Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.
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El enredo: parte III
Isabela escuchaba a lo lejos la voz de Dante llamándola.
También los pasos.
Las hojas crujían a su alrededor, y más de una vez sintió que estaban cerca… demasiado cerca.
Pero no la encontraron.
Cuando percibió que ambos hombres se habían alejado lo suficiente, avanzó de nuevo. Esta vez con más cuidado.
Un paso en falso podía delatarla.
La oscuridad era casi total.
No veía absolutamente nada. El entorno le era desconocido y los sonidos la alteraban más de lo que quería admitir.
Extendió las manos frente a ella para evitar chocar con los árboles. Eso le ayudaba un poco… pero no lo suficiente.
Los zapatos que llevaba no eran adecuados. Las piedras se le clavaban con cada paso, obligándola a avanzar con más cuidado del que le gustaría.
Algunas ramas se enganchaban en su vestido y, al ser de tela sencilla, lo rasgaban con facilidad.
Nada de aquello era sencillo.
Nada le resultaba familiar.
Y ya era de noche.
Seguramente en el instituto ya habían notado su ausencia. Era posible que alguien hubiera avisado a su abuelo.
Ese pensamiento la inquietó más que el bosque.
Entre los árboles más bajos, la luz de la luna se filtraba ligeramente. No era suficiente, pero le permitía ver lo justo para avanzar sin detenerse.
Aun así, no era de mucha ayuda.
Estaba molesta.
No sabía dónde estaba, no sabía cuánto debía caminar para salir de ese lugar. Ni siquiera estaba segura de poder hacerlo sola.
Esa idea la inquietaba más de lo que quería admitir.
Quería llorar.
Quería gritar.
Pero no podía.
No era el momento.
Respiró hondo y continuó avanzando, obligándose a mantener la calma.
Era la única forma de salir de ahí.
El frío empezó a hacerse presente.
Se sumaba a las heridas, al dolor constante en la muñeca, al cansancio que ya comenzaba a pesarle en todo el cuerpo.
Se cubrió con el gorro de la capa, buscando algo de protección, pero la tela era ligera. No ayudaba lo suficiente.
Tropezó.
La piedra era lo bastante grande como para hacerla caer.
Intentó incorporarse, pero no lo logró de inmediato. A ciegas, tanteó el suelo con la mano, intentando ubicarse.
El dolor era cada vez más evidente.
Al final, se dejó caer y se sentó.
El cuerpo le dolía. Tenía sed.
Y, por primera vez desde que había huido…
se sintió realmente desesperada.
—¿Se encuentra bien? —preguntó una voz.
Isabela cerró los ojos, resignada. De todos modos no veía nada. Le pareció que la voz venía de su derecha.
—No iré con usted —respondió, cansada—. Voy a pelear con todas mis fuerzas.
El cochero se acercó y se dejó caer a su lado, sin tocarla.
—Salir de este bosque es difícil… incluso para mí.
Isabela respiró con dificultad.
—¿Tiene agua? —preguntó.
El hombre sacó un botellón de cuero y se lo ofreció.
Ella lo destapó y bebió con rapidez, sintiendo cómo el alivio le recorría la garganta.
—Gracias —dijo, devolviéndoselo.
El cochero no lo tomó.
—Le hará falta.
Se puso de pie con calma.
—No puedo ayudarla más, pero si camina en línea recta durante una hora y media, encontrará la taberna donde los recogí.
Isabela frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué me ayuda?
El hombre se quedó en silencio un segundo.
—Yo no la vi —respondió al final—. Y como no la encontré… regreso al carruaje.
Se giró para irse, pero se detuvo un momento.
—Si avanza por el camino, pero se mantiene entre los árboles, le será más fácil. Se lastimará menos.
Sin añadir nada más, continuó su camino.
Isabela suspiró.
Se levantó como pudo, apoyándose en el tronco de un árbol antes de dar el primer paso. El dolor seguía ahí, constante, pero no podía detenerse.
Hizo lo que el cochero le había indicado.
Avanzó en línea recta, manteniéndose entre los árboles.
Tenía razón.
Desde ahí, la luz de la luna se filtraba mejor. El camino se distinguía lo suficiente para no tropezar a cada paso, y al mismo tiempo permanecía oculta.
Caminó durante mucho tiempo.
Le pareció que fueron horas.
El cansancio empezó a pesarle más que el miedo, pero no se detuvo.
Aun así, no reconocía nada.
El entorno seguía siendo ajeno.
Entonces lo vio.
Un carruaje.
Se quedó inmóvil.
El corazón le dio un vuelco.
Por un momento, pensó que era el de Dante.
El miedo la paralizó.
Pero, al observar con más atención, notó la diferencia. Era más grande, más cuidado… incluso más elegante.
No era el de él.
La puerta se abrió.
Una mujer pelirroja descendió con calma.
Isabela la reconoció de inmediato.
Era una de las mujeres que había visto afuera de la taberna.
Por fin… alguien.
Isabela corrió hacia ella.
—Te suplico que me ayudes.
La mujer se sobresaltó. Con rapidez, sacó una navaja y la apuntó.
—¿Quién eres?
La observó de arriba abajo, evaluándola.
—Me llamo Isabela —respondió, con la voz tensa.
—¿De dónde saliste? —preguntó, mirando a su alrededor, como si esperara a alguien más.
—Necesito llegar al pueblo. Llevo horas caminando… estoy perdida.
Le mostró la mano, con pequeñas heridas y rasguños.
La mujer bajó la navaja lentamente.
—Estoy trabajando. No puedo ayudarte.
Guardó el arma y dio media vuelta, dispuesta a irse.
—Espera.
Isabela se apresuró a detenerla. Desde la media, sacó un collar y se lo ofreció.
—Tómalo. Es de gran valor… te pido que me ayudes.
La mujer se lo arrebató con rapidez. Lo observó bajo la luz tenue.
—¿Qué es esto?
—Esmeraldas. Vale mucho… más de lo que ganarías esta noche. Véndeme tu tiempo.
La mujer dudó.
Parecía demasiado bueno para ser verdad.
Aun así, apretó el collar entre sus dedos.
—Keira —dijo al fin—. Así me llamo.
Isabela asintió.
—Soy Isabela.
—Ven. Es por aquí.
Ambas comenzaron a caminar.
Isabela seguía tensa, pero le daba más confianza seguir a una mujer que depender de un hombre.
—¿Eres la amante del joven que estaba contigo? —preguntó Keira, rompiendo el silencio.
Isabela la miró de inmediato.
—No. Es un loco que intentó llevarme lejos de mi familia.
Keira soltó una leve risa.
—Era muy guapo.
Isabela no respondió. —¿Vives por aquí? —preguntó después, cambiando de tema.
—No. Me quedo en un hostal cerca de la taberna. Mis clientes y yo vamos ahí… aunque este pagó por hacerlo en su carruaje.
Sonrió con naturalidad.
Isabela abrió ligeramente los ojos, sorprendida e incómoda.