1 - El Juego Prohibido de los Rivales:
En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.
2 - El Juego Mortal de los Rivales:
Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.
NovelToon tiene autorización de Leydis_Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8: Laberintos de Cristal
Un laberinto sin salida se extendía entre sus promesas y mi realidad. Nueva York se veía diferente desde la planta cincuenta del edificio Vane. Las luces de la ciudad, que antes me parecían estrellas capturadas, ahora se asemejaban a los ojos de una multitud hambrienta esperando nuestra caída. El cristal de las ventanas era tan nítido que a veces olvidaba que estaba allí, hasta que intentaba tocar el mundo exterior y mi mano chocaba contra la superficie fría e impenetrable.
La gala de los Sterling-Vane era hoy. El evento que sellaría nuestro destino y, supuestamente, restauraría el orden en nuestras familias. Mi vestido para la ocasión era una obra maestra de encaje plateado y diamantes incrustados, tan pesado que apenas podía respirar. Era una armadura de belleza, diseñada para ocultar los moretones en mi alma y el chip que aún latía bajo la piel de mi brazo, ahora cubierto por guantes de seda hasta el codo.
Alistair entró en la suite presidencial del hotel donde nos preparábamos. Se veía impecable, un dios de la industria vestido de negro. Pero cuando sus ojos se encontraron con los míos, vi el reflejo del mismo laberinto en el que yo estaba atrapada.
—Es hora, Elena —dijo. Su voz no tenía la arrogancia de los días anteriores. Sonaba cansada, casi derrotada—. El coche nos espera.
—¿Vas a cobrar tu última cuota esta noche, Alistair? —le pregunté, mientras una doncella terminaba de colocarme la tiara.
Él hizo un gesto para que el personal saliera de la habitación. Cuando nos quedamos solos, se acercó a mí. La habitación olía a flores caras y a la ansiedad que ambos intentábamos reprimir.
—Esta noche no se trata de cobrar, sino de pagar —respondió él, tomando mis manos enguantadas—. Elena, escúchame bien porque no tendré otra oportunidad de decirte esto sin micrófonos cerca. Lo que va a pasar en la gala... no es lo que tus padres esperan. Ni los míos.
—¿De qué estás hablando?
—He pasado cada segundo desde que volvimos de la isla preparando este movimiento. Me llamaste obsesivo, y tenías razón. Estoy obsesionado con terminar con esto. Pero para derribar un imperio de cristal, tienes que estar dentro de él cuando se rompa.
Me quedé mirándolo, tratando de descifrar si era otra de sus manipulaciones maestras.
—Me dijiste que habías entregado los códigos a mi madre —le recordé—. Me dijiste que habías hecho un trato por el poder.
—Le entregué una copia que se autodestruirá cuando intente acceder al servidor principal de Ginebra esta noche. Y mientras ella intenta contener el colapso digital, yo voy a proyectar la verdad en todas las pantallas de la gala. Los documentos de 1968, los registros de sobornos, el plan de limpieza social... todo.
El corazón me dio un vuelco. —Alistair, si haces eso...
—Si hago eso, nos destruyo a todos. A ellos, a nosotros, a nuestras empresas. Perderemos todo, Elena. El nombre, el dinero, la seguridad. Seremos los criminales más famosos del mundo por unas horas, hasta que la justicia empiece a actuar.
Lo tomé por la solapa de su esmoquin, acercándolo a mí. —¿Por qué? ¿Por qué ahora?
—Porque no puedo soportar verte morir lentamente en este laberinto. Prefiero que ardamos juntos a que vivamos en esta mentira. Ese es el precio de mi obsesión por ti. Quiero que seas libre, aunque esa libertad signifique que tengamos que huir por el resto de nuestras vidas.
Por primera vez en mucho tiempo, vi la verdad en sus ojos. No era la verdad brillante y perfecta de los Sterling, sino una verdad rota, sangrienta y desesperada. Era la verdad de un hombre que estaba dispuesto a suicidarse socialmente para salvar lo que quedaba de su humanidad.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —susurré, las lágrimas amenazando con arruinar mi maquillaje.
—Porque necesitabas odiarme lo suficiente para que tu actuación fuera perfecta. Tu madre ha estado observando cada uno de tus movimientos. Si hubieras sabido la verdad, ella lo habría visto en tus ojos. Has sido una Sterling perfecta estos días, Elena. Gracias a eso, ella ha bajado la guardia.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Había sido su peón una vez más, pero esta vez, el objetivo era la libertad.
—¿Qué tengo que hacer? —pregunté, mi voz volviéndose firme.
—Mantente a mi lado. Sonríe. Brinda con ellos. Y cuando las luces parpadeen a las diez y media... corre hacia la salida de incendios del lado oeste. Habrá un coche esperando. No mires atrás, pase lo que pase.
Bajamos al vestíbulo, donde una marea de fotógrafos nos recibió con una tormenta de flashes. Caminamos por la alfombra roja del brazo, la pareja ideal, el epítome del éxito. Entramos en el gran salón de baile del hotel Plaza, un laberinto de espejos, cristales y oro.
Mi madre y Arthur Vane nos esperaban en el centro de la sala, rodeados de senadores, directores generales y la élite de Manhattan. Mi padre, Julian Sterling, también estaba allí, luciendo su sonrisa de tiburón.
—Estáis radiantes —dijo mi madre, dándome un beso gélido en la mejilla—. El mundo os pertenece esta noche.
—Gracias, madre —respondí, sintiendo el peso del engaño—. Espero que esta noche sea inolvidable para todos.
La cena transcurrió como una obra de teatro absurda. Alistair y yo interpretamos nuestros papeles con una precisión quirúrgica. Hablamos de expansión, de fusiones, de un futuro brillante. Pero cada vez que mis ojos se cruzaban con los suyos, sentía el tic-tac de una bomba invisible.
A las diez y cuarto, Arthur Vane subió al podio para anunciar formalmente nuestra unión y el inicio de la megafusión Sterling-Vane.
—Hoy no solo unimos dos apellidos —proclamó Arthur, su voz resonando con una autoridad absoluta—, sino que aseguramos la estabilidad del mercado global. Esta alianza es un muro contra el caos.
Miré a Alistair. Él tenía la mano en el bolsillo, probablemente sosteniendo el dispositivo que activaría el colapso. Mi respiración se volvió errática. Estábamos a punto de dinamitar nuestras propias vidas.
—Y ahora —continuó Arthur—, invito a mi hijo y a la futura señora Vane a unirse a nosotros para el brindis final.
Nos levantamos. El salón estalló en aplausos. Caminamos hacia el estrado, cada paso sintiéndose como si estuviéramos subiendo al patíbulo. Mi madre me miraba con una satisfacción que me dio ganas de llorar. Ella creía que finalmente me había doblegado.
Justo cuando Alistair llegó al micrófono, se produjo un cambio en la atmósfera. No fue el parpadeo de las luces que él había prometido. Fue algo mucho más sutil. Una docena de hombres con trajes oscuros, pero que no eran invitados, empezaron a rodear el estrado. No eran mercenarios de mi padre. Tenían placas colgadas del cuello.
FBI.
El pánico se extendió por la sala como un reguero de pólvora. Arthur Vane se puso pálido, pero mantuvo la compostura.
—¿Qué significa esto? —preguntó, su voz gélida.
Uno de los agentes subió al estrado. —Arthur Vane, Julian Sterling, Lillian Sterling... quedan detenidos por fraude masivo, conspiración para el homicidio y blanqueo de capitales. Tenemos toda la información.