En Valenora, una ciudad donde el poder se hereda con sangre y la traición puede destruir imperios, dos familias dominan las sombras.
Alessia Bellandi, heredera de una poderosa familia italiana, ha aprendido a vivir entre secretos, lealtades y decisiones que nunca le han pertenecido.
Mikhail Orlov, heredero de un imperio ruso construido con disciplina y peligro, sabe que en su mundo una sola equivocación puede costar demasiado.
Cuando una amenaza comienza a mover piezas en las sombras, los Bellandi y los Orlov se ven obligados a sellar una alianza que nadie esperaba: un matrimonio por conveniencia.
Pero lo que comienza como un pacto frío pronto se convierte en una batalla de voluntades, deseo contenido y emociones que ninguno estaba preparado para sentir.
Mientras enemigos ocultos intentan destruirlos desde dentro, Alessia y Mikhail descubrirán que confiar puede ser el riesgo más peligroso ...y también el más inevitable.
porque algunas guerras nacen de la sangre .
Y otras del amor .
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Capitulo 4: Lo que no debía sentirse
La noche dejó un silencio extraño en la residencia Bellandi.
Después de la reunión, Alessia permaneció un largo rato en su habitación con las luces apagadas. Desde la ventana observaba la ciudad extendida bajo la oscuridad. Valenora parecía tranquila, pero dentro de ella algo seguía moviéndose.
No podía dejar de pensar en lo ocurrido.
La propuesta de alianza.
La reacción de su padre.
La mirada de Mikhail.
Y sobre todo, aquella forma serena en que él había dicho que aquello no podía decidirse así.
No era lo que esperaba de un Orlov.
Se apartó de la ventana y se dejó caer sobre la cama.
Intentó convencerse de que aquello no importaba.
Pero cuanto más trataba de alejarlo, más presente se volvía.
A la mañana siguiente, la casa Bellandi amaneció envuelta en una calma tensa.
Alessia bajó al comedor y encontró a Vittorio leyendo documentos.
No levantó la vista al verla.
—Siéntate.
Ella obedeció.
Una empleada dejó café sobre la mesa y se retiró.
—Supongo que vamos a hablar de anoche —dijo Alessia.
—Sí.
Vittorio cerró la carpeta.
—No me gustó que reaccionaras de esa forma.
Alessia lo miró directamente.
—¿Y esperabas que me quedara callada?
—Esperaba que entendieras lo que está en juego.
—Lo entiendo.
Su voz fue firme.
—Lo que no acepto es que decidan por mí.
Su padre guardó silencio.
Luego habló con un tono más bajo.
—No estoy intentando perjudicarte.
—Entonces dime la verdad.
Los ojos de Vittorio se endurecieron apenas.
—Hay alguien moviéndose dentro de nuestras rutas. Alguien conoce demasiadas cosas. Alguien está muy cerca.
Alessia lo escuchó con atención.
—¿Crees que sea alguien de dentro?
—Todavía no lo sé.
La respuesta fue corta, pero bastó para inquietarla.
En su familia, la palabra traición nunca se pronunciaba a la ligera.
—Hasta que sepamos quién es, quiero que seas prudente.
—Siempre lo soy.
—Con Orlov también.
Alessia no respondió.
Su padre lo notó.
—No olvides quiénes son.
Ella sostuvo la mirada.
—Tampoco olvides que uno de ellos me salvó.
Vittorio no dijo nada.
Pero el silencio fue más elocuente que cualquier respuesta.
En el edificio Orlov, Mikhail estaba de pie frente al ventanal cuando Yuri entró en su despacho.
—No pareces muy concentrado.
Mikhail siguió observando la ciudad.
—Lo estoy.
Yuri dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Entonces dime qué ves.
—Movimientos nuevos en el puerto sur.
—Eso ya lo sabemos.
Mikhail se giró lentamente.
—Y alguien intentando acercarse demasiado.
Yuri lo estudió.
—¿Hablas del enemigo o de Alessia Bellandi?
La pregunta cayó con precisión.
Mikhail no respondió enseguida.
—No mezcles cosas.
Yuri sonrió apenas.
—No lo hago. Solo pregunto.
Mikhail tomó la carpeta.
—¿Qué averiguaste?
—Hay un nombre que aparece dos veces en registros distintos. Un intermediario. Nadie lo conoce bien.
—Quiero todo sobre él.
—Ya estoy en eso.
Yuri se dirigió a la puerta, pero antes de salir se volvió.
—Por cierto… ella también estaba pensando en ti.
Mikhail alzó la vista.
—¿Y cómo sabes eso?
—Porque te sostuvo la mirada igual que tú.
La puerta se cerró.
Y por primera vez en mucho tiempo, Mikhail se descubrió sonriendo apenas.
Esa tarde, Alessia decidió salir.
Necesitaba despejarse.
Condujo sola hasta una pequeña cafetería cerca del puerto. Era uno de los pocos lugares donde todavía podía respirar sin sentirse observada.
Pidió café y se sentó junto a una ventana.
Afuera, Valenora seguía viva.
Personas caminando.
Autos.
Barcos.
Normalidad.
O al menos, una versión convincente de ella.
Tomó la taza entre las manos.
Entonces sintió una presencia conocida.
Alzó la vista.
Mikhail estaba allí.
De pie frente a la mesa.
Llevaba un abrigo oscuro y esa expresión tranquila que parecía no alterarse nunca.
Alessia parpadeó.
—¿Me estás siguiendo?
Una leve sombra de sonrisa apareció en él.
—No.
—Entonces Valenora es más pequeña de lo que pensaba.
—O el destino tiene mal sentido del humor.
Ella no pudo evitar sonreír.
—Puede ser.
Mikhail señaló la silla vacía.
—¿Puedo?
Alessia dudó apenas un segundo.
—Sí.
Él se sentó frente a ella.
Por un momento ninguno habló.
No era incomodidad.
Era algo distinto.
Una atención silenciosa.
—¿Vienes mucho aquí? —preguntó él.
—Cuando necesito pensar.
—Entonces llegué en mal momento.
—Tal vez.
La respuesta hizo que él la mirara con más atención.
—¿Estás molesta por lo de anoche?
—No me gusta que decidan por mí.
—A mí tampoco.
Ella sostuvo su mirada.
—Entonces estamos de acuerdo en algo.
—En más de una cosa, creo.
El comentario quedó suspendido entre ambos.
Alessia tomó un sorbo de café.
—Dime algo.
—¿Qué?
—¿Siempre eres tan tranquilo?
Mikhail apoyó los brazos sobre la mesa.
—No.
—Entonces, ¿qué te pone nervioso?
Él la observó unos segundos.
—Ahora mismo.
El corazón de Alessia dio un pequeño golpe inesperado.
Lo miró en silencio.
No parecía estar bromeando.
Y eso fue precisamente lo que la desarmó.
En ese instante, el teléfono de Mikhail vibró.
Su expresión cambió apenas al leer el mensaje.
—Tengo que irme.
—¿Problemas?
—Tal vez.
Se puso de pie.
Alessia también.
—Supongo que siempre terminamos así.
—Interrumpidos.
—O huyendo.
Mikhail la miró.
—No estoy huyendo.
Se acercó apenas.
Lo suficiente para que el aire cambiara.
—Pero si me quedo… tal vez empiece a olvidar que no debería estar aquí.
El pulso de Alessia se aceleró.
Por un segundo ninguno se movió.
Luego él retrocedió.
—Nos veremos, Alessia.
—Mikhail.
Él se detuvo.
—Ten cuidado.
Una mirada distinta cruzó sus ojos.
Más suave.
Más humana.
—Tú también.
Se marchó.
Alessia lo vio alejarse entre la gente de la calle.
Y supo que había algo peligroso en todo aquello.
No por las armas.
No por las familias.
No por los enemigos.
Sino porque por primera vez empezaba a sentir algo que no debía.