Camila era enfermera y estaba casada con el hombre que creía perfecto: el doctor Santiago, un ginecólogo-obstetra brillante y respetado. Pero detrás de la puerta de su mansión, la realidad era otra. Santiago la trataba con una frialdad glacial, jamás le tocó el vientre durante los nueve meses de embarazo y se negó a atenderla la noche en que rompió aguas. Su bebé no sobrevivió. O eso le dijeron.
Tres años después, Camila ha reconstruido su vida como enfermera pediátrica. Un día ingresa de urgencia un niño de tres años llamado Mateo, con traumatismo craneal y una fractura abierta. Necesita una transfusión de sangre A-negativo —un tipo rarísimo— y Camila resulta ser compatible. Le dona su propia sangre y le salva la vida. Al despertar, Mateo la mira fijamente y la llama *Mamita*.
Lo que parece el capricho inocente de un niño asustado se convierte en un vínculo imposible de romper. Mateo se niega a comer, a dormir y a dejarse curar por nadie que no sea Camila. Pero Mateo tiene una madre: Luna, una actriz glamurosa que abandonó a su hijo por su carrera, y un padre cuya identidad Camila aún desconoce.
Cuando la verdad salga a la luz —sobre el bebé que Camila creyó muerto, sobre la sangre que comparte con Mateo, sobre el fraude que lo arrancó de sus brazos— nada volverá a ser como antes. Ni para ella, ni para Santiago, ni para el niño que siempre supo quién era su verdadera madre.
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Capítulo 6
—Camila —dijo el doctor Gabriel, seguido de la enfermera Andrea; ambos se detuvieron, sorprendidos al ver la cercanía entre Camila y Mateo.
Camila solo sonrió mirando al doctor Gabriel y le pidió que examinara a Mateo. Sin embargo, Mateo se aferró con fuerza a Camila como si temiera que la mujer a quien llamaba mamá se fuera. —Solo quiero estar con Mamá… —dijo Mateo con mimo.
El médico e Andrea se miraron, extrañados y confundidos; era la primera vez que un paciente se encaprichaba así con una enfermera, especialmente siendo Mateo un niño pequeño al que normalmente costaba mucho acercarle cualquier persona que no fuera su madre.
—¿Hay algo que te preocupe, Camila? —preguntó Gabriel, que se había alarmado cuando Camila lo llamó para que regresara rápido a la sala. Pero al ver a Mateo tan cómodo en el regazo de Camila, se quedó tranquilo. El doctor Gabriel se adelantó y se inclinó para examinar la herida en la frente de Mateo, que aún llevaba vendaje.
—No, doctor, pero me temo que Mateo esté desorientado a causa del golpe en la cabeza. Es que… me llama mamá —le confió Camila, preocupada de que la actitud de Mateo se debiera a una conmoción cerebral.
—Mamá… —Mateo retiró el rostro del pecho de Camila y la miró con tristeza; al parecer, el niño había entendido bastante bien lo que Camila le estaba diciendo al médico.
—Sí… hijo mío —Camila cedió al final—. Un momento, cariño… el doctor te va a revisar primero, ¿sí? —le dijo con suavidad para convencerlo. Después de que Mateo asintió resignado, Camila lo recostó en la camilla de exploración.
—Gracias a Dios… ya está estable, Camila… —dijo Gabriel, y luego le pidió a la enfermera Andrea que anotara la evolución de Mateo.
—¿Entonces Mateo no tiene ningún problema cognitivo, doctor? —preguntó Camila, con la esperanza de que fuera así.
—Vamos a ver cómo evoluciona Mateo en los próximos días, Camila —respondió el médico. Mientras hablaban sobre la salud de Mateo, el niño se quedó dormido profundamente.
—Quizás Mateo ya no tiene mamá, y por eso te ve así —aventuró Andrea, con su propia teoría.
—No, Andrea. Según la abuela de Mateo, sus padres están en el extranjero —aclaró Camila, tal como le había dicho la abuela.
—Hay muchas posibilidades; quizás los padres de Mateo están demasiado ocupados —intervino el doctor Gabriel. Pensaba que a Mateo le faltaba cariño.
Camila asintió; ella pensaba lo mismo que Gabriel.
—Lo mejor es que llames a la familia de Mateo, Andrea —ordenó el doctor Gabriel, para que la familia de Mateo viniera a cuidarlo y Camila pudiera descansar. Gabriel siempre se preocupaba por Camila.
—Bien, doctor —respondieron Camila e Andrea, mientras veían salir a Gabriel de la sala.
—Camila, y si el papá de Mateo resulta ser viudo, y si Mateo no se quiere separar de ti, prepárate para ser esposa de un viudo. ¡Jijiji…!
—Ay, no digas tonterías; anda a llamar a la abuela —Camila no quería oír a Andrea, que siempre intentaba hacer de casamentera. Ayer era el doctor Gabriel, hoy el papá de Mateo, mañana quién sabe quién más. Camila se levantó.
—Pero el doctor Gabriel te dijo que descansaras, Camila —Andrea sacudió la cabeza; su amiga nunca se cansaba.
Pero Camila no fue a descansar; se despidió de Andrea para ir a hacerse una bebida caliente en la despensa. Se sentó recostada en una silla del pasillo con el rostro aún algo pálido. Tomaba a sorbos el té caliente con azúcar que le habían dado sus compañeros para recuperar fuerzas. En ese momento, una mujer anciana de pasos vacilantes se le acercó.
Era la abuela de Mateo. Con los ojos hinchados y las manos que aún temblaban por el shock, le tomó la mano a Camila con fuerza.
—Enfermera… gracias —dijo la abuela con voz ronca, cargada de alivio—. El doctor me acaba de contar. Usted no solo cuidó a mi nieto, sino que también le dio su propia sangre —la abuela rompió a llorar con amargura.
Camila sonrió con sinceridad, aunque intentaba sentarse erguida mientras le daba vueltas la cabeza. —Es mi deber, señora. Lo importante es que su nieto ya ha superado el momento crítico.
La anciana sacudió la cabeza lentamente y las lágrimas volvieron a caer. —No, esto va más allá del deber. Mi nieto es lo único que tenemos. Si no hubiera sido por su generosidad, no sé cómo viviría sin él.
Al escuchar esas palabras, el corazón de Camila se partió y se sanó al mismo tiempo. Recordó lo destrozada que estaba tres años atrás cuando perdió a su bebé, y ahora había conseguido evitar que la misma destrucción les ocurriera a la mujer mayor que tenía delante.
—De nada, señora —dijo Camila, aunque si la abuela supiera que tras donar sangre para Mateo, ella sentía una satisfacción muy especial.
—Cuando Mateo sea mayor y pueda entender, le contaré que hubo un ángel vestido de enfermera que le dio una segunda oportunidad de vivir.
Camila sintió un calor que se extendía por su pecho. El apretón de la mano de la abuela parecía darle fuerzas nuevas. Por primera vez en tres años, Camila sintió que el agujero en su corazón comenzaba a cerrarse, cubierto por una gratitud inmensa. Comprendió que aunque no podía ser madre de su propio bebé, sí podía ser protectora de otros niños que necesitaban su ayuda.
—Enfermera, ¿puedo pedirle su número de cuenta? —preguntó la abuela.
Camila se quedó tan sorprendida que casi se atragantó. —Disculpe, señora, yo ayudé a Mateo de corazón, no para recibir una compensación —respondió Camila con firmeza. En realidad se había sentido ofendida por la pregunta de la abuela.
—Perdóneme, no pretendía ofenderla. Solo lo hago como muestra de agradecimiento —la abuela se sintió culpable al ver la sinceridad de Camila.
—Lo entiendo, señora.
Unos días después, Mateo fue trasladado a una sala de hospitalización normal. Cuando Camila entró a la habitación para tomarle la temperatura, los ojos redondos del pequeño se iluminaron al instante. Aunque su cabeza seguía vendada, las ganas de vivir habían vuelto.
En cuanto Camila se acercó, Mateo extendió sus bracitos pidiendo un abrazo. —¡Enfermera bonita! —gritó con su adorable ceceo.
Camila soltó una risita y se agachó para abrazarlo con cuidado de no tocarle las heridas. Pero lo que ocurrió a continuación dejó a todos los presentes en silencio. Mateo apoyó la cabeza en el hombro de Camila e inhaló el aroma del aceite de eucalipto y el jabón típico del hospital que impregnaba el uniforme de Camila; luego susurró con mimo.
—Mamá… Mamita —dijo Mateo, apretando más el abrazo.
Camila se quedó petrificada. Habían pasado varios días y Mateo no había cambiado la forma de llamarla. La enfermera Andrea, que estaba en la sala, sonreía de oreja a oreja.
La abuela, que estaba sentada en un rincón de la habitación, pareció a la vez sorprendida y conmovida. —Perdone a Mateo, enfermera Camila. Parece que se siente muy cómodo con usted. Quizás porque ahora la sangre de usted corre por su cuerpo, él siente un lazo espiritual —explicó la abuela con detalle.
—No se preocupe, señora —respondió Camila; en realidad estaba contenta de que Mateo la llamara así. Lo que le preocupaba era qué pasaría si en algún momento llegaba la mamá de Mateo y había un malentendido.
Mateo no quería soltar la mano de Camila. Cada vez que Camila intentaba revisar el suero, Mateo se quejaba y solo se calmaba si Camila le tenía la mano. El pequeño se negaba a que lo alimentara ninguna otra enfermera, ni siquiera su propia abuela, si su "Mamita" no estaba allí.
—Mamita, no te vayas… quédate aquí —pedía Mateo cada vez que el turno de Camila estaba a punto de terminar.
Camila notó cómo le ardían los ojos. Acarició el cabello de Mateo con mucho cariño. Ese apelativo ya no era una herida para Camila, sino una bendición. Sentía que Mateo era la respuesta a sus oraciones de todos esos años. Aunque no era su madre biológica, Camila sentía una responsabilidad profunda de cuidar al pequeño que ahora llevaba su sangre.
Desde ese día, todas las enfermeras del hospital que conocían a Camila empezaron a tomarle el pelo llamándola "Mamita". Y Camila cada vez se preocupaba más por lo que pasaría si llegara la mamá de Mateo.
Después de varios días ingresado, Mateo al fin recibió el alta, aunque debía continuar con tratamiento ambulatorio.
—Quiero irme a casa, pero Mamita tiene que venir —la petición de Mateo a Camila dejó a la abuela, al médico y a la propia Camila sin palabras.
Continuará…