Renata,es solo una empleada en la mansión de los Morana, una mujer que parece no tener pasado y que soporta las humillaciones más amargas por una sola razón: el amor que siente por el hijo del dueño. Por él, es capaz de cualquier sacrificio, incluso de aceptar un matrimonio forzado con un hombre despiadado que jura hacer de su vida un infierno.
Todos la ven como una mujer débil, una "nadie" sin recursos que se deja pisotear. Pero, ¿por qué Renata nunca llora? ¿Por qué sus ojos brillan con una determinación que no pertenece a una sirvienta?
Mientras el mundo intenta quebrarla, Renata guarda un secreto que podría destruir imperios. Ella ha puesto una fecha límite para su silencio... y cuando el reloj marque la hora, todos los que la humillaron descubrirán que la "pobre empleada" era la única persona a la que nunca debieron traicionar.
¿Quién es realmente Renata y qué poder oculta tras su uniforme de trabajo?
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Capitulo 7
El jardín de invierno de la mansión Morana era un santuario de hipocresía blanca. Flores exóticas, seda y el murmullo de la élite del país que esperaba ver cómo Marcus Sterling tomaba posesión de su "trofeo". Renata estaba de pie frente al altar improvisado, su rostro oculto tras un velo de encaje que parecía más una red de pesca que un adorno nupcial.
A su lado, David lucía una sonrisa de alivio asquerosa; para él, el intercambio estaba casi completo. Eduardo y Ester, en la primera fila, se inflaban de orgullo, creyendo que habían asegurado su linaje vendiendo a la mujer que les servía el café.
El juez de paz carraspeó, dispuesto a iniciar la ceremonia. Marcus extendió una mano enguantada para tomar la de Renata, con una mirada que ya saboreaba su victoria.
—Si alguien tiene un impedimento para esta unión... —empezó el juez con voz monótona.
No necesitó terminar.
Un estruendo ensordecedor, como el rugido de una bestia de acero, sacudió los cimientos de la mansión. Antes de que alguien pudiera gritar, los enormes ventanales de cristal tallado del salón estallaron hacia adentro en una lluvia de diamantes afilados. El estallido fue tan violento que los invitados se arrojaron al suelo, cubriéndose la cabeza entre gritos de pánico.
Renata se quedó inmóvil. El viento frío del exterior entró de golpe, levantando su velo y dejando al descubierto sus ojos, que ya no buscaban protección, sino que brillaban con un reconocimiento ancestral.
A través de la nube de polvo y los fragmentos de vidrio que aún tintineaban en el suelo de mármol, apareció una figura que detuvo el tiempo.
Era un hombre que parecía haber sido esculpido en granito y tormenta. Alto, de una estatura imponente que hacía que David y Marcus parecieran sombras insignificantes, caminaba sobre los cristales rotos sin siquiera bajar la vista. Vestía un traje negro de un corte tan impecable que solo alguien con una fortuna generacional podría portar. Su mandíbula era firme, su piel bronceada por el sol de mundos que los Morana solo conocían en mapas, y sus ojos... ojos oscuros y feroces que escaneaban el lugar con la autoridad de un rey reclamando un territorio invadido.
Damián Bustamante.
Renata se quedó helada. El aire se escapó de sus pulmones y su corazón, que ella creía haber convertido en piedra, dio un vuelco violento. Damián estaba ahí. Más maduro, más imponente, con una belleza peligrosa que hacía que el aliento de cualquier mujer se detuviera. Era un león en un salón de hienas.
—¡¿Quién diablos es usted?! —gritó Eduardo Morana, levantándose con las piernas temblorosas—. ¡Seguridad! ¡Saquen a este hombre!
Damián ni siquiera lo miró. Su atención estaba clavada en Renata. Se detuvo a dos metros del altar, ignorando el caos a su alrededor.
—He venido por lo que me pertenece por derecho de sangre y promesa —dijo Damián. Su voz era un barítono profundo que vibró en el pecho de todos los presentes—. He venido por la única y verdadera heredera de la familia Vane.
El silencio que siguió fue sepulcral. Eduardo y Ester se miraron, con los rostros desencajados.
—¿Heredera? —balbuceó David, mirando a Renata como si la viera por primera vez—. ¿De qué hablas? Ella es una Vane, sí... una pariente lejana, una huérfana que recogimos...
Damián dejó escapar una risa corta, cargada de un desprecio letal.
—¿Pariente lejana? —Damián dio un paso al frente, su presencia asfixiando el espacio personal de David—. Son más estúpidos de lo que los informes decían. No recogieron a una huérfana. Tuvieron bajo su techo a la hija de los Vane. La familia que financió el ascenso de este país cuando el abuelo de ustedes todavía vendía chatarra. Los mismos que cenan en la mesa del Presidente mientras ustedes ruegan por una invitación a sus galas.
Ester Morana se llevó la mano al pecho, sintiendo que el mundo se desvanecía. Sabían que el apellido de Renata era Vane, pero habían asumido que era una rama caída, una desgracia de la alcurnia. Jamás, ni en sus peores pesadillas, pensaron que la "gata" que limpiaba sus alfombras era la princesa de la dinastía más poderosa del país.
—¡Miente! —rugió Marcus, recuperando el sentido y dando un paso hacia Renata—. Ella firmó un contrato. Ella es mía. No me importa quiénes sean sus padres, hoy sale de aquí como mi esposa.
Marcus intentó agarrar el brazo de Renata con fuerza, pero antes de que pudiera tocarla, Damián se movió con la rapidez de un rayo. Interpuso su cuerpo entre ellos, protegiendo a Renata, y clavó su mirada furiosa en Marcus. Damián no necesitó levantar la mano; su sola mirada era una sentencia de muerte.
—Suéltala —ordenó Damián. El tono era tan bajo y cargado de amenaza que Marcus, un hombre acostumbrado a intimidar a todos, retrocedió un paso, con el rostro pálido y el sudor frío perlándole la frente—. Si pones un solo dedo sobre ella, te aseguro que para el anochecer, el nombre Sterling será solo una nota al pie en la sección de quiebras bancarias. No tientes a un Vane, y mucho menos a quien los protege.
Marcus se quedó mudo, acobardado por la energía arrolladora de Damián.
Renata miró a Damián. El hombre que ella había rechazado para huir de su destino estaba allí, rescatándola de un infierno que ella misma había aceptado por un amor que resultó ser una estafa.
—Damián... —susurró ella, y su voz finalmente rompió el hechizo.
Él suavizó mínimamente la expresión al mirarla, extendiendo una mano firme hacia ella.
—Renata. Se acabó el tiempo de esconderse —dijo él—. Tu padre te espera. El país entero está preguntando dónde está su heredera. Deja este nido de ratas y vuelve al lugar que te corresponde. Al trono que dejaste vacío.
Los Morana estaban en shock. David miraba a Renata con una mezcla de horror y arrepentimiento tardío. Se dio cuenta de que lo que había tenido entre las manos no era una sirvienta a la que podía manipular, sino un imperio que ahora, por su propia cobardía, iba a aplastarlo.
Renata se arrancó el velo y lo dejó caer sobre los cristales rotos. Miró a la familia Morana por última vez, no con odio, sino con una lástima infinita.
—David —dijo ella, y su voz resonó con la fuerza de su linaje—. Te dije que cuando el cristal se rompiera, no intentaras recoger los pedazos.
Caminó hacia Damián y tomó su mano. El contacto fue eléctrico, una promesa de que el juego de la "novia sustituta" había terminado. Ahora empezaba la era de la heredera, y la venganza apenas estaba empezando a calentarse.
aunque sea necesaria en la novela
no le quita méritos a la escritora
ahora sí va a arder el mundo
cómo si ella está en la mansión Vane, David tiene los planos???
o es que ella se quedó en la mansión Morana???
que bien estúpida es si lo hizo así
y si suficiente seguridad????
a qué juega????
para verse sus caras
que buen capítulo
cuánto suspenso
estoy súper intrigada