En un pueblo donde el tiempo parece haberse detenido y los secretos pesan más que las palabras, Melika Rivas siempre creyó conocer a las personas que la rodeaban. Hasta que empezó a notar cosas imposibles. Chicos demasiado fuertes. Miradas que esconden algo salvaje. Noches donde el bosque parece respirar. Y en medio de todo aparece Orión Lurks, el mejor amigo de su hermano, tan misterioso como peligroso. Alguien que parece saber más sobre ella de lo que debería. Mientras la luna llena se acerca, Melika descubrirá que en su pueblo existen secretos capaces de destruir familias, despertar monstruos… y cambiarla para siempre.
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lo que parece normal
El timbre sonó demasiado fuerte para una mañana tan tranquila.
Melika Rivas caminó por el pasillo con su mochila colgando de un hombro, esquivando a algunos compañeros sin apurarse demasiado. En ese pueblo nadie corría realmente. No había necesidad.
Todo pasaba… cuando tenía que pasar.
—Llegas tarde otra vez —dijo su amiga Vanessa , apoyada contra los casilleros.
Melika levantó una ceja.
—No es tarde si el profesor todavía no llegó.
—Ese es tu problema —respondió ella—. Siempre encontrás la forma de tener razón.
Melika sonrió apenas.
Su amiga era la única persona con la que podía hablar sin pensar demasiado lo que decía. No necesitaban fingir interés, ni llenar silencios incómodos. Simplemente… estaban.
Caminaron juntas hacia el patio.
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El lugar ya estaba dividido, como siempre.
Los grupos no estaban escritos en ningún lado, pero todos sabían dónde iban.
Y quiénes no.
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Los primeros en llamar la atención eran los del equipo.
Icaro estaba ahí.
Su hermano.
Apoyado contra la baranda, rodeado de otros chicos del equipo de fútbol americano. Reía por algo que dijo uno de ellos, relajado, seguro, como si todo encajara perfectamente en su lugar.
A su lado, casi como si fuera parte de la misma imagen, estaba Orión.
Orión Lurks.
Melika lo reconoció al instante, aunque no lo miraba directamente. Era difícil no hacerlo. No porque hiciera algo en particular… sino porque había algo en él que simplemente destacaba.
No era solo popularidad.
Era presencia.
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—Ahí está tu hermano —murmuró su amiga.
—Lo veo.
—Y también está él.
Melika no respondió, pero supo a quién se refería.
Orión.
El mejor amigo de Icaro desde chicos.
Alguien que había estado tantas veces en su casa que debería sentirse familiar…
Y aun así, no lo era.
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—¿No te parece raro? —dijo su amiga de repente.
Melika frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Ellos.
Señaló discretamente al grupo del equipo.
—Míralos bien.
Melika lo hizo.
Al principio no vio nada fuera de lo común. Chicos riendo, empujándose, hablando fuerte como siempre.
Pero entonces uno de ellos lanzó una pelota.
Demasiado fuerte.
El sonido contra la pared fue seco, pesado. No como el de una pelota común.
Como si hubiera más fuerza de la necesaria.
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Melika entrecerró los ojos.
—Tal vez están entrenando más.
—No es eso —respondió su amiga—. Ayer uno levantó un banco solo.
Melika giró la cabeza.
—Eso no es posible.
—Eso pensé.
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Volvió a mirar al grupo.
Esta vez con más atención.
Y entonces lo notó.
La forma en que se movían.
Demasiado precisos.
Demasiado rápidos.
Como si supieran exactamente qué iba a hacer el otro antes de que pasara.
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Orión levantó la vista en ese momento.
Sus ojos encontraron los de Melika.
No fue casual.
Y eso fue lo que la incomodó.
No apartó la mirada de inmediato.
Tampoco él.
Fue solo un segundo.
Pero suficiente.
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—Ok… eso fue raro —murmuró su amiga.
Melika no respondió.
Porque en ese instante, una sensación extraña le recorrió la espalda.
Como un escalofrío lento.
Como si algo… la hubiera reconocido.
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Orión sonrió apenas.
No a su grupo.
No a alguien más.
A ella.
Y luego volvió a la conversación, como si nada hubiera pasado.
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Melika tragó saliva.
—Sí —dijo finalmente—. Algo no está bien.
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