nunca hay que mentirse a uno mismo
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13
Mientras Vincent lidiaba con su mano derecha en la mansión, en el pequeño hotel del centro, la atmósfera era radicalmente distinta. El olor a café espresso y bizcochos recién horneados llenaba la habitación donde Carmín y Nina intentaban poner orden a sus pensamientos y a su equipaje.
Carmín estaba sentada al borde de la cama, cepillándose el cabello con una cadencia hipnótica. Tenía esa mirada que Nina conocía bien: una mezcla de satisfacción post-coital y la alerta máxima de quien sabe que está caminando sobre hielo delgado.
—¿Entonces? —soltó Nina, rompiendo el silencio mientras se aplicaba una mascarilla—. ¿El "empresario" resultó ser tan bueno como su champaña?
Carmín soltó una risa que todavía sonaba a sábanas revueltas.
—Nina, ese hombre es... ilegal. De verdad. No hubo lugar que no profanara. Pero lo más raro no fue eso, fue el desayuno. Hablamos de arte, de la lluvia, de mi marca. Le dije que era un viejo de treinta años y se sonrojó.
—¡Un puritano con manos de pecado! Mis favoritos —rio Nina—. ¿Y en qué quedaron?
—Llegamos a un acuerdo —dijo Carmín, poniéndose seria—. Solo placer. Él quería salir, "conocernos", pero le puse un alto. Acabo de salir de un infierno de tres años; no quiero noviazgos, ni promesas, ni Italia de la mano. Solo noches de fuego y ya. Él aceptó, aunque creo que su orgullo de macho italiano le dolió un poquito.
Nina se quitó la mascarilla de un tirón y se sentó frente a ella.
—Pues te diré que su "llavero", el tal Dante, no se queda atrás. No sé si es empresario o modelo de perfumes prohibidos, pero mi noche fue fabulosa. Es veneno puro , Carmín. No hablamos tanto de "arte", pero digamos que el cardio que hicimos debería ser disciplina olímpica. Me gusta que no preguntan de más. Son directos, peligrosos y saben lo que hacen.
—Exacto —asintió Carmín—. Sin sentimientos. Solo aprovechar el mes y luego... adiós, Italia.
Pero el plan de "solo placer" resultó ser la mentira más elaborada de sus vidas. Durante las siguientes tres semanas, la ciudad de Florencia se convirtió en el tablero de un juego de seducción donde las reglas se doblaban cada noche.
Las "citas" nunca se llamaban así. Eran, según ellos, "coincidencias logísticas" o "necesidades del momento".
—"Oye, Carmín, tengo que revisar una propiedad cerca de la Galería de la Academia, ¿quieres venir a decirme si la fachada es estéticamente correcta?" —era la excusa de Vincent para llevarla a ver el David de Miguel Ángel a puerta cerrada, terminando siempre en un rincón oscuro de la galería, con la espalda de Carmín contra el mármol frío y las manos de Vincent reclamando cada curva.
—"Necesito probar este vino en una terraza específica porque estoy pensando en invertir en la cosecha" —decía él, cuando en realidad solo quería ver cómo la luz del atardecer golpeaba el rostro de la mexicana mientras ella hablaba con pasión de sus diseños de ropa para niños.
Eran tres semanas de pretextos constantes. Se veían para "cenar rápido porque tenían hambre", pero la cena duraba cuatro horas de pláticas intensas que terminaban en el penthouse, donde el hambre real se desataba. Vincent se descubrió a sí mismo memorizando los gestos de Carmín: cómo se mordía el labio cuando estaba concentrada o la forma en que su carácter de mil infiernos salía a flote si un mesero tardaba demasiado.
Por su parte, Carmín intentaba mantener la distancia emocional, pero cada noche que pasaba bajo el cuerpo de aquel hombre, la coraza se agrietaba. Vincent la trataba como si fuera de cristal y, al mismo tiempo, como si fuera la única mujer capaz de aguantar su intensidad. No era solo sexo; era una guerra de voluntades donde la rendición siempre ocurría entre gemidos y sábanas de seda.
Nina y Dante no se quedaban atrás. Sus encuentros eran más explosivos y menos coreografiados, una danza de adrenalina en los clubes más exclusivos y en autos deportivos que recorrían las colinas de la Toscana a velocidades prohibidas.
Para la tercera semana, el "acuerdo" de Carmín era una hoja de papel quemada. Se buscaban con desesperación bajo cualquier pretexto: una recomendación de café, una duda sobre una calle, una "inspección" de telas. Se estaban mintiendo descaradamente. Ella ya no era solo una turista de paso y él ya no era solo un empresario. Eran dos fuerzas de la naturaleza que habían encontrado su centro en el otro, ignorando que, fuera de esa burbuja de citas disfrazadas, el mundo de la mafia y el pasado de la CDMX seguían acechando en las sombras.
no se vale