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El Frágil Lazo De Ciela

El Frágil Lazo De Ciela

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:196
Nilai: 5
nombre de autor: SherlyBlanco

"El Frágil Lazo de Ciela" es una historia conmovedora sobre la identidad, el perdón y la valentía de amar cuando el tiempo corre en contra. Una novela que demuestra que, a veces, para sanar el cuerpo, primero hay que reconstruir el alma.

NovelToon tiene autorización de SherlyBlanco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: El rastro de las sombras

​El monitor del hospital emitía un pitido constante, un metrónomo que contaba los segundos de una vida que se apagaba. Diego miró a Ciela a través del cristal de la UCI; estaba rodeada de cables, pálida como el mármol. El médico había sido claro: sin un historial genético o un donante compatible, los riñones de Ciela se detendrían en menos de una semana.

​—No nos queda tiempo para trámites legales, Roberto —dijo Diego, volteándose hacia el padre adoptivo de Ciela con una mirada gélida—. Ese expediente de adopción estaba incompleto a propósito. ¿Quién hizo el "trabajo sucio"? ¿A quién le pagaron para borrar el nombre de la madre biológica?

​Roberto se hundió en la silla de la sala de espera, ocultando el rostro entre las manos. Elena sollozaba en silencio, pero fue Anais quien dio un paso adelante, apretando su vientre con una mano y sosteniendo un sobre viejo con la otra.

​—Fue un abogado llamado Valenzuela —soltó Anais, desafiando la mirada de sus tíos—. Lo escuché una vez cuando Miriam y yo espiábamos tras la puerta. Él se encargaba de "limpiar" pasados. Tiene una oficina en el sector más peligroso del puerto, cerca de donde arrestaron al padre de mi hijo.

​Diego no esperó una segunda palabra. Tomó las llaves de su coche y salió disparado hacia la noche lluviosa. No iba solo; Anais, a pesar de su embarazo, se subió al asiento del copiloto.

​—Tú no puedes ir, Anais. Es peligroso —le advirtió Diego mientras aceleraba por las calles inundadas.

​—Conozco esa zona mejor que tú, Diego. He ido a visitar a mi ex a la cárcel de ese distrito mil veces. Si quieres entrar a la oficina de Valenzuela sin que te disparen, me necesitas a mí. Además... le debo esto a Ciela por haberle callado la verdad.

​Llegaron al puerto a la medianoche. El lugar apestaba a salitre y combustible. La oficina de Valenzuela estaba arriba de un bar de mala muerte, iluminada por un letrero de neón que parpadeaba como un ojo enfermo. Mientras subían las escaleras crujientes, el corazón de Diego latía con una fuerza violenta.

​Al entrar, se encontraron con un despacho lleno de humo de cigarro. Valenzuela, un hombre gordo y de ojos astutos, ni siquiera se inmutó.

—La adopción de la chica JB, ¿eh? —dijo el abogado, soltando una risotada ronca—. Sus padres pagaron mucho para que ese nombre desapareciera. Buscarlo ahora les costará el doble... y mi silencio no es barato.

​—No tengo dinero, pero tengo esto —dijo Diego, sacando un reloj de oro, una herencia de su abuelo, y poniéndolo sobre la mesa—. Y tengo a una mujer embarazada de un hombre que tú conoces bien, Valenzuela. Si no hablas, le diré a la gente del puerto que estás colaborando con la policía.

​El abogado palideció. Sabía que en esos barrios, un rumor así era una sentencia de muerte. Suspiró y abrió una caja fuerte oculta tras un cuadro de caza. Sacó un folio amarillento, casi podrido por la humedad.

​—La madre se llamaba Beatriz. Era una mujer que trabajaba en las caleras. Murió hace años... pero dejó otra hija. Una hermana que Ciela no sabe que existe. Vive en las afueras, en un asentamiento llamado "El Salto".

​—¿Tiene el mismo tipo de sangre? —preguntó Diego, sintiendo que el aire le quemaba los pulmones.

​—Eso tendrán que descubrirlo ustedes —dijo Valenzuela, cerrando el sobre—. Pero tengan cuidado. Hay gente que no quiere que esa familia sea encontrada. Hay deudas de sangre que nunca se pagaron.

​De repente, el sonido de una sirena y el chirrido de unos neumáticos afuera cortaron la conversación. Dos hombres con chaquetas de cuero bajaron de un coche negro frente al edificio.

​—¡Váyanse por la parte de atrás! —gritó Valenzuela, apagando la luz—. ¡Si los ven con ese papel, no llegarán al hospital!

​Diego tomó a Anais de la mano y corrieron hacia la salida de incendios. El suspenso era asfixiante; cada sombra parecía un atacante. Mientras descendían por la escalera de hierro bajo la lluvia torrencial, Diego apretó el sobre contra su pecho. Tenían el nombre, tenían una ubicación, pero el peligro apenas comenzaba.

​En el hospital, el monitor de Ciela emitió una alarma de ritmo cardíaco irregular. El tiempo se había agotado.

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