Sandra, una joven diseñadora floral con un pasado que la persigue, se aferra a la idea de reencontrarse con Guillermo, su primer amor. La vida los separó abruptamente años atrás, dejándola con un vacío y preguntas sin respuesta. Ahora, el destino los cruza de nuevo en la vibrante escena artística de la ciudad. Guillermo, un exitoso arquitecto, carga con sus propias cicatrices y la culpa de una partida inesperada. A medida que sus caminos se entrelazan, el deseo de revivir su pasión es innegable.
NovelToon tiene autorización de Lina Garizao para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 7
Pablo entró al despacho de Guillermo sin llamar, como siempre hacían desde que eran compañeros de universidad y luego socios en la constructora. Llevaba dos cafés en la mano y una expresión que mezclaba preocupación y determinación. Había notado el cambio en Guillermo desde el encuentro en la galería: distraído, tenso, como si cargara con un peso que le iba a romper la espalda.
—Te traje algo —dijo Pablo, dejando una taza sobre el escritorio. Se sentó frente a él, cruzando los brazos—. Y también traigo preguntas. Muchas preguntas.
Guillermo levantó la vista, cansado. Sabía que no podía ocultarle nada a Pablo; se conocían demasiado bien.
—No sé de qué hablas —respondió, aunque su voz carecía de convicción.
—Claro que lo sabes —insistió Pablo, inclinándose hacia adelante—. Hablo de Sandra. Hablo de tu reunión con ella ayer. Hablo de ese secreto que llevas guardado siete años y que te está consumiendo por dentro.
Guillermo se quedó en silencio, jugando con el bolígrafo entre sus dedos. La imagen de Sandra saliendo de su despacho con los ojos llenos de decepción volvía a su mente una y otra vez.
—Le conté parte de la verdad —murmuró finalmente.
—Parte —repitió Pablo con sarcasmo—. Guillermo, tú sabes que las verdades a medias son peores que las mentiras completas. Ella merece saber todo. Merece saber que tu partida no fue solo por problemas familiares o de negocios. Merece saber que te obligaron a comprometerte con Zaira, que tu padre te dio una elección: salvar la empresa y la reputación de la familia, o dejar que todo se fuera al traste y arrastrarte a ti también. Y lo peor de todo: que te amenazaron con hacerle daño a ella si no te alejabas.
Guillermo se estremeció. Era exactamente lo que había ocurrido, pero nunca había tenido el valor de pronunciarlo en voz alta.
—No podía decírselo —dijo, con dolor—. Si se lo contaba, ella habría intentado luchar, habría querido estar conmigo a pesar de todo. Y mi padre... él es capaz de cualquier cosa, Pablo. Ya lo viste.
—Lo sé, y lo entiendo —respondió su amigo, suavizando el tono—. Pero también sé que ella sigue siendo el amor de tu vida. Que todos estos años has vivido en una jaula de oro, cumpliendo con expectativas que no son las tuyas. Y ahora que se ha reencontrado contigo, tienes la oportunidad de cambiar las cosas. Pero solo si eres completamente honesto.
Pablo se levantó y dio la vuelta al escritorio, poniendo una mano en el hombro de Guillermo.
—Llevas demasiado tiempo cargando con esto. La única forma de encontrar paz, y quizás incluso una oportunidad con ella, es revelar toda la verdad. Sí, le dolerá al principio. Pero la mentira, el silencio y las verdades incompletas le están haciendo mucho más daño. Y a ti también.
Guillermo miró por la ventana, pensativo. Las palabras de su amigo eran como un golpe de realidad. Había creído que protegiendo a Sandra con su silencio estaba haciendo lo correcto, pero ahora se daba cuenta de que solo había conseguido hacerla sufrir más. Y él, mientras tanto, había vivido en una constante tortura.
—¿Y si me odia? —preguntó en voz baja.
—Ya te odia por lo que sabe —respondió Pablo con franqueza—. Pero también te quiere. Lo vi en sus ojos cuando te miraba. Si le cuentas todo, al menos tendrá la posibilidad de elegir. Y tú tendrás la posibilidad de ser libre.
Guillermo asintió lentamente. Pablo tenía razón. Era hora de dejar de ocultarse, de dejar que el miedo gobernara sus decisiones. Había esperado demasiado tiempo.
—Tienes razón —dijo finalmente, con una nueva determinación en su voz—. Tengo que contárselo todo.
—Ese es mi amigo —sonrió Pablo, dándole un apretón en el hombro—. Y recuerda: no estás solo. Sea lo que sea que venga, estaré contigo.
Guillermo se quedó solo en su despacho, con las palabras de Pablo resonando en su cabeza como un eco incesante. Caminó de un lado a otro, pasándose las manos por el cabello, mientras las memorias de aquel tiempo oscuro volvían con toda su intensidad. Recordó la noche en que su padre le presentó el ultimátum: "Te casas con Zaira, hija del socio más importante de esta empresa, o todo lo que hemos construido desaparece. Y no creas que te dejaré llevarte a esa chica de clase media contigo. Si te niegas, me aseguraré de que ella nunca consiga trabajo en esta ciudad, de que nadie le hable, de que su vida se convierta en un infierno".
En ese momento, Guillermo había creído que su silencio era el único escudo que podía ofrecerle a Sandra. Había elegido el dolor propio para protegerla, sin darse cuenta de que el precio sería perderla para siempre.
Se detuvo frente al escritorio y tomó su teléfono. Sus dedos temblaban al buscar el número que había memorizado años atrás y que, contra todo pronóstico, seguía guardado en su lista de contactos. Lo había mirado cientos de veces, pero nunca se había atrevido a marcar. Hasta ahora.
Mientras tanto, Pablo, que se había quedado apoyado en el marco de la puerta observándolo, sonrió con satisfacción. Conocía a Guillermo mejor que nadie: necesitaba que alguien le diera el empujón necesario para salir de su prisión autoimpuesta.
—¿La vas a llamar? —preguntó Pablo con voz suave.
Guillermo levantó la vista, con una mezcla de miedo y esperanza en los ojos.
—Sí. Le pediré que nos veamos. Esta vez no habrá evasivas. Le contaré todo: las amenazas, el compromiso forzado, cada detalle que he ocultado durante estos años.
—Bien —asintió Pablo—. Y recuerda: no intentes justificarte, solo sé honesto. Ella sabrá valorar la verdad, por dolorosa que sea.
Guillermo marcó el número. Los tonos de llamada sonaban uno tras otro, y con cada uno, sentía cómo el peso que llevaba sobre sus hombros empezaba a disminuir ligeramente. Sabía que nada sería fácil, que tendría que enfrentar la ira y el dolor de Sandra, pero por primera vez en siete años, sentía que estaba tomando el camino correcto.
Cuando escuchó la voz de ella al otro lado de la línea, su corazón se aceleró, pero también sintió una extraña paz.
—Hola, Sandra —dijo, con más seguridad de la que esperaba tener—. Necesito verte. Por favor, dame solo una oportunidad para contarte toda la verdad. Sin medias tintas, sin evasivas. Todo lo que debiste saber hace siete años.