Ayla Eisen y Ragnar crecieron bajo la sombra de una tragedia idéntica: la enfermedad que les arrebató a sus madres, dejando a sus padres, empresarios y amigos de toda la vida, sumidos en el dolor, pero ahora, ellos han decidido sellar su destino con un contrato inquebrantable; obligándolos a contraer nupcias, donde se ven atrapados en un matrimonio sin amor, pero unidos por una promesa desesperada hecha sobre las lápidas de sus esposas; que consiste en usar su unión para financiar la batalla contra el mal que destruyó a sus familias, en una casa llena de silencios y recuerdos, en la cual deberán decidir si su alianza es solo un negocio doloroso o si, entre las cenizas de su pérdida, puede nacer la fuerza para sanar... y quizás, aprender a amar
"Nuestras madres nos heredaron su ausencia con su partida pronta, pero nuestros padres nos vendieron al mismo dolor; ahora estamos encadenados por un contrato que se firmó con sangre y se selló sobre sus tumbas."
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Capítulo 14
La luz del amanecer en la montaña no tenía la calidez que recordaba de mi antigua casa; aquí, el sol parecía filtrarse a través del cristal del búnker con una frialdad técnica, iluminando cada rincón de mi habitación con una precisión que no dejaba espacio para las sombras. Me desperté antes de que sonara la alarma, con la mente funcionando a mil revoluciones por segundo. Las palabras de Ragnar sobre la traición de mi padre habían actuado como un reactivo químico en mi sistema, cristalizando mi determinación.
Me duché y vestí con rapidez, optando por un traje de sastre en color gris carbón. Necesitaba la armadura del profesionalismo para lo que venía. Al salir de mi ala, el silencio de la mansión se sentía denso, no sabía si Ragnar ya estaba despierto, pero al llegar a la cocina, lo encontré revisando una serie de documentos digitales en su tablet, rodeado por el aroma de un café expreso cargado.
—Llegas tres minutos temprano, Doctora. Veo que la urgencia de proteger tu legado te ha quitado el sueño. —Dijo sin levantar la vista, pero una leve curva en la comisura de sus labios delató su satisfacción.
—No es urgencia, es profilaxis. —Respondí, sirviéndome una taza de café negro; si esperas a que una infección se propague, el tratamiento es mucho más agresivo, prefiero extirpar la ambición de mi padre antes de que cause metástasis en mi proyecto.
Él dejó la tablet y me observó, sus ojos, aunque cansados, brillaban con una lucidez peligrosa, llevaba una camisa azul marino, impecable, lista para el combate corporativo.
—El abogado de mi subsidiaria personal, "Ares Tech", nos espera en la oficina. —Tu padre cree que hoy estarás en el hospital revisando los protocolos del nuevo acelerador lineal. Bruno, que estaré en la planta supervisando la línea de producción. —Ambos están demasiado confiados en que ya nos tienen bajo control.
—¿Ares Tech? —Pregunté, arqueando una ceja. — ¿Le pusiste el nombre del dios de la guerra a tu empresa privada?
Ragnar se levantó, rodeando la mesa hasta quedar frente a mí. La cercanía volvió a disparar esa alerta instintiva en mi pecho, una que me negaba a clasificar como atracción.
—Porque el mercado es un campo de batalla, Ayla y "Ares" es la única entidad que mi padre no puede tocar. —Es mi salida de emergencia, y hoy, será la tuya.
Salimos de la mansión en un vehículo diferente al de ayer, un SUV de vidrios oscuros más discreto para evitar a los paparazzi que aún montaban guardia. Durante el trayecto, el silencio no fue incómodo, sino estratégico. Yo revisaba los puntos clave de mi investigación, asegurándome de que los anexos técnicos fueran inexpugnables. Ragnar, por su parte, hacía llamadas cortas, dando órdenes con una frialdad que me recordaba por qué lo llamaban el "Príncipe de Hielo" en los círculos financieros.
Al llegar a la oficina, el ambiente era de total discreción. Un hombre de aspecto afilado y traje impecable nos recibió. Durante tres horas, desglosamos la propiedad intelectual de mi proyecto de inmunoterapia, registramos la patente principal bajo el nombre de Ayla Eisen, pero cedimos los derechos de explotación exclusiva a la subsidiaria “Ares Tech”, con una cláusula de retorno automático en caso de que la fusión Graf-Eisen intentara modificar el equipo directivo.
—Jaque —Susurró Ragnar cuando firmé el último documento. — Ahora, si tu padre quiere vender tu tecnología al presidente de los hospitales privados, tendrá que comprarle los derechos a mi empresa y el precio será su renuncia a cualquier control sobre tus laboratorios.
Sentí un alivio momentáneo, pero también una punzada de amargura. Estaba protegiendo mi vida usando las mismas armas que ellos: el engaño y el poder.
—¿En qué nos diferencia esto de ellos, Ragnar? —Pregunté cuando salimos de la oficina, mientras el sol de mediodía calentaba el pavimento.
Él se detuvo junto a la puerta del auto y me miró con una seriedad que me caló hasta los huesos.
—En que nosotros no estamos destruyendo a la gente que se supone que debemos proteger. Estamos salvando lo único que importa. La diferencia, Lía, es el propósito.
Me dejó en el hospital poco después. Necesitaba sumergirme en el trabajo real para olvidar el lodo de la política corporativa. Las horas pasaron entre rondas de quimioterapia y consultas, pero la noticia de la fusión ya había permeado los pasillos. Las enfermeras me miraban con una mezcla de respeto y curiosidad morbosa, mis colegas me daban el “enhorabuena” con sonrisas que ocultaban envidia.
—Doctora Eisen, el nuevo equipo llegará el lunes. —Me dijo el jefe de enfermería, visiblemente emocionado. — Los pacientes están esperanzados. Dicen que es un milagro que los Graf hayan puesto los ojos aquí.
"Un milagro financiado con mi libertad", pensé, pero le devolví una sonrisa profesional. El dinero ya estaba fluyendo y eso era lo único que debía importarme.
Sin embargo, la burbuja del hospital estalló cuando, al salir al estacionamiento, vi una notificación en mi teléfono. Era una alerta de noticias de un tabloide local. La foto, aunque borrosa, era inconfundible: Ragnar saliendo de un club exclusivo en la madrugada, acompañado de una mujer rubia cuya mano descansaba con demasiada familiaridad en su pecho. El titular rezaba: "¿La boda del siglo ya tiene grietas? Ragnar Graf no renuncia a su vida de soltero tras el compromiso".
Sentí un vacío extraño en el estómago, no era celos, me repetí, era humillación pública. Él me había pedido que mi indiferencia fuera perfecta, pero ver la prueba visual de su "libertad" era diferente a simplemente saber que existía.
Regresé a la mansión con el ánimo por los suelos. Al entrar, el ambiente se sentía cargado. Las luces estaban bajas y el sonido de jazz suave flotaba en el aire. Ragnar estaba en la sala, con un vaso de cristal en la mano, observando la chimenea apagada.
—¿Ya lo viste? —Preguntó sin volverse. Su voz era plana, desprovista de la energía combativa de la mañana.
—Es difícil no verlo cuando está en la pantalla de cada teléfono del país, Ragnar. —Respondí, dejando mi bolso sobre el sofá con más fuerza de la necesaria. — Te pedí que fueras prudente. ¿Es esto lo que llamas "manejar la marca"?
Él se giró lentamente. Se veía desaliñado, con la camisa abierta y el cabello revuelto.
—Fue una trampa, Ayla, esa mujer es la sobrina de uno de los inversionistas del Caballero de la cena de la otra noche, estaba ahí para provocar precisamente esta reacción. — No pasó nada, pero la cámara solo captura lo que el ojo quiere creer.
—No me importa si pasó algo o no —Mentí, sintiendo que la garganta se me cerraba. — Lo que me interesa es que me haces quedar como una tonta frente a las personas que tengo que dirigir, me pides que sea una reina con espada, pero me pones en una posición donde parezco una víctima de tus caprichos.
Ragnar dejó el vaso sobre la mesa y caminó hacia mí, sus pasos eran lentos, deliberados, se detuvo a escasos centímetros, obligándome a inclinar la cabeza para sostenerle la mirada.
—¿Te duele el orgullo o te duele otra cosa, Lía? —Preguntó en un susurro peligroso.
—Me duele que estemos jugando un juego donde las reglas solo se aplican a mí. —Respondí, retrocediendo un paso. —Tú puedes salir y revolcarte con quien quieras, pero yo tengo que mantener la "pureza" de la marca. ¡No es justo y lo sabes!
—¡Nada en este maldito contrato es justo! —Replicó él, su voz subiendo de tono. — Pero si vas a dudar de mí cada vez que un fotógrafo saque una foto de ángulo dudoso, esta alianza no durará ni un mes, mucho menos diez años.
Me quedé en silencio, procesando su furia. Había una vulnerabilidad en él que no había visto antes, una necesidad casi desesperada de que le creyera.
—Confío en tu inteligencia legal, pero no me pidas que confíe en tu carácter. —Dije finalmente, antes de darle la espalda para irme a mi habitación.
—¡Lía! —Su grito me detuvo en el umbral del pasillo.
No me volví, pero escuché sus palabras con una claridad dolorosa.
—Mañana por la noche tenemos la fiesta de compromiso oficial en la mansión Eisen. —Tu padre ha invitado a quinientas personas, si vas a entrar ahí con esa mirada de desprecio, mejor quédate aquí. Porque, el mundo no solo nos va a mirar... nos va a diseccionar.