Del dolor al amor
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Cerré los ojos por un minuto, o quizás fue un siglo, no lo sé. El tiempo ha dejado de ser una línea recta para convertirse en una niebla espesa que lo confunde todo. Cuando por fin logré abrirlos, la realidad me golpeó con la fuerza de un naufragio: ya estaba aquí. En este lugar de paredes frías, flores con olor a despedida y un silencio que zumba en los oídos como un enjambre de avispas.
A lo lejos, como si fuera una película que no me pertenece, veo a mis padres. Han dejado atrás la mansión, los lujos y el peso de las empresas solo para venir a ver a su hijo morir en vida. Puedo ver la lástima en sus ojos, una compasión que me quema la piel. Oigo voces a mi alrededor, un murmullo constante de condolencias y frases hechas, pero no distingo qué dicen. Las palabras me llegan como si estuviera bajo el agua; son solo sonidos huecos que chocan contra mi aturdimiento. Siento palmadas en la espalda, manos que aprietan mi hombro y abrazos que intentan sostenerme, pero no siento el calor humano. Soy un cuerpo de piedra habitado por un alma que se niega a entender qué es lo que está pasando.
De pronto, el mundo se reduce a un solo punto. Volteo al frente de aquella sala y el corazón me da un vuelco violento que me obliga a caminar. Allí está el féretro. Cada paso que doy hacia él se siente como si arrastrara cadenas invisibles, como si el suelo se convirtiera en lodo. Cuando llego al borde y miro hacia adentro, el aire me abandona por completo.
Está hermosa. Es una belleza que me desgarra el pecho porque es una belleza estática, definitiva. Parece dormida, con una serenidad que me resulta insultante frente al caos que ruge en mi interior. Su rostro no tiene rastro del esfuerzo del parto ni de la lucha final; es una máscara de paz absoluta que me dan ganas de sacudir para que despierte de una vez. Mis mejillas están empapadas, el rastro de mis lágrimas es lo único que me recuerda que todavía estoy vivo.
Me inclino hacia ella, con el alma en carne viva. Quiero decirle tantas cosas que el pecho me duele físicamente. Quiero gritarle que la amo con una fuerza que me está consumiendo, que no sé cómo ser Bruno sin su mitad. Quiero susurrarle al oído que nuestra pequeña Gitta es la criatura más hermosa que la tierra ha visto, que es el milagro que ella misma fabricó con su cuerpo.
«Tiene tu pequeña nariz», intento decir, pero mi voz se ha exiliado. «Sus ojos... Dios mío, sus ojos son iguales a los tuyos, tienen ese mismo brillo que me salvó tantas veces en la universidad». Las palabras se agolpan en mi pecho, empujando por salir, pero se quedan atoradas en mi garganta, convirtiéndose en un nudo de hierro que me impide respirar. No puedo articular un solo sonido. El silencio entre nosotros dos ahora es un muro infranqueable.
La miro y me pregunto cómo es posible que el mundo siga teniendo colores fuera de esta habitación. Ella era mi sol, y ahora que se ha apagado, me doy cuenta de que mis padres, su mansión y todo el dinero del mundo no pueden comprar un solo segundo de su risa. Estoy rodeado de gente que me quiere, pero nunca me he sentido más solo. Me quedo ahí, de pie frente a su sueño eterno, siendo un padre que no sabe cómo volver a casa y un hombre que, aunque respira, sabe perfectamente que hoy también lo están enterrando a él.