Natalia está al borde del divorcio, pero un accidente lo cambia todo.
Branko su esposo, sufre un accidente y puede leer los pensamientos de su aún esposa y descubre muchas cosas, Natalia es fría por fuera, pero caótica por dentro, se entera que ella ha estado enamorada de él durante mucho tiempo y ahora es él quien no quiere divorciarse. ¿DIVORCIO? ESO JAMÁS
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Cap. 11 La manipulación final
Valeria dio un paso adelante. Sus manos temblaban. Ya no era la mosquita muerta. Era una víbora a punto de atacar.
—Usted es una arpía —siseó—. Una mujer fría, calculadora, que no merece a Branko. Él necesita a alguien que lo ame. Alguien que lo cuide. Alguien como yo.
—¿Como usted? —Natalia se puso de pie lentamente. Era un par de centímetros más baja que Valeria, pero su presencia llenaba la habitación—. Usted no es nadie. Usted es una sombra que se cree protagonista. Branko se casó conmigo. No con usted. Y si no lo acepta, el problema es suyo, no mío.
—Se va a divorciar —dijo Valeria, con la voz quebrada—. Usted misma lo dijo. Lo anunció. Lo quiere firmar.
—Eso es entre Branko y yo —respondió Natalia—. Usted no está en esa conversación. Nunca lo estuvo. Nunca lo estará.
Valeria respiró hondo. Y entonces, como si tirara un as bajo la manga, dijo:
—Branko me alquiló un apartamento. Me visita todas las semanas. Me llama todas las noches. ¿Eso le parece que no estoy en la conversación?
Natalia sintió un puñetazo en el pecho. Pero no lo demostró.
"Maldita —pensó—. Tiene razón. Branko la visita. Branko la llama. Y yo aquí, defendiendo un matrimonio que él mismo está destruyendo. Qué ridícula soy. Qué payasa."
Afuera, Branko cerró los ojos. Quería entrar. Quería explicar. Pero no podía. No todavía.
—Entonces, ¿para qué quiere que me divorcie? —preguntó Natalia en voz alta, con una frialdad que dolía—. Si ya tiene todo lo que necesita, ¿para qué quiere el papel?
—Porque él no se atreve a dejarla —respondió Valeria, cruel—. Tiene miedo de usted. De su empresa. De su dinero. Pero yo no. Yo puedo darle lo que usted nunca podrá: libertad.
—Libertad —repitió Natalia, como si probara una palabra extranjera—. Qué bonito. ¿Y cree que Branko quiere libertad? ¿El mismo hombre que vive atado a horarios, contratos y reuniones? ¿El mismo hombre que no sabe pedir un café sin hacer un análisis de costo-beneficio? ¿Ese hombre quiere libertad?
—Usted no lo conoce —respondió Valeria.
—Y usted tampoco —dijo Natalia—. Usted conoció al adolescente enamorado. Yo vivo con el adulto… no sé si enamorado, pero al menos real. Y le aseguro que ese adulto no es el príncipe azul que usted recuerda. Es un hombre frío, distante, que apenas me mira. Pero incluso así, es mi marido. No le regalo nada.
—No le estoy pidiendo que me lo regale. Le estoy pidiendo que lo deje ir.
—No.
—¿No?
—No. No me voy a divorciar. Cambié de opinión. Usted me la hizo cambiar. Porque si usted lo quiere tanto, entonces él debe valer algo. Y no voy a regalar lo que vale.
Valeria la miró con odio puro.
Y Natalia sonrió.
Valeria cambió de táctica.
Se llevó las manos al rostro. Sus hombros comenzaron a temblar. Y entonces, como una actriz en su mejor escena, rompió a llorar.
No un llanto auténtico. Un llanto ensayado. Uno de esos que se practican frente al espejo.
—¿Por qué es tan cruel conmigo? —sollozó—. Yo solo quiero ser feliz. Solo quiero que Branko sea feliz. ¿Por qué no puede entenderlo?
"Ay, Dios mío —pensó Natalia, mientras afuera Branko escuchaba con el corazón encogido—. Ahora viene el teatro. La mosquita muerta se transforma en heroína trágica. Qué asco. Qué asco de persona."
—Valeria —dijo Natalia en voz alta, con un suspiro de falsa paciencia—. Déjese de llorar. No está en un culebrón. Está en mi oficina. Y si sigue con el show, la voy a echar a patadas.
Valeria levantó la cara. No tenía lágrimas reales. Solo los ojos enrojecidos de tanto frotarlos.
—Es una bruja —susurró.
—Bruja, arpía, zorra… me han dicho de todo. ¿Algo nuevo?
—Que está sola —dijo Valeria, con veneno—. Que siempre ha estado sola. Que por eso se aferra a Branko como una rémora. Porque no tiene a nadie más.
Esa frase sí que hizo daño.
Natalia sintió el golpe en el estómago. Porque era verdad. No tenía a nadie. Sus padres la odiaban. Su hermana la envidiaba. Su marido la ignoraba. Sus suegros la toleraban por interés.
"Y tiene razón —pensó, mientras Branko apretaba los puños en el pasillo—. Estoy sola. Siempre lo he estado. Y ahora encima esta víbora viene a recordármelo."
Pero Natalia no era Natalia por nada. Enderezó la espalda. Recogió su orgullo del suelo. Y respondió:
—Estar sola es mejor que estar mal acompañada. Y créame, Valeria, usted es la peor compañía que he conocido en años.
Valeria abrió la boca para seguir insultando, pero algo la detuvo.
Miró hacia la puerta.
Sus ojos se abrieron.
—Branko —susurró.
*_*
Branko estaba en el umbral de la puerta. No sabía desde cuándo. Pero su cara era una máscara de hielo.
Valeria lo miró. Y entonces, como si le hubieran dado la señal, se derrumbó.
No fingió esta vez. O quizá sí. Pero lo hizo bien.
—Branko —dijo, con la voz rota—. Ella… ella me ha insultado. Me ha amenazado. Me ha dicho que soy una… una víbora, una arpía, una…
—Una mosquita muerta con cartera cara —añadió Natalia, con calma—. Eso también dije. No se olvide lo de la cartera.
—¿Ves? —gritó Valeria, señalando a Natalia con el dedo tembloroso—. ¡Es una monstruo! ¡Me ha humillado!
Branko no dijo nada. Solo miró a Natalia. Y luego a Valeria.