Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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Capitulo 3
Abril bajó del coche.
El automóvil se alejó en silencio, como si él nunca hubiera estado ahí. Ella ajustó la mochila sobre el hombro y caminó hacia su casillero. Siempre el mismo recorrido. Siempre sola. Siempre mirando al frente para no ver las miradas.
Pero esa mañana, cuando giró en el pasillo, lo vio.
Él estaba ahí. Rodeado de todos sus amigos y amigas. Reía. Gesticulaba. Era el centro. El popular. El que todos querían tener cerca.
Y entonces una chica del grupo la vio.
—Oye, Abril —dijo con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Cómo haces para que no te confundan con una vaca.

* Diana la chica popular de la universidad*
Las risas estallaron. Como siempre. Como un ritual que nadie cuestionaba.
Abril sintió el golpe en el pecho. No el primero. No el último. Pero cada uno dolía igual.
Entonces él habló.
—Oye, déjala —dijo.
Su voz sonó firme. Pero April conocía esa firmeza. Era la misma que usaba para pedir que lo dejaran una cuadra antes.
La chica que había hablado se giró hacia él, molesta.
—¿Por qué la defiendes? —preguntó, desafiante.
Él dudó. Un segundo. Solo uno. Pero Abril lo vio.
—Porque… debemos ser personas de bien —dijo al final—. Sin importar el físico de los demás.
Abril sintió cómo las palabras le helaban la espalda.
Debemos ser personas de bien.
No era "porque es mi amiga". No era "porque me cae bien". No era "porque no tienes derecho a tratarla así".
Era una frase hecha. Una lección de moral barata. Un escudo para quedar bien sin mojarse.
Ella se dio vuelta.
Y se fue.
No corrió. No lloró. Solo caminó. Rápido. Con la cabeza gacha. Porque si lo miraba un segundo más, iba a romperse en mil pedazos delante de todos.
Detrás de ella, él la vio alejarse.
Y no la siguió.
—¿Por qué siempre la defiendes? —preguntó Diana, furiosa.
Diana era la chica más popular y linda de la universidad. Cabello perfecto, ropa de marca, una sonrisa que podía construir o destruir carreras sociales. Y en ese momento, estaba decidida a destruir.
Él tragó saliva.
—Porque… —intentó—. No me gusta que la molesten. Ella es buena persona.
Diana entrecerró los ojos. Y entonces soltó la pregunta que él más temía.
—¿Entonces te gusta esa gorda?
El silencio se hizo más profundo que cualquier insulto.
Los amigos y amigas miraron al suelo. Al techo. A cualquier lado. Nadie quería ver lo que venía.
Diana dio un paso al frente.
—Porque si es así —dijo, con una calma aterradora—, te voy a bloquear de todos lados. Y le voy a decir a todo el mundo que te dé la espalda.
Él sintió el mundo caerse.
No era una amenaza vacía. Diana podía hacerlo. Tenía el poder, los contactos, la lengua afilada. Si ella decía que él estaba muerto socialmente, lo estaría.
Y su beca… su beca dependía de su imagen. De pertenecer. De no ser el pobre raro al que todos señalan.
Abril ya no estaba ahí para verlo.
Pero si lo hubiera estado, habría visto cómo él bajaba la mirada.
Cómo sus hombros se hundían.
Cómo, una vez más, elegía.
—No me gusta —murmuró—. Es solo mi Compañera y la conozco hace mucho tiempo somos algo así como amigos...
Diana sonrió. Triumfante.
—Bien —dijo, y le pasó un brazo por el hombro—. Así me gustas más.
Él sonrió. Falso. Roto.
Y en algún lugar del pasillo, muy lejos, Abril cerraba la puerta de su casillero con más fuerza de la necesaria.
No había escuchado la respuesta.
Pero la conocía.
Siempre la conocía.
—No puedes ser amigo de esa gorda —dijo Diana, con la seguridad de quien está acostumbrada a que le obedezcan.
—Vamos, no seas así —insistió él, con voz cansina. Como si ya conociera el guión de esta discusión.
Diana entrecerró los ojos.
—No. No puedes estar de su lado y el nuestro. Solo elige.
El silencio se hizo dueño del pasillo. Los amigos y amigas miraban hacia otro lado. Nadie quería ser testigo de lo que venía.
Él suspiró. Un suspiro hondo, pesado, como si estuviera dejando salir algo que sabía que no iba a recuperar.
—Estoy contigo —dijo al fin.
Diana sonrió. Triumfante.
—Bien. Eso me gusta.
Se acercó a él, le tocó el brazo con complicidad, y bajó la voz.
—Tengo un plan.
Él la miró, desconfiado.
—¿Cuál?
Ella se lo susurró al oído.
Él escuchó. Enmudeció. Quiso decir que no. Quiso dar un paso atrás. Pero Diana seguía sonriendo, y detrás de ella estaban todos los que lo aceptaban, todos los que lo hacían sentir que pertenecía.
Así que asintió.
Horas después, encontró a Abril sola.
Ella estaba sentada en una banca del patio, con un libro abierto en las piernas, pero no leyendo. Solo mirando el vacío. Como hacía siempre después de que le dolían.
Él se acercó despacio. Sintió el corazón en la garganta.
—Tengo un amigo que gusta de ti —dijo.
Abril levantó la vista. Frunció el ceño.
—¿Qué?
—Un amigo —repitió él, más firme de lo que se sentía—. Está perdidamente enamorado de ti.
Abril soltó una risa seca. Amarga.
—Eso es imposible. Tú eres amigo de los populares.
—No, te lo juro —insistió él, y por un segundo su voz sonó tan sincera que casi se creyó su propia mentira—. Él está perdidamente enamorado de ti.
Abril lo miró a los ojos.
Y él sostuvo la mirada.
Porque si desviaba la vista, ella lo sabría. Siempre lo sabía.
—¿Quién? —preguntó ella, con un hilo de voz. Con un hilo de esperanza que a él le partió el alma.
Él tragó saliva.
Y entonces dijo el nombre que Diana le había susurrado al oído.