

Roran asintió desde lejos. No dijo nada. No necesitaba.

De regreso a la casa, el teléfono de Kael vibró. Lo sacó. Leyó. Su cara se puso pálida.

"¿Qué pasa?", preguntó Elena.

"El consejo", dijo Kael. "Convocaron a una reunión de emergencia. Dicen que si no entrego a la Luna de Ceniza en 48 horas, declaran la guerra a Roran".

Elena se detuvo en seco.

"¿Y si no lo hago?"

"Entonces hay guerra", dijo Roran. "Y esta vez, no seremos solo nosotros tres".

Elena miró su muñeca. La marca brillaba apenas visible bajo la manga.

"Bien", dijo. "Entonces será mejor que me enseñen a pelear. Rápido".

Kael y Roran intercambiaron una mirada.

"Va a ser duro", dijo Roran.

"Lo sé", dijo Elena. "Pero no voy a esconderme más".

Y por primera vez, lo decía en serio.

1
Rosa Pandui
Que suerte tiene
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