Tras una muerte inesperada, una joven despierta convertida en un bebé dentro del mundo de la novela que leyó antes de morir: “Casada con el Príncipe Maldito”. Pero no como un personaje secundario… sino como la propia protagonista.
Con recuerdos intactos de la historia original, sabe exactamente cómo terminará todo: obligada a casarse con el temido príncipe heredero, un hombre marcado por una maldición que lo consume lentamente… y que, al final, incapaz de soportar el dolor y el rechazo, se quita la vida.
Ahora, renacida en su lugar, la nueva protagonista siente algo muy distinto: rabia hacia esa historia injusta… y una profunda lástima por el hombre destinado a romperse.
¿Debe seguir el curso de la novela para sobrevivir y alcanzar un final seguro… o desafiar el destino para salvar a alguien que nunca fue amado?
En un mundo donde el amor puede ser salvación o condena, cambiar la historia podría costarle todo… incluso su propia vida.
NovelToon tiene autorización de Crystal Suárez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La luz de los espíritus
Un año.
Doce meses completos viviendo en este cuerpo pequeño, limitado, desesperantemente lento, y aun así… distinto, porque aunque la frustración no desapareció, porque sería absurdo pretender que lo hiciera cuando cada día seguía siendo una lucha constante entre lo que mi mente quería hacer y lo que mi cuerpo era capaz de lograr, algo en mí había cambiado, o quizás era más correcto decir que algo había comenzado a tomar forma, porque ya no era solo impotencia, ya no era solo espera, ahora había intención, pequeños actos, decisiones diminutas que, aunque parecieran insignificantes para cualquiera que me observara desde fuera, para mí eran avances reales, pasos concretos hacia un objetivo que no estaba dispuesta a abandonar, y en ese proceso, en ese lento y a veces insoportable crecimiento, hubo algo que se mantuvo constante.
Estefan.
No vino todos los días, ni siquiera todas las semanas, pero regresó más de lo que la historia original sugería, o tal vez siempre lo hizo y simplemente nunca se narró, nunca fue importante para nadie… excepto que ahora lo es para mí, porque cada una de sus visitas, cada uno de esos encuentros silenciosos, se convirtió en un pequeño cambio, en una grieta en ese destino rígido que parecía envolverlo, porque aunque no hablábamos realmente, aunque yo apenas podía balbucear sonidos sin sentido y él rara vez decía más de unas pocas palabras, había algo que se repetía cada vez.
Él me cargaba.
Y sonreía.
No siempre al principio, no siempre de inmediato, pero lo hacía, y esa pequeña, casi imperceptible transformación… era suficiente para confirmar que mi decisión no era inútil.
Que podía cambiar algo y que debía hacerlo.
Y hoy… hoy era el día en que todo parecía girar en torno a mí.
Mi primer cumpleaños.
El ducado estaba irreconocible, decorado con una opulencia que incluso yo, desde mi limitada perspectiva, podía percibir sin dificultad, telas finas, arreglos florales, candelabros, una cantidad absurda de personas entrando y saliendo, nobles, invitados, sirvientes moviéndose con rapidez para que todo fuera perfecto, todo en honor a una niña que apenas podía caminar con estabilidad, y aunque una parte de mí encontraba irónico todo ese despliegue, entendía perfectamente el motivo.
No era solo un cumpleaños, era la presentación oficial de la Santa y la futura prometida del príncipe heredero. El símbolo de esperanza de todo un reino.
“Perfecto”, pensé con un dejo de sarcasmo que nadie podía escuchar.
Me encontraba en brazos de mi madre cuando los anuncios comenzaron a resonar en el gran salón, nombres, títulos, familias importantes, cada uno entrando con la formalidad que correspondía, y aunque mi atención vagaba entre los detalles, hubo un momento en el que todo pareció detenerse ligeramente, una pausa casi imperceptible, pero suficiente para que mi cuerpo reaccionara antes que mi mente.
—Su Alteza, el príncipe heredero Estefan… y Su Alteza, el segundo príncipe …
Llegaron.
Mi mirada se movió, más estable ahora que meses atrás, y los encontré entre la multitud sin demasiada dificultad, porque Estefan, incluso entre nobles, incluso entre figuras importantes… destacaba.
Pero no de la forma en que debería.
Seguía siendo ese niño silencioso, recto, contenido, con esa expresión que no correspondía a su edad, y a su lado, el segundo príncipe contrastaba de una forma casi ofensiva, más relajado, más expresivo, más… fácil de aceptar, y entendí, con una claridad incómoda, por qué la protagonista original había elegido ese camino.
Porque era más sencillo, porque no implicaba esfuerzo, porque no dolía, pero yo no aparté la mirada de Estefan. No lo haría, no después de todo y entonces ocurrió.
Fue rápido.
Torpe.
Inesperado.
Una de las sirvientas, claramente nerviosa por la magnitud del evento, tropezó al pasar cerca de nosotras, y aunque intentó corregir su movimiento, fue demasiado tarde, el impacto fue leve, pero suficiente para desestabilizar a mi madre por un segundo, un solo segundo… que bastó para que mi pequeño cuerpo resbalara de su agarre.
El mundo se inclinó. Y luego… Dolor.
No intenso, no insoportable, pero real, punzante, concentrado en mi mano al rozar contra el suelo, un ardor inmediato que mi cuerpo, sin control, tradujo en lo único que podía hacer en ese momento.
Llorar.
Un llanto fuerte, desordenado, instintivo, que escapó de mí sin filtros, sin dignidad, completamente infantil, y el salón entero pareció congelarse por un instante, las miradas giraron, las respiraciones se contuvieron, y mi madre reaccionó de inmediato, levantándome con rapidez, claramente alterada, mientras la sirvienta caía de rodillas, temblando.
—¡Perdóneme! ¡Perdóneme, mi señora! ¡Yo no quise…!
Su voz estaba quebrada, llena de miedo, de un terror tan evidente que incluso en medio del dolor logró atravesar mi mente.
La iban a castigar severamente, por mi culpa.
No.
No iba a permitirlo.
El llanto continuaba, pero mis pensamientos eran claros, firmes, y aunque mi mano dolía, aunque el ardor seguía presente, ignoré todo eso y forcé mi cuerpo a moverse, a actuar, levantando mis brazos, no hacia mi madre, no hacia quien debía consolarme… sino hacia la sirvienta.
Insistí.
A pesar de las lágrimas, a pesar del dolor.
La busqué. Y el gesto, por simple que fuera, fue suficiente para detener algo en el ambiente.
—… —mi madre dudó, sorprendida, mientras la sirvienta alzaba la mirada, confundida, incrédula.
Seguí estirando mis manos, hacia ella.
"No te castiguen. No por esto. No por mí."
No sé si lo entendió, no sé si alguien lo hizo, pero lo intenté. Y entonces… el mundo cambió.
No hubo ruido, no hubo advertencia, solo una sensación, una presencia. Algo antiguo, algo inmenso. Algo que no pertenecía completamente a este plano.
El aire se volvió pesado, denso, como si una presión invisible descendiera sobre todos, y aunque mi llanto se detuvo por pura sorpresa, mi cuerpo quedó inmóvil, no por incapacidad esta vez, sino porque algo más… estaba ocurriendo.
Frente a mí aparecio una luz, blanca, pura, brillante, pero no cegadora. Y de ella… emergió una forma.
Un espíritu.
No uno común, no uno débil o insignificante, sino algo completamente distinto, algo que incluso sin comprender del todo, supe reconocer como… superior.
Alto nivel.
Un murmullo recorrió el salón.
—Un espíritu…
—No puede ser…
—Ese tipo de manifestación…
Pero no era solo eso... Porque entre las reacciones, entre la sorpresa y el asombro, otra presencia respondió.
Oscura, pesada, negra. Desde Estefan, su espíritu.
El mismo que la historia describía, el mismo que lo marcaba, el mismo que lo aislaba. Y por un instante, ambos coexistieron.
Luz y oscuridad.
Frente a frente, iguales, opuestos. Mi respiración se detuvo, no por miedo, sino por comprensión.
"Entonces… esto también estaba destinado." pensé.
El espíritu blanco descendió lentamente, acercándose a mí con una suavidad que contrastaba completamente con la tensión del ambiente, y antes de que alguien pudiera intervenir, antes de que alguien siquiera entendiera qué estaba pasando, se inclinó hacia mi mano herida.
Y lamió el raspón, el dolor desapareció. No de forma gradual, no lentamente, fue instantáneamente. Como si nunca hubiera existido. Y en ese mismo momento… lo sentí.
El vínculo, el pacto, no hubo palabras, no hubo contrato, pero se selló.
Y la luz, esa forma imponente, comenzó a cambiar, a reducirse, a compactarse, hasta adoptar una figura mucho más pequeña, más simple, más… cercana.
Era un espíritu bebé flotando a mi lado.
El silencio fue absoluto. Y entonces, una sola verdad quedó clara para todos. Yo no era solo la Santa. Era… algo más. Y esta historia… ya había comenzado a cambiar.