Odiar es una palabra fuerte, un sentimiento que se debía de sentir mucho entre los Markov y Villal Pero que pasa cuando quieren formar las paces entre ellos por el bien del dinero… digo las familias. ¿Obligarian a sus hijos a un matrimonio? Pero… ¿A quienes de ellos?
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Silencios incómodos
Después de que Amalia prácticamente los echara con la mirada, Damian terminó acompañando a su hermana de regreso al comedor.
Aunque antes de irse volvió a mirar a Catalina una última vez.
Como si intentara descifrarla.
Eso la irritó más de lo necesario.
La puerta del baño volvió a cerrarse y el silencio regresó al pasillo.
Catalina soltó un largo suspiro.
No tenía ganas de volver todavía.
La sola idea de regresar a esa mesa llena de adultos hipócritas discutiendo sobre poder le daba dolor de cabeza.
Entró nuevamente al baño y abrió la llave del lavabo.
El agua fría corrió sobre sus manos mientras observaba su reflejo en el espejo.
Se veía cansada.
Y apenas iban unas horas de cena.
—Qué noche de mierda… —murmuró.
Se apoyó contra el mármol unos segundos.
Todavía no entendía por qué seguía pensando en Amalia.
O peor.
En Damian.
Especialmente en la forma en que había reaccionado apenas vio a su hermana mal.
Fue automático.
Genuino.
Nada que ver con la imagen despiadada que siempre le vendieron sobre los Markov.
Catalina odiaba eso.
Odiaba descubrir humanidad donde esperaba monstruos.
Porque volvía todo más complicado.
Cerró la llave del agua lentamente.
Entonces la puerta volvió a abrirse.
Catalina levantó la vista esperando ver a alguna mujer del servicio.
Pero no.
Damian Markov acababa de entrar al baño equivocado.
Ambos se quedaron inmóviles unos segundos.
Él miró alrededor.
Después volvió a verla.
—…Este no era el baño que buscaba.
Catalina soltó una risa seca.
—Espero que no.
Damian se pasó una mano por el cabello claramente fastidiado consigo mismo antes de apoyarse contra la puerta.
—Alekséi está provocando a tu hermano.
—¿Cuál de los dos?
—El que parece tener problemas de ira.
—Eso no ayuda en nada.
—Entonces el moreno que quiere golpearme desde que llegamos.
Thiago.
Definitivamente Thiago.
Catalina negó apenas con la cabeza.
—¿Y viniste a esconderte?
—Tal vez.
Ella arqueó una ceja.
—Pensé que los Markov amaban el conflicto.
—Solo cuando vale la pena.
Hubo un pequeño silencio.
Extrañamente menos incómodo que el de la cena.
Damian observó cómo Catalina secaba lentamente sus manos.
—Amalia dijo que la ayudaste.
—Se le cayó el inhalador. No fue la gran cosa.
—Igualmente gracias.
Catalina levantó la vista sorprendida.
¿Un Markov agradeciendo algo?
Definitivamente el mundo estaba terminando.
—Wow. Eres educado y todo.
—No arruines mi reputación.
Ella sonrió apenas.
Y Damian la observó hacerlo.
Otra vez.
Demasiado fijo.
Catalina terminó apartando la mirada primero.
—Tu hermana es distinta a ustedes.
—¿Eso es un insulto?
—Tal vez.
Damian soltó una risa baja.
La primera real desde que lo conocía.
Y Catalina descubrió rápidamente algo peligroso:
Se veía demasiado bien cuando dejaba de actuar como un idiota arrogante.
—Tú también eres distinta —dijo él de repente.
Catalina frunció el ceño.
—¿Porque todavía no intenté clavarte un cuchillo?
—Porque no hablas como alguien criado para odiarnos.
La frase quedó flotando entre ambos.
Porque era verdad.
Y Catalina no sabía si eso la molestaba o no.
—Tal vez estoy cansada de pelear guerras ajenas —admitió finalmente.
Damian la observó en silencio unos segundos.
Como si entendiera exactamente lo que quería decir.
Y probablemente lo hacía.
Porque él tampoco parecía disfrutar toda esa rivalidad absurda.
Un ruido fuerte interrumpió el momento.
Un golpe.
Después voces elevadas.
Catalina cerró los ojos inmediatamente.
—Oh no…
Damian suspiró.
—Nuestros hermanos.
Y efectivamente…
El desastre acababa de empezar.