Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.
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La biblioteca: parte I
Después de aquella conversación tan incómoda, Isabela decidió retirarse. No tenía ganas de seguir en el salón, ni de sostener más sonrisas forzadas, ni de fingir interés en conversaciones que no le aportaban nada. Se refugió en la biblioteca de su abuelo, un lugar que siempre le había resultado más cómodo que cualquier evento social.
Aun desde allí, ligeramente apartada del bullicio, podía escuchar la música y las risas que llenaban el salón de baile. El sonido llegaba amortiguado, distante, como si perteneciera a otro mundo del que ella había decidido apartarse, al menos por un momento.
Tomó uno de los libros de las estanterías. Hacía tiempo que no se permitía leer algo que realmente le interesara, algo que no estuviera ligado a sus deberes o a lo que se esperaba de ella. Se sentó cerca de la ventana, tomó un cojín y se acomodó con cuidado, buscando una posición que le resultara cómoda, como si ese pequeño gesto pudiera ayudarle a encontrar algo de calma.
Pero antes de siquiera hojear el libro, la puerta se abrió.
Un joven al que no había visto antes entró con una copa en la mano. Parecía distraído, como si hubiese llegado ahí sin pensar demasiado en ello, y no se percató de su presencia de inmediato. Aunque llevaba máscara, como todos los demás, había algo distinto en él. Su presencia era más firme, más segura, como si estuviera acostumbrado a ocupar espacios sin pedir permiso. Su vestimenta, elegante y claramente costosa, dejaba ver que no se trataba de cualquier invitado.
—¿Quién es usted? —preguntó Isabela, rompiendo el silencio.
El joven se sobresaltó levemente, como si no hubiera esperado encontrar a alguien más.
—¿Qué hace aquí? —respondió, en lugar de contestar.
—Eso mismo le pregunté.
—Me estoy ocultando. ¿Podría retirarse?
Isabela soltó una pequeña risa, más por la situación que por el comentario en sí.
—No. Yo llegué primero. Váyase usted.
El joven la observó con sorpresa, como si no estuviera acostumbrado a que alguien le respondiera de esa manera.
—Está en la biblioteca privada de la familia De La Torre. Incluso ha tomado uno de sus libros… ¿Qué pensará el duque?
A Isabela, lejos de incomodarle, la situación le resultaba más divertida de lo que esperaba.
—No tengo idea. Pero el baile es sumamente aburrido. Necesitaba desconectarme.
El joven ladeó ligeramente la cabeza, estudiándola.
—¿Tan rápido se cansó de socializar?
—Me oculto de mi familia —respondió sin rodeos—. Me presentaron a un joven que dejó mucho que desear. Preferiría evitar otro encuentro similar.
Hizo un pequeño gesto con la mano, señalando el espacio que los rodeaba.
—Si deja de ser tan mezquino, puedo compartir la biblioteca. Yo me quedo abajo… usted arriba.
El joven dejó escapar una leve sonrisa, apenas perceptible.
—¿Sabe que, si nos encuentran juntos, podríamos vernos obligados a casarnos?
Dio un pequeño paso hacia ella, acortando la distancia entre ambos.
—La forma en que intenta atraparme es interesante… al igual que el libro que ha elegido.
Isabela sostuvo su mirada, sin inmutarse.
—No tengo el menor interés en atraparlo, señor. Pero, considerando su comentario… retiro mi oferta. Puede buscar otro lugar.
El joven no respondió de inmediato. Bebió con calma de su copa y, sin pedir permiso, se acercó hasta sentarse a su lado.
—¿Qué hace? —preguntó ella, con evidente molestia.
—Me siento —respondió él con una leve sonrisa, como si aquello fuera la cosa más natural del mundo.
—Le dije que no podía quedarse. Ahora está junto a mí… váyase.
—No puedo. Al igual que usted, me oculto de mi madre. Quiere que conozca a la nieta de algún duque… pero no tengo interés.
Isabela lo observó con más atención.
—¿Qué edad tiene?
—Veinte años —contestó—. ¿Y usted?
—Dieciocho —respondió—. ¿No se supone que a su edad ya debería estar comprometido?
Él soltó una pequeña risa.
—Usted también y no lo está. Mi hermana está comprometida desde los trece.
—No estoy interesada en un matrimonio político. Es… raro, lo sé.
—No es raro —replicó él—. Yo pienso igual. Preferiría a alguien que me quiera por quien soy… no por el título que represento.
Isabela esbozó una ligera sonrisa.
—Para mencionarlo así, debe ser importante, señor.
Él asintió.
—Llevo una máscara. Me gusta fingir que no soy quien soy.
Isabela alzó ligeramente el libro entre sus manos.
—¿Lo ha leído?
—Sí. Hace un par de años. Mi padre conoce al autor y lo admira bastante.
—Intenté leerlo, pero es pesado. Cada capítulo, aunque corto, tiene demasiado en qué pensar.
—¿Qué parte le interesó más?
Isabela pensó unos segundos antes de responder.
—No lo he terminado… pero diría que la parte del destino.
Él rodó los ojos con suavidad.
—Lo supuse. Es una romántica.
—No —respondió con calma—. En realidad, soy bastante práctica. Pero es un tema interesante —lo miró—. ¿Y a usted?
—La mente —contestó—. Las conexiones, los sentidos… la memoria.
Isabela ladeó ligeramente la cabeza.
—Lo supuse. Es un ratón de biblioteca.
Él asintió, sin molestarse.
—Estudio en San Valerio. Paso la mayor parte del tiempo leyendo en los recesos. Las jóvenes… suelen buscar algo más, y aún no estoy interesado en eso.
—Lo entiendo —asintió ella.
—Dígame por qué.
—¿Por qué… qué?
—Por qué ese joven no le interesó.
Isabela soltó una pequeña risa.
—Fui cortés… y él asumió que lo estaba llevando directo al altar. Dijo que no estaba interesado en una mujer como yo. Prefiere a alguien más… social. Menos intelectual.
Él alzó una ceja.
—¿Era un idiota?
Isabela lo miró, sorprendida, antes de sonreír.
—Un poco.
—¿Cuántos más?
—¿Cuántos más debo conocer?
Él asintió, como si ya supiera la respuesta.
Isabela suspiró levemente.
—Los que mi familia considere necesarios. Debo casarme con alguien con título y recursos. No es como si tuviera la opción de elegir.
Él sostuvo su mirada con seriedad.
—La entiendo. Yo tampoco puedo escoger. Mi situación ya es lo suficientemente complicada. Nacer con el estatus que tengo… fue un accidente, se lo aseguro. Y aun así, debo casarme con una mujer “adecuada”.
—Mis abuelos se casaron por amor —dijo ella, con una leve sonrisa.
Él la observó, devolviéndole el gesto.
—Mis padres también.
—Y, aun así… —Isabela dejó la frase en el aire.
—Nos quieren obligar a casarnos por política —completó él.
Ella asintió.
—Al menos la pareja protagonista del baile está enamorada. Cualquiera podría notarlo —dijo él.
—Pensé que la romántica era yo.
Él sonrió apenas.
—Quiero algo más que cenas frías y conversaciones vacías… quiero algo real.
Isabela desvió la mirada hacia el salón, donde la música seguía sonando a lo lejos.
—¿Algo como lo de ellos?
—Sí —respondió él sin dudar.
—Tengo entendido que comenzaron con un compromiso político… y terminaron enamorándose.
—¿Los conoce?
Isabela negó suavemente.
—No diré nada de mí.
Él la observó con curiosidad.
—¿Ni siquiera su nombre?
—No —respondió con calma—. No necesita saberlo.
—Creo que sí… me gustaría tener una amiga.
Isabela lo miró durante unos segundos.
—¿Una amiga? —sonrió con suavidad. No tenía muchos amigos… y la idea de conectar con alguien sin que hubiese intención romántica le resultaba extrañamente agradable.
—¿Tiene amigos?
—No muchos… —dudó un instante—. Y no le diré quién soy. Haría la situación incómoda… para ambos.
—Lo entiendo.
Isabela sostuvo el libro entre sus manos, pensativa.
—Pero estudio en San Valerio. Si algún día quiere hablar… puede dejar una carta en la biblioteca, dentro de un libro de Herbología y Plagas. Nadie lo lee.
Él sonrió.
—Le escribiré.
Isabela dejó escapar un suspiro suave y se puso de pie.
—Debo retirarme. Me he escondido lo suficiente de mi familia… deben estar buscándome.
—Sí… supongo que sí.
—Fue un placer conocerle, señor —dijo, haciendo una reverencia adecuada.
Él también se levantó. Tomó su mano con cuidado y depositó un ligero beso sobre ella.
—El gusto fue mío… mi lady.