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El Hombre Equivocado

El Hombre Equivocado

Status: En proceso
Genre:Amante arrepentido
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Qué hacer cuando se supone que el día más feliz de tu vida se convierte en un infierno?

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La guerra de las plumas

La rutina en "Los Olivos" comenzó a mutar, pasando de ser una condena a un aprendizaje silencioso. Samira ya no despertaba con el miedo de quien habita una casa ajena, sino con la urgencia de quien necesita demostrarse algo a sí misma.

Siete días habían bastado para que sus manos perdieran la suavidad de la seda y adquirieran la aspereza de la tierra. Samira se encargaba de las comidas; platos sencillos, caldos y guisos que ya no necesitaban la intervención de Dominic, y que ella sazonaba con las verduras que ahora cosechaba personalmente del huerto trasero. Se sentía orgullosa al ver cómo el color de los tomates y la firmeza de las calabazas eran el resultado de un esfuerzo que no podía comprarse con una tarjeta de crédito.

Sin embargo, había una cuenta pendiente que le robaba el sueño: el corral.

Esa mañana, tras ver la camioneta de Dominic alejarse hacia las tierras del norte con el peón, Samira se plantó frente al espejo roto del pasillo. Se ató el cabello en una coleta alta, tensa, y se calzó las botas de plástico que, aunque seguían quedándole grandes, ya no le hacían tropezar.

—Hoy no —susurró para sí misma.

Caminó hacia el cuarto de aperos y tomó el costal de maíz. Era un peso muerto y recalcitrante, pero lo empujó centímetro a centímetro, sudando bajo el sol incipiente, hasta llegar a la verja del gallinero. El corazón le latía con una fuerza animal.

Samira respiró hondo y abrió el pestillo. En cuanto puso un pie dentro, el aire se llenó de un estrépito de alas y picos. Eran apenas un par de docenas de aves, pero para ella eran un ejército descontrolado. Los gallos, más audaces, se lanzaron hacia sus piernas, reclamando el grano que ella sostenía con manos temblorosas.

El pánico, ese viejo conocido, volvió a nublarle la vista.

—¡Atrás! ¡He dicho que atrás! —gritó, pero las aves no entendían de jerarquías sociales.

Un aleteo brusco cerca de su rostro fue el detonante. Samira soltó el costal y retrocedió, saliendo de la verja a trompicones mientras las aves se abalanzaban sobre el maíz derramado, picoteando la tela con frenesí. Estaba a punto de echarse a llorar, de volver a la casa y encerrarse, pero entonces vio el desastre que estaban haciendo.

Si dejaba que destruyeran el saco, Dominic tendría que gastar dinero que no sobraba. El recuerdo de su risa la noche del pollo la detuvo. No quería que él se decepcionara de ella por su inutilidad otra vez; quería que la mirara con orgullo.

Con un grito de guerra que sorprendió hasta a los gallos, Samira volvió a entrar. Se abrió paso entre los animales, ignorando los picotazos en sus botas y el roce de las plumas. Sujetó el extremo del costal y, con una fuerza que no sabía que poseía, lo arrastró fuera del corral, cerrando la puerta con un estruendo metálico justo antes de que el gallo líder pudiera salir tras ella.

Samira se dejó caer de espaldas contra la madera de la verja, jadeando. Estaba cubierta de polvo, tenía una mancha de lodo en la mejilla y el cabello se le había soltado parcialmente de la coleta. Miró el costal: estaba medio vacío y algo desgarrado, y dentro del corral, el caos seguía reinando.

Se sentía derrotada. Una vez más, los animales habían ganado por superioridad numérica y ella seguía siendo incapaz de mantener el orden.

Cuando regresó a la casa, arrastrando los pies y sintiendo el peso del fracaso, se lavó la cara en la palangana de la cocina. Se miró al espejo y, a pesar del cansancio y del desastre, notó algo distinto en su mirada. No había la derrota amarga de Orlando, sino una chispa de terquedad.

—Mañana —murmuró, mientras empezaba a pelar las patatas para la cena—. Mañana me voy a llevar un palo.

Esa noche, cuando Dominic regresó y vio el rastro de maíz fuera del corral y a una Samira silenciosa, no dijo nada. No necesitaba hacerlo. Sabía que la guerra civil entre la heredera y el gallinero apenas estaba comenzando, y por primera vez en mucho tiempo, apostaba por que la tierra terminaría ganando a la seda.

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Eneida Acosta
para cuando los otros capítulos gracias
Andre
Hay contradicción. Primero habla del silencio en el despacho donde no se defendió de los golpes y luego de ella creyendo que no le hicieron nada
Yaya García: lo mejor de esta autora es que sus novelas están conectadas, y así se entera uno de la vida de los personajes secundarios.
por ejemplo la novela tropezando con el amor está vinculada con dinastía brekman, heredero enamorado y la nueva que es sediento de venganza🥰
total 1 replies
Susana Damiano
/Drool//Drool//Rose//Rose/
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