En un mundo donde la realeza no es sinónimo de inocencia, existe alguien dispuesto a romper todas las reglas.
Un misterioso cazador recorre los reinos con una misión peligrosa: encontrar y eliminar princesas. Pero no lo hace por ambición ni riqueza… sino por una verdad oculta que pocos conocen. Detrás de cada corona se esconden secretos, traiciones y poderes que podrían destruirlo todo.
A medida que avanza en su cacería, el cazador comienza a cuestionar su propósito, especialmente cuando se cruza con una princesa diferente a las demás… alguien que podría cambiarlo todo.
Entre conspiraciones, batallas y emociones prohibidas, la línea entre enemigo y aliado se vuelve cada vez más difusa.
¿Qué pasa cuando el cazador deja de ver a su presa como un objetivo… y empieza a verla como algo más?
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Un acto de amor
Penélope lleva un vestido rojo que se hace más intenso bajo el sol. Camina por los surcos formados junto a la siembra. Sus movimientos son dulces, ligeros y tararea una melodía que las aves parecen acompañar. Sus dedos acarician las hojas de cada planta que roza.
—Tomates, Preus. Son tomates.
—Reconozco ese fruto al verlo, Penélope —responde el cazador siguiendo sus pasos—. Mi pregunta fue: ¿qué es lo que vamos a hacer en este lugar?
Ella gira. Sus ojos, como cristales, encuentran la mirada de Preus. Siente que podría conquistar el mundo, pero junto a ese hombre podría conquistar el universo.
—Vamos a cosechar tomates. Papá dijo que sería una buena actividad para hacer juntos.
Preus observa el paisaje: una plantación inmensa y diversa. El sol lo cubre todo con su luz dorada. Luego baja la vista y se detiene frente a una planta de hojas verde oscuro, alta hasta su cintura. Allí cuelga un tomate enorme, rojo y brillante. Lo toma con cuidado, su mano no alcanza a rodearlo por completo, pero logra desprenderlo de la rama.
—¡Tengo uno! —exclama, levantándolo.
Penélope se acerca, lo inspecciona con una sonrisa angelical.
—Es un buen tomate, señor Preus —dice, antes de retomar su canto y seguir bailando entre las hileras.
Ambos llevan cestas y se dispersan por la siembra. Preus examina cada fruto con atención, seleccionando solo los más firmes y brillantes. Penélope, en cambio, los huele, les habla en voz baja, los toma con ternura, como si cuidara de pequeños seres vivos.
Preus se detiene ante otro tomate gigante, fascinado por su tamaño. Está a punto de arrancarlo cuando escucha una voz cerca.
—Ese es un enorme tomate —susurra Penélope.
El cazador da un paso atrás, sorprendido por su cercanía.
—Yo lo haré —dice ella, y se agacha para tomarlo.
Preus siente una agitación en el pecho, una clase de nervios desconocidos para él. No eran los que se sentían frente a un tigre o una batalla: eran distintos.
Penélope guarda el fruto y camina hacia él, despacio, con esa suavidad que altera al cazador. Sus labios casi rozan los de Preus.
— ¿Sentiste amor alguna vez, Preus?
—Amor?… —repite, en un murmullo.
Los recuerdos se arremolinan en su mente: entrenamientos bajo tormentas, hambre, soledad, pérdida. Intenta recordar a sus padres, pero solo se encuentra vacío.
—Amor por otra persona —aclara Penélope.
Preus comprende. Nunca había tenido contacto real con una mujer. Solo la dureza del mundo y el frío del acero.
—Ya veo… —dijo ella, alejándose unos pasos.
Se detiene en un punto donde la tierra es firme y comienza a girar. Su vestido se eleva con el viento; sus manos imitan el movimiento de su cabello. Brilla toda ella, como si tomara el lugar del sol .
— ¿Cuántos años tienes? —pregunta mientras gira.
Preus la observa, hipnotizado: la piel de sus piernas, el vaivén del vestido, sus ojos cerrados. Cada detalle de ella le resulta fascinante.
—¿Cuántos? —insiste.
—Veinte años —responde él, saliendo del trance.
Ella se detiene, sonríe mareada, da un paso, trastabilla y cae. Preus suelta su cesta y corre a ayudarla. Ella alza el rostro y sus miradas se encuentran. Permanecen así, a pocos centímetros, respirando el mismo aire. Penélope acerca sus labios y lo besa suavemente. Luego se aparta.
—Gracias por salvarme la vida —susurra.
Preus queda inmóvil, tembloroso. No parpadea. Solo puede sentir el rastro fresco de sus labios. Por primera vez comprende el significado de esas palpitaciones aceleradas, de ese calor que no nace del sol. Eso era amor.
Al anochecer, regresaron a casa con las cestas llenas. Preus se baña antes de dormir; el agua caliente resbala por sus cicatrices. Cena en silencio, sin poder apartar de su mente el recuerdo del beso. Aún sentía su sabor, que parecía mezclarse con el rojo del vestido.
Se acuesta tapado con una sábana blanca. Intenta dormir, pero el sueño no llega. Entonces, un leve chirrido rompe la calma: la puerta se abre. Penélope está allí, iluminada por la luz de la luna. Sus pasos son silenciosos, decididos.
Preus se incorpora. No hay palabras, solo miradas. Ella se acerca, se sienta junto a él y apoya la cabeza en su pecho. El cazador siente su respiración, el temblor de sus dedos y la suavidad de su piel.
Esa noche no hubo batallas, ni heridas, ni temor, solo dos almas que, sin saberlo, aprendían el significado de un acto de amor.