Tras descubrir la infidelidad de su pareja, Ariana decide cumplir su sueño de ser madre soltera mediante inseminación artificial. Su única regla: nada de donantes Alfas. Sin embargo, un error en la clínica la vincula de por vida con Alexander Blackwood, el Alfa más poderoso y temido del país.
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Capítulo 18
El trayecto hacia el distrito financiero fue un borrón de ansiedad y asfalto. Ariana viajaba en el asiento trasero de una camioneta blindada, flanqueada por dos hombres cuya musculatura y silencio sepulcral gritaban que no eran simples guardaespaldas, sino guerreros de la manada. Al detenerse frente a la **Torre Blackwood**, el edificio se alzaba como un colmillo de cristal y acero que rasgaba el cielo de la ciudad. Era una estructura imponente, reflejo del poder absoluto de Alexander.
Al cruzar las puertas giratorias de cristal reforzado, el lujo minimalista la golpeó. El vestíbulo era una catedral de mármol blanco y detalles en grafito, donde el personal se movía con una precisión coreografiada. El guardaespaldas que la guiaba, un hombre llamado Marcus, se dirigió directamente al mostrador principal de recepción.
—La Luna del Alfa —anunció Marcus con una voz que resonó en el amplio vestíbulo—. Tiene acceso prioritario.
Las tres recepcionistas, mujeres de belleza impecable, detuvieron sus labores en seco. Sus miradas, rápidas y afiladas como cuchillas, recorrieron a Ariana de arriba abajo. Murmullos apenas audibles se extendieron por el mostrador; la curiosidad por la mujer que finalmente había "atrapado" al indomable Blackwood era palpable.
—Piso 60, pasillo privado —indicó una de ellas, con una sonrisa profesional que no llegaba a sus ojos llenos de asombro—. El elevador dorado la llevará directamente.
Marcus la escoltó hasta el elevador. El ascenso fue rápido y silencioso, solo interrumpido por el leve zumbido de la tecnología de punta. Cuando las puertas se abrieron en el piso 60, el ambiente cambió. Era un espacio de techos altos y ventanales que ofrecían una vista vertiginosa de la ciudad. Pero el corazón de Ariana se detuvo cuando sus ojos se posaron en la mujer que custodiaba la entrada al despacho principal.
Detrás de un escritorio de cristal, retocándose el labial, estaba Elena.
Ariana sintió un golpe de náusea. Elena, la mujer que había sido su mejor amiga antes de traicionarla de la manera más cruel, acostándose con su prometido y destruyendo sus sueños de hogar. No recordaba que Elena trabajara en una corporación de este nivel; probablemente su ambición la había llevado hasta allí.
Marcus dio un paso al frente, rompiendo el estupefacto silencio de Ariana.
—Ella es la Luna del Alfa. Déjala pasar de inmediato, Blackwood la espera.
Elena levantó la vista, y al reconocer a Ariana, una expresión de incredulidad total transformó su rostro, seguida rápidamente por una mueca de desprecio. Soltó una carcajada estridente que rompió la elegancia del lugar.
—¿La Luna del Alfa? —se burló Elena, poniéndose de pie y apoyando las manos en el escritorio—. Marcus, te han tomado el pelo. Esta mujer es Ariana, una muerta de hambre que no sirve para nada.
Elena rodeó el escritorio, acercándose a Ariana con paso altivo, evaluando su ropa cara con envidia.
—¿Cómo te atreves a presentarte aquí con esa mentira? Todos sabemos por qué Mateo te dejó, querida. Porque eres una mujer incompleta, una seca que no puede traer bebés al mundo. ¿Tú, la Luna de un Alfa como Alexander? Es el chiste del año. Eres basura, Ariana, y siempre lo serás.
En ese momento, la puerta lateral se abrió y Mateo apareció con una carpeta de informes en la mano. Al ver a Ariana, se detuvo en seco, con una sonrisa burlona cruzando su rostro.
—¿Qué haces aquí, Ariana? ¿Sigues persiguiendo sombras? —Mateo se acercó a Elena y le rodeó la cintura con el brazo, mirando a Ariana con una superioridad cruel—. Elena tiene razón. Un Alfa busca poder y descendencia, cosas que tú jamás podrías darle. Das lástima intentando escalar niveles que no te pertenecen. Vete antes de que la seguridad te saque a patadas por mentirosa.
Ariana sentía que el mundo se desmoronaba. Las palabras de su pasado la golpeaban con la fuerza de un látigo, recordándole su mayor herida justo cuando llevaba el secreto más grande del mundo en su vientre.
—Ya la escuchaste, fenómeno —escupió Elena con veneno—. Lárgate de aquí.
—¿A quién exactamente le están pidiendo que se marche?
La voz no fue un grito, sino un trueno bajo y gélido que congeló la sangre de todos en el pasillo. Alexander Blackwood estaba de pie justo detrás de Mateo y Elena. Su presencia era tan abrumadora que el aire pareció desaparecer. Su mirada, de un dorado salvaje y letal, estaba fija en los dos empleados que, hace un segundo, se sentían dueños del mundo.
Alexander se adelantó lentamente, su aura de depredador expandiéndose hasta llenar cada rincón del piso 60. Mateo y Elena palidecieron, soltándose el uno al otro mientras el terror empezaba a nublar sus ojos. Alexander no miró a nadie más que a Ariana, antes de colocar una mano posesiva y firme en su cintura.
—Repitan lo que dijeron sobre mi mujer —ordenó Alexander, y el tono de su voz prometía una destrucción total—. Quiero escucharlo una vez más antes de decidir cómo voy a terminar con sus miserables vidas.