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Mi Joven Profesor

Mi Joven Profesor

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Con solo 23 años, un joven profesor llegó al colegio con una carpeta llena de sueños y el corazón nervioso por conseguir trabajo. No imaginaba que aquel lugar cambiaría su vida para siempre. Entre pasillos, sonrisas y nuevas oportunidades, conocería a una persona que le enseñaría que el verdadero éxito no solo está en alcanzar metas, sino también en encontrar a alguien con quien compartir cada logro, cada caída y cada felicidad. Lo que comenzó como una simple búsqueda de empleo terminó convirtiéndose en la historia de amor más importante de su vida.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: Los ojos de Araceli

El despertador sonó a las cinco y media de la mañana y sinceramente, parce… yo ya estaba despierto desde antes.

Casi no dormí de los nervios y la emoción porque ese día iba a empezar oficialmente como profesor en el Instituto Nuevo Horizonte.

Me quedé unos segundos acostado mirando el techo mientras el ventilador daba vueltas lento por el calor fuerte de Cúcuta. Después giré la cabeza y vi a Daniela Araujo Ruiz dormidita en su cuna abrazando una mantita rosada.

Parce… verla me daba fuerzas automáticamente.

Me levanté despacio pa’ no despertarla y fui al baño a arreglarme. Me afeité bien, me peiné y me puse la camisa blanca que mi mamá había dejado planchadita desde la noche anterior. También me puse un pantalón negro y mis mejores zapatos aunque ya estaban un poquito gastados.

Cuando salí del cuarto, mi mamá ya estaba en la cocina haciendo desayuno.

Apenas me vio sonrió orgullosa.

—Uy no, Rafael… ahora sí parece profesor serio.

Yo me reí nervioso mientras me acomodaba el cuello de la camisa.

—No me ponga más nervioso, mamá.

Ella soltó una carcajada.

—Tranquilo, mijo. Usted nació pa’ enseñar.

En ese momento Daniela se despertó y empezó a hacer sonidos desde la cuna. Yo fui rápido a cargarla.

La niña abrió esos ojitos cafés iguales a los míos y apenas me vio sonrió.

—Buenos días, princesa hermosa —le dije besándole la frente.

Mi mamá se quedó mirándonos emocionada.

—Ella algún día va a sentirse orgullosa del papá que tiene.

Eso me llegó durísimo al corazón.

Después del desayuno agarré mi bolso con unos cuadernos y salí rumbo al colegio. Durante todo el camino iba pensando en cómo sería mi primera clase.

“¿Y si no me hacen caso?”

“¿Y si me pongo nervioso?”

“¿Y si hago el ridículo?”

Esos pensamientos me daban vueltas mientras caminaba bajo el calor hacia el colegio.

Cuando llegué eran las siete y veinte de la mañana. Respiré profundo antes de entrar.

La secretaria me saludó sonriente.

—Buenos días, profesor Rafael.

Parce… todavía se sentía raro que me dijeran profesor oficialmente.

La coordinadora Claudia Mendoza salió de una oficina y se acercó.

—Profesor Rafael, hoy empieza con 2do de bachillerato. Son inquietos, pero inteligentes.

—Bueno señora, vamos a ver cómo me va.

Ella sonrió divertida.

—Le va a ir bien.

La seguí por los pasillos mientras estudiantes caminaban hablando duro y riéndose. Algunos me miraban curioso porque obviamente notaban que era nuevo.

Cuando llegamos al salón sentí que el corazón se me aceleró horrible.

—Respire profundo —dijo la coordinadora antes de abrir la puerta.

Y apenas entré… como treinta estudiantes voltearon a mirarme al mismo tiempo.

Uy no, parce… qué nervios tan horribles.

El salón quedó en silencio unos segundos hasta que yo sonreí un poquito y dije:

—Buenos días. Mi nombre es Rafael Araujo y desde hoy voy a ser su profesor de sociales.

Unos saludaron normal, otros siguieron mirándome raro y un muchacho del fondo gritó:

—¡Uy profe, usted parece estudiante!

Todo el salón soltó la risa y sinceramente eso me ayudó a relajarme bastante.

—Sí, sí, ya quisiera yo volver a no pagar cuentas —respondí riéndome también.

Los estudiantes se rieron más duro y el ambiente se relajó enseguida.

Entonces empecé a presentarme mejor. Les conté que era cucuteño, que me acababa de graduar y que no me gustaban las clases aburridas donde solo se copiaba del tablero.

Eso pareció gustarles bastante.

Después les pedí que se presentaran uno por uno. Algunos eran muy habladores, otros tímidos y otros terribles recocheros. Pero hubo una persona que me dejó completamente distraído apenas habló.

Una chica sentada casi al lado de la ventana.

Parce… apenas la vi bien sentí raro el cuerpo.

Era demasiado bonita.

Tenía el cabello largo, liso y oscuro que le caía perfectamente por la espalda. Su piel era clarita y suave, sus labios rosados y delicados, y sus ojos color miel resaltaban demasiado cada vez que levantaba la mirada.

Llevaba el uniforme impecable: una camisa blanca ajustada con el escudo del colegio y una falda escocesa roja con negro que le quedaba elegante. Sus uñas estaban pintadas de rosado claro y tenía una sonrisa tranquila que hacía verla todavía más linda.

Cuando le tocó presentarse habló suavecito:

—Mi nombre es Araceli Aguilar, tengo diecisiete años y me gusta leer y escuchar música.

Parce… pero lo que más me puso nervioso no fue eso.

Fue la manera en que me miraba.

Porque desde que entré al salón, esa muchacha no me quitaba los ojos de encima.

Literalmente cada vez que yo volteaba hacia ese lado, ella ya estaba mirándome.

Y cuando nuestras miradas se cruzaban, sonreía despacito.

Uy no… eso me descontrolaba horrible.

Intenté concentrarme en la clase y empecé a hablar sobre historia latinoamericana. Caminaba por el salón, hacía preguntas y ponía ejemplos pa’ que entendieran mejor.

Y sinceramente me sentía feliz enseñando.

Pero cada rato terminaba mirando sin querer hacia donde estaba Araceli.

Y ella seguía observándome.

En un momento me acerqué a revisar un cuaderno y sentí otra vez su mirada encima.

Cuando levanté la cabeza, ahí estaba ella viéndome fijamente con esos ojos miel hermosos.

Hasta me puse nervioso y perdí el hilo de lo que estaba diciendo por unos segundos.

“Concéntrese, Rafael”, pensé enseguida.

Pero sinceramente esa muchacha sí me estaba poniendo raro.

Incluso unas amigas de ella empezaron a reírse bajito cada vez que yo volteaba hacia ese lado. Como si ya se hubieran dado cuenta de lo que estaba pasando.

La mañana pasó rápido entre clases, preguntas y estudiantes hablando conmigo. Algunos ya me decían “profe Rafa” y eso me daba risa.

Pero sinceramente lo que más recordaba del día eran los ojos de Araceli siguiéndome por todo el salón.

Cuando finalmente dieron las doce del mediodía sentí el cuerpo cansado, pero feliz. Había sobrevivido al primer día.

Antes de salir, la coordinadora me felicitó.

—Los estudiantes hablaron muy bien de usted, profesor Rafael.

—Muchas gracias, señora.

—Se nota que conecta fácil con ellos.

Eso me alegró muchísimo.

Cuando llegué a la casa, mi mamá abrió la puerta rapidísimo.

—¡¿Cómo le fue?!

Yo entré sonriendo mientras Daniela gateaba hacia mí apenas me vio.

La cargué rápido y le di un beso.

—Me fue bien, mamá… gracias a Dios me fue bien.

Mi mamá sonrió orgullosa.

—Yo sabía. Cuénteme todo.

Nos sentamos en la sala mientras ella servía almuerzo y yo empecé a contarle cómo había sido el día. Le hablé de los estudiantes, de las clases y de cómo me sentí enseñando.

—Y había un grupo terrible inquieto, pero me fue bien con ellos.

—¿Sí ve? Usted nació pa’ profesor.

Yo me reí mientras Daniela jugaba con los botones de mi camisa.

Pero después me quedé callado unos segundos pensando en algo.

Mi mamá enseguida lo notó.

—¿Y entonces? ¿Qué más pasó?

Yo me rasqué la nuca medio nervioso.

—Mamá… había una chica en el salón que no me quitaba los ojos de encima.

Mi mamá abrió los ojos rapidísimo.

—¡¿Cómo así?!

—Sí… una estudiante de 2do de bachillerato.

—¿Y cómo era?

Uy no, parce… ahí sí me dio pena.

—Pues… bonita. Muy bonita.

—Ay Rafael…

—Pero mamá, yo ni hice nada. Solo noté que me miraba mucho.

Mi mamá soltó una risita mientras negaba con la cabeza.

—Tenga cuidado, mijo. Las peladas de esa edad son tremendas.

Yo me reí también, aunque por dentro seguía pensando en ella.

Porque sinceramente la manera en que Araceli me miraba no parecía casualidad.

Y mientras almorzaba con Daniela sentada en mis piernas, no podía evitar preguntarme por qué sentía que esa muchacha apenas estaba empezando a complicarme la vida.

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Yulexi De Fernández
cuando me termine de ver la serie que me estoy viendo le subo los otros capítulos
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