Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPÍTULO 7: EL SANTUARIO DE LA OBSESIÓN
El trayecto de regreso a la mansión de los Ivanov en los acantilados de la costa fue un sepulcro sobre ruedas. En el asiento trasero del SUV blindado, las manos de Zakhar no habían soltado las de Damiano ni por un segundo, sus pulgares trazando círculos manchados de sangre seca sobre los nudillos del italiano. En el asiento del conductor, la mirada de Enzo por el espejo retrovisor era una mezcla tóxica de asco y un deseo reprimido que le carcomía las entrañas.
Al cruzar las inmensas puertas de hierro de la propiedad, la realidad del ataque se asentó. Yelena no estaba en casa, lo cual era una bendición; Damiano no tenía la paciencia para lidiar con el interrogatorio de ella esa noche.
Apenas cruzaron el vestíbulo, Zakhar se detuvo. La adrenalina había bajado, pero la urgencia en sus ojos bicolores era absoluta.
–Tengo que hacer llamadas. Levantar a nuestros hombres. La Yakuza no respirará tranquila esta noche – dijo Zakhar, besando la frente de Damiano con una rudeza posesiva.
– Ve a nuestra habitación. Cierra la puerta. No salgas hasta que yo suba.
– ¿Y perderme el sonido de tus amenazas por teléfono? – provocó Damiano, aunque el cansancio empezaba a pesar en sus huesos.
– Damiano. Ve.
No fue una petición, fue una orden dictada por el líder de la Bratva. Damiano rodó los ojos, pero la sonrisa ladeada en sus labios delataba que la autoridad de su esposo le resultaba deliciosamente atractiva en ese momento.
Subió la gran escalera de caracol, dejando a Zakhar desaparecer hacia el ala oeste de la mansión. Sin embargo, en lugar de ir directamente a la suite principal, los pies de Damiano lo llevaron por el pasillo contrario. Quería un trago fuerte antes de quitarse el traje arruinado, y recordaba que Zakhar guardaba un whisky escocés invaluable en su despacho privado.
La puerta del despacho, que usualmente estaba cerrada bajo un sistema de seguridad biométrico, estaba entreabierta. Un descuido raro en alguien tan paranoico como Zakhar, probablemente producto de la conmoción de haber estado a centímetros de perder a su esposo en el teatro.
Damiano empujó la pesada madera de roble y entró. El despacho estaba a oscuras, iluminado solo por la luz de la luna que se filtraba por los ventanales con vista al océano. Encendió la pequeña lámpara del escritorio. Se sirvió dos dedos de whisky en un vaso de cristal tallado y, al girarse, su mirada chocó contra una segunda puerta en el fondo de la habitación.
La puerta de acero sin manija. La habitación a la que Zakhar llamaba "el archivo muerto", donde supuestamente guardaba los registros financieros más sensibles de la mafia rusa.
Hoy, el panel numérico parpadeaba en verde. Abierta.
El instinto curioso del Moretti superó cualquier límite de privacidad. Damiano dio un paso, empujó la puerta de acero y encendió el interruptor de la pared.
El vaso de cristal resbaló de sus dedos y se hizo añicos contra el suelo de madera. El sonido del cristal rompiéndose fue ensordecedor en el silencio de la casa, pero Damiano ni siquiera parpadeó. Todo el aire abandonó sus pulmones.
No había archivos financieros. No había registros de la Bratva ni planos de rutas de contrabando.
Había paredes enteras cubiertas de él.
Damiano caminó lentamente hacia el centro de la habitación, sintiendo que el piso desaparecía bajo sus pies. Decenas, cientos de fotografías empapelaban el lugar. Eran imágenes de alta resolución, fechas, notas escritas con la caligrafía apresurada de Zakhar.
Se acercó a la pared principal. La foto central, enmarcada con un cuidado enfermizo, lo mostraba a él a los 22 años. Llevaba un traje blanco. Era la fiesta de hace cuatro años, la misma noche en la que Damiano había aceptado internamente que estaba perdido por el gigante ruso. Pero la foto no estaba tomada de frente; era un ángulo robado, tomado desde las sombras del balcón donde Zakhar solía fumar.
– Qué demonios... – susurró Damiano.
Bajo la foto central había una repisa de cristal. El corazón de Damiano latió desbocado al reconocer los objetos perfectamente alineados sobre ella:
Un encendedor Zippo de oro que creyó haber perdido en un casino de Las Vegas hace tres años.
Un gemelo de plata con las iniciales D.M. que desapareció de su chaqueta durante una reunión de las familias.
Una corbata de seda negra que usó en un funeral.
Incluso un vaso de café de cartón, preservado en una caja de acrílico, con una marca de sus labios en el borde.
Las fotografías a su alrededor narraban una cacería silenciosa. Damiano caminando por la playa. Damiano en el asiento trasero de su propio auto, tomado a través de lentes telescópicos. Damiano en restaurantes de la Costa Oeste, cenando con líderes menores, con notas de Zakhar clavadas con alfileres rojos: "Sonríe demasiado. Matar al contacto del traje gris". Y efectivamente, recordó que ese contacto había aparecido muerto flotando en el puerto dos semanas después de esa cena.
El trato de la alianza no había sido un capricho de los Moretti. No había sido una coincidencia política de la mafia italiana. Zakhar Ivanov no había aceptado el matrimonio por conveniencia para ganar rutas marítimas.
Zakhar había acorralado a la familia de Damiano, había presionado los hilos, estrangulado sus negocios y forzado la situación hasta que no tuvieron otra opción que entregarlo como moneda de cambio. Todo había sido un tablero de ajedrez meticulosamente diseñado durante cuatro años para obligarlo a caminar hacia el altar.
El secuestro no era la Yakuza atacando al azar. Era el mundo entero intentando arrebatarle a Zakhar lo que llevaba años coleccionando en la oscuridad.
Cualquier persona en su sano juicio habría sentido terror puro. Habría salido corriendo de esa casa al descubrir que dormía cada noche con su propio acosador.
Pero Damiano Moretti no estaba en su sano juicio.
Al pasar los dedos sobre una fotografía donde se le veía durmiendo en un jet privado, una ola de calor oscuro y retorcido se instaló en su bajo vientre. No era miedo. Era una embriagadora y destructiva sensación de poder. El hombre más peligroso de la costa occidental no solo lo amaba; estaba completamente desquiciado por él.
Un clic metálico a sus espaldas rompió el silencio.
– Te dije que fueras a nuestra habitación.
Damiano se giró lentamente. Zakhar estaba de pie en el umbral, bloqueando la única salida con su enorme cuerpo. Ya no llevaba la chaqueta del esmoquin. La camisa blanca manchada de sangre se adhería a su pecho, y en su mano derecha sostenía la Beretta, apuntando hacia el suelo.
La respiración de Zakhar era errática. Sus ojos bicolores, normalmente fríos y calculadores, ahora brillaban con el pánico de un depredador cuyo mayor secreto acababa de ser expuesto. Miraba a Damiano como esperando que el italiano empezara a gritar, a huir, a llamarlo monstruo.
Damiano pisó los cristales rotos de su vaso de whisky, ignorando el crujido bajo la suela de sus zapatos de diseñador. Caminó hacia el centro del "santuario", rodeado de años de acoso, obsesión y locura.
Se detuvo a un metro de su esposo, ladeó la cabeza y dejó que una sonrisa perversa e intoxicante curvase sus labios.
– Un encendedor, Zakhar... ¿En serio? – ronroneó Damiano, su voz destilando una peligrosa fascinación. – Y yo que pensaba que a los rusos les faltaba romanticismo