Alessandra "Lexa" Cavalier es una hematóloga destacada por sus logros en el difícil mundo de la medicina, pero su fe proviene de la ciencia y la lógica. Todo se rompe cuando acepta el contrato más inusual de su carrera: salvar a Dante Marek, un hombre hermético y arrogante, CEO de una empresa prestigiosa que parece tener siglos de su fundación.
Él no es un hombre cualquiera, sino un vampiro de sangre pura cuya estirpe se marchita, por una corrupción que está devorando su sistema circulatorio, amenazando con convertir su inmortalidad en cenizas. Desde su primer encuentro en una mansión que huele a hostilidad. Dante desprecia la fragilidad de Lexa, pero su sangre tiene un aroma que mueve sus instintos primitivos que creía haber enterrado hace décadas.
Mientras ella se adentra en un laboratorio de tinieblas para encontrar una cura, descubre que no es una simple observadora. Su propia genética guarda el secreto de una salvación que Dante ansía y teme por igual.
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Capítulo 4
La mañana siguiente no trajo sol, sino un desvelo que se está convirtiendo en algo habitual junto a la neblina espesa que se pegaba a los cristales del piso 50. El despliegue de logística de Marek Industries había sido, tal como prometió Jonathan, una demostración de poder absoluto. En menos de doce horas, lo que antes era una oficina de diseño minimalista se había transformado en un búnker médico que haría palidecer a cualquier hospital universitario.
Caminé por el nuevo laboratorio, mis tacones resonaban en el piso de polímero blanco. Dasha estaba allí, supervisando la llegada de los últimos contenedores de nitrógeno líquido. Se veía en su elemento, manejando a los técnicos de mantenimiento con una eficiencia fría que rozaba lo autoritario.
—Todo está en orden, Lexa. —Dijo Dasha, acercándose con una tablet en la mano. — El secuenciador de última generación que pediste ya está calibrado; los técnicos del señor Blackwood terminaron la instalación eléctrica reforzada hace una hora. —Por cierto, han enviado esto para ti.
Me entregó una pequeña caja de madera. Al abrirla, encontré una tarjeta de acceso de titanio con mi nombre grabado, junto a ella, un broche de plata con una piedra de jade imperial tallada en forma de lobo. El color verde intenso de la gema era idéntico al de los ojos de Jonathan.
—"Para que el verde de la esperanza no la abandone en este laboratorio de sombras. J.B." —Leyó Dasha por encima de mi hombro, soltando un silbido. — Ese hombre tiene un estilo peligroso, hermanita, ten mucho cuidado. —No olvides lo que nos enseñó papá: los regalos de los reyes siempre tienen un precio oculto.
—No planeo usarlo, Dash. —Respondí, cerrando la caja con un clic seco. — Pero lo guardaré en este lugar, cada objeto parece ser una pieza de un tablero que aun no entiendo.
Me puse mi bata blanca, el uniforme que me devolvía mi identidad como científica y me alejaba de la "preciosa" que Jonathan veía en mí. Empecé a organizar las muestras. La sangre de Dante, que había traído desde mi clínica, parecía haberse estabilizado, pero las motas plateadas se movían ahora con una lentitud que me preocupaba. La corrupción estaba ganando terreno.
A media mañana, las puertas del laboratorio se deslizaron silenciosamente. No fue Dante, ni Jonathan, sino una mujer: alta, de una belleza que solo podía describirse como escultural y cruel. Su cabello era de un rubio tan pálido que parecía blanco, recogido en un moño perfecto. Vestía un vestido de seda color perla que se movía como el humo. Sus ojos, sin embargo, no eran azules ni verdes; eran de un color ámbar amarillento, como los de un felino acechando en la maleza.
—¡Así que esta es la salvadora! —Dijo, con su voz que era como el roce de la seda sobre el mármol. — ¡La pequeña humana que cree que puede curar lo que el tiempo ha decidido reclamar!
—¡Soy la doctora Alessandra Cavalier! —Respondí, sin dejar mi puesto frente al microscopio. — ¿Y usted es?
—Loreta Blackwood. —Respondió, caminando por el laboratorio con una elegancia depredadora. — La esposa de Jonathan; aunque "esposa" es un término muy humano para una unión que ha durado más de lo que su linaje entero ha existido sobre esta tierra.
Se detuvo frente a la centrífuga, observando el tubo de ensayo con la sangre de Dante.
—¡Tenga cuidado, doctora! —Continuó, acercándose a mí. — Mi marido tiene una debilidad por las cosas brillantes y nuevas, se distrae fácilmente como un gato jugando con una lagartija...En fin, la curiosidad de los hombres, pero yo no.
—Para mí, usted es solo un componente más en este experimento; sí falla o si su presencia altera el equilibrio de poder en este edificio, me encargaré de que su nombre sea solo un eco olvidado en las crónicas de nuestro mundo...
—¡Si ha venido hasta aquí a amenazarme, llega tarde, señora Blackwood! —Le dije, sosteniéndole la mirada. — Su marido y el señor Marek ya hicieron el trabajo sucio ayer; yo estoy aquí por la ciencia y por el pago que su empresa está haciendo...
— ¡Nada más!
Loreta sonrió, revelando unos dientes demasiado perfectos para ser naturales.
—¡La ambición es una cualidad humana fascinante! — Pero no confunda la ambición con el destino; Dante no la eligió por su currículum, Alessandra, la eligió porque su sangre... bueno, digamos que tiene una frecuencia que no hemos sentido en siglos...
Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, Loreta dio media vuelta y salió del laboratorio, dejándome con un escalofrío que ni siquiera el sistema de calefacción podía amortiguar.
El resto del día fue un torbellino de pruebas. Comencé el análisis de compatibilidad. Necesitaba un agente estabilizador, algo que pudiera unirse a las filigranas plateadas de la sangre de Dante y evitar que asfixiaran las células. Probé con sueros sintéticos, con derivados de plantas raras y compuestos químicos de alta densidad. Nada funcionaba. La sangre de Dante lo rechazaba todo, destruyendo cualquier intruso en milisegundos.
Frustrada, me senté frente al monitor, observando la danza caótica de las células.
—"El pacto de sangre es una soga..." —Susurré, recordando el mensaje de texto de Cooper.
—¿Y si la solución no estaba fuera, sino dentro?
Tomé una lanceta estéril. Fue un impulso irracional, algo que iba en contra de todos los protocolos de seguridad. Pinché mi propio dedo y dejé caer una gota en una placa de Petri que contenía una pequeña muestra de la sangre de Dante.
Lo que vi a continuación me dejó sin aliento.
Mi sangre, de un rojo brillante y humano, no fue devorada al contacto con la sangre de Dante, las motas plateadas de él empezaron a girar frenéticamente, pero no para atacar, sino para rodear mis células. Mis eritrocitos parecían emitir una especie de luz sutil bajo el microscopio, una vibración que calmaba la actividad frenética de la corrupción. En el punto de unión entre ambas sangres, la densidad del "petróleo" de Dante se aclaraba, volviéndose de un rojo más vital, más real.
—¡Imposible! —Susurré, pegando los ojos al ocular. — ¡Mi sangre... la está purificando!
—¡Es una simbiosis, Alessandra! —La voz de Dante me hizo saltar.
Estaba apoyado en el marco de la puerta, observándome desde las sombras. No lo había oído entrar, pero ahí estaba, su presencia absorbiendo toda la luz del laboratorio. Se acercó con esa fluidez fantasmal y miró el monitor donde se proyectaba la imagen del microscopio.
—Usted no es una médica ordinaria, se lo dije ayer, su genética tiene una huella que el destino puso ahí para cruzarse con la mía.
—Mi genética es el resultado de años de evolución y de mis padres, que eran brillantes. —Respondí, tratando de ocultar el temblor de mis manos. — ¡No tiene nada que ver con el destino!
—¡Ah!, ¿sí? —Él se inclinó sobre mí, su rostro quedó a centímetros del mío. Pude ver el azul intenso de sus ojos, ahora salpicado de motas grises.
— Entonces explique por qué su sangre actúa como un ancla para mi destrucción; por qué, desde que entró en mi casa, el hambre que me ha atormentado por eones se ha vuelto... silenciosa.
—Es solo una reacción bioquímica, señor Marek. —Dije, aunque mi corazón latía tan fuerte que temía que él pudiera oírlo. — Hay algún antígeno en mi sistema que interactúa con su "corrupción". Si logro aislarlo, podré crear un suero sintético. No necesitaré usar mi propia sangre.
Dante soltó una carcajada seca y carente de humor.
—Usted es tan terca como hermosa, doctora, pero la ciencia humana tiene límites que nosotros superamos hace mucho tiempo, no podrá sintetizar lo que es sagrado, la purificación requiere un sacrificio, no una fórmula química...
Se alejó de mí y caminó hacia la ventana, observando la ciudad que empezaba a encender sus luces abajo, como un campo de brasas.
—Jonathan dice que Loreta vino a verla. —Comentó sin mirarme.
—Vino a marcar territorio, supongo. —Le respondí, recogiendo la placa de Petri para ocultar mi descubrimiento, aunque sabía que él ya lo había visto todo. — Me advirtió sobre su esposo y este edificio.
—Loreta es antigua. — Más antigua que Jonathan, incluso. Ella entiende el equilibrio mejor que nadie y usted, Alessandra, es la mayor amenaza para ese equilibrio que ha aparecido en mucho tiempo; no solo por su ciencia, sino por lo que usted despierta en nosotros.
Se giró de nuevo hacia mí, por primera vez, no vi al CEO arrogante ni al monstruo sediento. Vi a un hombre que cargaba con el peso de los siglos en sus hombros, alguien que estaba cansado de luchar contra su propia naturaleza.
—Mañana empezaremos las transfusiones de prueba. —Ordenó Dante. —Jonathan traerá a los "colaboradores" que servirán de control, pero quiero que sepa una cosa: si Cooper intenta contactarla de nuevo, no lo ignore por miedo a mí; ignórelo porque él no quiere salvarla, solamente quiere usar su sangre para terminar lo que la corrupción empezó: mi ejecución.
—¿Cooper es un cazador de vampiros? —Pregunté, finalmente usando la palabra que ambos habíamos estado evitando.
Dante sonrió, con una sonrisa triste que me dolió en algún lugar profundo del alma.
—¡Cooper es algo mucho peor, Alessandra! — Él es la consecuencia de nuestros pecados y usted está atrapada en medio de una guerra que comenzó antes de que la primera pirámide fuera construida.
Dante salió del laboratorio tan silenciosamente como había entrado. Me quedé sola con el zumbido de las máquinas y la imagen de mi sangre purificando la suya en la pantalla.