Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 10
El gran salón de la mansión Bianchi se sentía como una cámara de vacío. El aroma del pino de la chimenea y el barniz de los muebles centenarios eran lo único que anclaba a Anna a la realidad. Sus dedos, entrelazados frente a su vestido azul medianoche, estaban tan apretados que sus nudillos habían perdido todo rastro de sangre. Escuchó los pasos de David sobre el mármol; eran firmes, pesados, el andar de un hombre que no pedía permiso para existir.
—Elena, Beatriz —la voz de David resonó detrás de ella. Era esa vibración baja y autoritaria que le había hecho arquear la espalda en la suite, la misma que le había susurrado promesas de posesión absoluta en la penumbra.
Anna cerró los ojos un milisegundo, rezando a su lógica analítica para que no la abandonara. Respira. Es solo una coincidencia estadística. Eres una estratega. Mantén la máscara.
—David, querido —la voz de Doña Elena era un ronroneo de satisfacción—. Por fin dejas los negocios para atender a lo más importante. Date la vuelta, Anna. Deja que tu esposo te vea después de tanto tiempo.
Anna inició el giro. Fue un movimiento lento, casi coreografiado, sintiendo el peso de la falda de seda rozando sus piernas. Cuando sus ojos verdes finalmente encontraron los de él, el mundo no solo se detuvo; se hizo añicos.
El impacto fue físico. David se quedó paralizado a dos metros de ella, con una copa de cristal en la mano que estuvo a punto de resbalar de sus dedos. Sus ojos grises, usualmente gélidos y calculadores, se dilataron en un choque de reconocimiento tan violento que pareció retroceder un paso. La palidez cubrió sus facciones angulosas, resaltando la tensión de su mandíbula.
Allí estaba ella. La mujer esmeralda. La extraña del jazmín. La única criatura que había logrado que el "Heredero de Hielo" perdiera el control de sus propios sentidos. Pero no llevaba seda verde, sino un azul oscuro que gritaba sobriedad y distancia. No tenía el cabello suelto y salvaje, sino recogido en un moño que denotaba una disciplina militar.
David sintió que la perla de platino en su bolsillo cobraba vida, quemándole la piel. El aire en sus pulmones se volvió plomo. La mujer por la que había descuidado sus empresas y movilizado a su seguridad privada no era una amante fugitiva; era la "esposa interesada" que había despreciado durante tres años. La ironía lo golpeó con la fuerza de una traición.
Anna, por su parte, sintió que el suelo de la mansión se inclinaba. Sus pies en la tierra fallaron. El hombre que le había entregado su vulnerabilidad, el que la había marcado con una intensidad posesiva que aún sentía en sus poros, era David Bianchi. El "mandatario". El hombre al que ella consideraba una simple transacción financiera. Su mente analítica colapsó ante la paradoja: su mayor error de cálculo era el hombre con el que estaba legalmente encadenada.
—David... —la voz de Elena rompió el silencio, cargada de una extraña curiosidad—. ¿Te ha comido la lengua el gato? Saluda a Anna.
David recuperó el aliento, aunque sus ojos no abandonaron el rostro de ella. La observó con una mezcla de furia, deseo y un asombro que no podía ocultar. Cada detalle de la noche anterior volvió a su mente con una nitidez obscena: el sabor de sus labios, la suavidad de su espalda, la forma en que ella se aferraba a él. Su posesividad, herida por la huida de ella, se transformó instantáneamente en algo mucho más oscuro y complejo. Ella me pertenece por ley, y me perteneció por pasión. Y me lo ocultó.
Anna vio la transformación en la mirada de David. El shock dio paso a una tormenta de sospecha y fuego. Vio cómo él apretaba el puño, el mismo puño que la había sostenido con una delicadeza inesperada horas atrás. Sintió que su armadura de "esposa sobria" se derretía bajo la intensidad gris de esa mirada. Él sabía. Y ella sabía que él sabía.
—Anna —pronunció David. Su voz fue un susurro áspero, cargado de una sensualidad que las abuelas confundieron con emoción contenida, pero que ella reconoció como una amenaza de reclamación.
Él dio un paso adelante, rompiendo el espacio de seguridad que ella había intentado mantener. La invadió con su aroma, ese sándalo y cuero que ahora era el disparador de todos sus instintos. Anna mantuvo la barbilla alta, obligando a su rostro a permanecer impasible, aunque su corazón golpeaba su pecho con una violencia que amenazaba con romper sus costillas.
—David —respondió ella, su voz apenas un hilo de seda fría.
Elena y Beatriz sonrieron entre sí, intercambiando miradas de triunfo. Para ellas, el silencio era timidez; la tensión, el despertar de un romance tardío. No veían el incendio forestal que consumía a la pareja en el centro del salón.
—Acércate, hijo —insistió Beatriz—. Un saludo formal después de tres años es lo mínimo.
David extendió su mano derecha. Fue un gesto lento, deliberado. Anna observó esa mano; conocía la fuerza de esos dedos, la textura de esa piel. Con un esfuerzo sobrehumano de su voluntad práctica, ella extendió la suya.
En el momento en que sus palmas se tocaron, una descarga eléctrica recorrió ambos cuerpos. El roce fue formal, una presión de dedos contra dedos, pero para ellos fue el contacto de dos cables de alta tensión. David no soltó su mano de inmediato; sus dedos se cerraron sobre los de ella con una firmeza posesiva, casi imperceptible para los demás, pero que para Anna fue un grito: "Te encontré".
Ella apretó los labios, sintiendo el calor de él subiendo por su brazo, recordándole la noche en que esas mismas manos la habían despojado de toda lógica. Sus ojos verdes se clavaron en los grises de él, sosteniendo el desafío. No iba a bajar la mirada. No iba a pedir perdón por su libertad.
—Es un placer... volver a verte, Anna —dijo David, subrayando las últimas palabras con un énfasis gélido.
—Lo mismo digo, David —replicó ella, su voz recuperando una pizca de su filo analítico—. Espero que esta vez nuestra relación sea tan... productiva como los negocios que manejas.
David sintió un ramalazo de admiración ante la audacia de ella. Incluso atrapada, ella seguía luchando. Las abuelas rieron, encantadas con la "cortesía" de sus herederos.
—Vayan al comedor —ordenó Elena, señalando la mesa dispuesta con cristalería y plata—. Tienen mucho de qué hablar. Tres años de silencio se recuperan en una cena.
David finalmente soltó la mano de Anna, pero no antes de rozar con su pulgar el lugar donde ella solía llevar su anillo de bodas, ahora vacío. Se hizo a un lado, permitiéndole pasar, pero su cuerpo permaneció a escasos milímetros del de ella, obligándola a sentir su calor posesivo mientras caminaban.
Anna caminó hacia el comedor, sintiendo que cada paso era una travesía sobre una cuerda floja. Rostro contra rostro, la farsa había terminado. La "Esposa Fantasma" y el "Heredero de Hielo" ya no tenían secretos que ocultar el uno del otro, solo una verdad incendiaria que prometía convertir el próximo mes en una guerra donde la lógica sería la primera víctima y el deseo, el único vencedor.
El brindis de las abuelas, mientras bajo la mesa, David observaba el perfil de su esposa con la mirada de un hombre que ha encontrado su posesión más valiosa y no tiene la menor intención de dejarla escapar de nuevo. La cacería había terminado; la conquista apenas comenzaba.